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Opinión

El Contrato Social debe ser renovado ?


La post pandemia, nos plantea la necesidad de un nuevo contrato social?

Más allá del consabido propósito de convertir la crisis –y las lecciones que la pandemia nos deja– en una oportunidad para abordar retos pendientes, estos diálogos pretenden contrastar la hoja de ruta cocreada por más de 900 jóvenes para definir el mundo en el que quieren vivir, y hacerlo mediante un diálogo intergeneracional que permita cerrar la brecha que existe y que crece en cada crisis.

Moderados por Jessica Bermúdez, la catedrática emérita de ética Adela Cortina, y el coordinador de ética y derechos de Talento para el Futuro, Marc Ibáñez, decidieron empezar por el principio, interrogándose sobre el sentido del contrato social hoy.

Adela Cortina, en su último libro, Ética cosmopolita. Una apuesta por la cordura en tiempos de pandemia (Paidós, 2021), recuerda la razón de ser de ese contrato social:

“La historia del contrato social a partir de Hobbes es el intento de eludir la fortuna que puede arrancar a los seres humanos vida y propiedad porque hasta el más débil te puede quitar la vida. Por eso se hace necesaria la comunidad política, si no por naturaleza, por pacto.”

Conscientes de que vivimos un momento no ya solo de pandemia, sino de sindemia, en el que se ha comprobado hasta qué punto en los lugares más vulnerables la enfermedad se ha ensañado más, se revalida a los ojos de los ponentes la necesidad de subrayar la importancia del estado de derecho y la confianza institucional con el objetivo de resolver mejor los daños.

Sin embargo, tal como señalan ambos, salta a la vista que una cosa son las declaraciones, lo que ese contrato alberga, y otra muy diferente las realizaciones, lo que efectivamente se es capaz de hacer con él. De ahí la necesidad de renovar el contrato social a la luz de las lecciones que la pandemia deja, incorporando al conjunto de las generaciones.

“El pacto del futuro, será intergeneracional, o no será”, sentenció Adela Cortina tras constatar cómo se ha recrudecido la idea del edadismo, que perjudica tanto a jóvenes como a ancianos.

Derechos y obligaciones en el contrato Social

Marc Ibáñez coincidía en la necesidad de profundizar en el contenido de ese contrato social aterrizando sus propuestas.

Partiendo de que los lazos sociales son fundamentales para salir adelante, apunta un elemento esencial de todo contrato, el de que a cada derecho le acompaña una obligación, algo que no siempre está asumido por el conjunto de la ciudadanía.

Acudiendo a la teoría de juegos, Ibáñez recuerda que “hay una cultura individualista que nos lleva a un equilibrio subóptimo que parece ser lo mejor para cada cual, pero no es lo mejor para la sociedad.” Esto señala la necesidad de hacer visibles las ventajas implícitas del contrato social, esas que no vemos, pero que suponen outputs que deben ponerse en valor.

Un ejemplo: hay que evidenciar las ventajas que el contrato social tiene para los jóvenes, porque, de lo contrario, se percibe que es algo para beneficiar a las generaciones anteriores, para blindar sus intereses incluso. Si se es consciente de esto, añade Ibáñez, quizá sea más fácil asumir el precio del acuerdo, que no es otro que el de estar dispuesto a perder parte de nuestra libertad.

Incorporadas las distintas generaciones, se levanta también la mirada hacia los territorios. Espacio y tiempo tienen que ampliarse en el contrato social y Adela Cortina, quien ha dedicado su último libro a esta cuestión, enfatiza en ello: “El pacto no puede ser solo de cada una de las comunidades políticas, sino que debe ampliarse a un ámbito cosmopolita”, afirma con rotundidad. De ahí la importancia de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que plantean todo un acuerdo social para todas las generaciones –especialmente para los jóvenes, al incorporar las variables de sostenibilidad– y para el conjunto del planeta.

