Turismo

Corea del Sur, un lugar para conocer

Corea del Sur es, actualmente, el destino más accesible de la península coreana —dividida por una frontera en constante riesgo de conflicto— y propone al visitante experiencias de lo más variado, paisajes realmente sorprendentes y unos 5.000 años de cultura e historia. No es un país muy grande (una quinta parte del tamaño de España) y se recorre fácilmente: cuenta con infraestructuras excelentes que permiten escapar de la siempre bulliciosa y modernísima Seúl hasta los campos de arroz y las regiones montañosas, incluso hasta estaciones de esquí rodeadas de bosques. Y por el camino uno disfrutará del encuentro con agricultores y pescadores, humildes bares de pescado y marisco o casas tradicionales de madera (hanoks) en las que alojarse.

Una de las formas de conocer y disfrutar al máximo de Corea del Sur son las fiestas tradicionales, como el festival del Barro de Boryeong, la Bienal de Gwangiu o el homenaje anual a la especialidad gastronómica nacional: el kimchi (una verdura fermentada). La comida es uno de los grandes incentivos para conocer Corea, con productos muy especiales que comienzan a ponerse de moda entre los foodies occidentales, como los fermentados.

Por último, la amabilidad y hospitalidad de los coreanos, de modales exquisitos y un sorprendente (a ojos occidentales) protocolo en las formas, invita a visitar este país asiático. Por ejemplo, a partir de estas 10 experiencias que proponen un viaje diferente.

1. Vivir el frenesí urbano de Seúl

Motor de la tercera economía más potente de Asia, Seúl no encaja como la capital de la tierra de la calma de la mañana, como se conoce a Corea. Acelerada y bulliciosa, esta ciudad es el ejemplo del dinamismo del país: 24 horas en marcha, una mentalidad de trabajo duro y a la hora de divertirse la misma intensidad. Aquí conviven palacios reconstruidos de forma meticulosa con animados mercados nocturnos y una espectacular arquitectura moderna. La visita puede comenzar (a primera hora) en uno de sus múltiples templos para continuar con un circuito por el palacio de Changdeokgung (patrimonio mundial) y un periplo por las galerías de arte de Samcheong-dong. El soju(vodka coreano) y los tentempiés en algún tenderete callejero aportan la energía suficiente para adentrarse en los bulliciosos mercados nocturnos de Hongdae o Itaewon, o para lanzarse a un karaoke en algún noraebang de autoservicio. Y después de todo este trajín toca un jjimjilbang (sauna y spa) para sudar, remojarse y echarse un sueñecito.

Una escapadita original es Bukchon, un laberíntico y tradicional pueblo de hanoks con buenas vistas de Seúl, y una visita deliciosa el Jardín Secreto de Changdeokgung, palacio donde residió la familia real coreana hasta bien entrado el siglo XX