La pensadora plantea: ¿Comparten las generaciones más jóvenes, nacidas y educadas en un entorno cada vez más global y digitalizado, esta mirada cosmopolita?

Contrariamente a lo que se pudiera pensar, llama la atención comprobar cómo la respuesta no es entusiasta, y tiene sus razones: “Vemos evasión fiscal, tasa de paro muy grande especialmente en los jóvenes… El contrato social vigente no está dando sus frutos”, aclara Marc Ibañez. Y añade: “Esto implica repensarlo, y por supuesto a nivel cosmopolita, pero aún no estamos en esto porque a nivel local falla.” En efecto, si no se percibe el contrato social como algo propio y generador de bienestar, es muy difícil que quiera elevarse, tanto en ambición como en escala.

La imagen de la juventud

En un debate como este no podía faltar una alusión a la imagen que los jóvenes tienen en la sociedad. Perseguidos por no pocos minutos de televisión protagonizando los macrobotellones que han provocado la quinta ola de la pandemia, se olvida en ocasiones que no son pocos los y las jóvenes que, formados, quieren trabajar y no consiguen hacerlo.

En este sentido, coinciden los ponentes, cualquier hoja de ruta, cualquier contrato social, debe incorporar la creación de alianzas para que estos jóvenes puedan acceder a la formación y al mercado laboral en las mejores condiciones posibles. Se trata de un desafío del conjunto de la sociedad, no solo de ellos, y la Agenda 2030, parece ser la hoja de ruta adecuada para desarrollar esto.

Como tal desafío, y en el pleno contexto de revolución digital, el debate sobre el modelo económico adquiere protagonismo. Marc Ibañez pone el énfasis en la necesidad de hacer un plan industrial que permita planificar y ver hacia dónde puede ir el mundo del trabajo, ayudando a entender qué oportunidades puede conllevar la tecnología, y Adela Cortina señala el enorme potencial que existe en la economía de los cuidados, algo que duda pueda ser sustituido por máquinas. “No se puede tener un robot cuidando a un anciano. Necesita una persona que tenga una sensibilidad”, asevera.

Como suele ocurrir cuando se habla de digitalización en un debate de estas características, emergen un montón de cuestiones que evidencian lo transversal del asunto. Así, se señala que sigue habiendo menos mujeres en formación STEM –algo que tiene que ver con los roles y estereotipos de género– y que la digitalización debe servir también para paliar la brecha territorial que existe. En España, por ejemplo, tiene que apoyar también al reto demográfico que tiene ante sí la España vacía.

Tecnología y humanismo plantean un nuevo contrato social

Todas estas cuestiones acaban apuntando al fondo, que no es otro que la relación entre tecnología y humanismo. “No se trata solo de saber programar, sino de preguntarse las grandes cuestiones sobre a dónde ir y qué implica cada decisión o cada tecnología.”, señala Marc Ibáñez.

Y es que, como advierte Adela Cortina, la pregunta de nuestro tiempo es si tienen emoción y conciencia los robots. En los debates actuales, apuntan, existe cierta inquietud sobre la pérdida de coste de oportunidad que puede suponer para Europa la incorporación de estándares más rigurosos y políticas más cuidadosas con los efectos de la digitalización. Sin embargo, como subraya Marc Ibáñez, “si los algoritmos lo determinan todo, la libertad no existe”.

Tras este repaso por muchas de las cuestiones claves que recomiendan una renovación del contrato social, tanto Adela Cortina como Marc Ibáñez abogan por ser críticos, es decir, por discernir qué se está cumpliendo del contrato social y qué no, o dicho de otra manera, preguntarse cuántos se están quedando fuera. La clave es que tiene que ser inclusivo, tanto en el espacio –“Tiene que llegar hasta los confines de la Tierra”–, como en el tiempo, incorporando a todas las generaciones

Fuente The Conversation


Por Cristina Monge


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#ContratoSocial
#PostPandemia
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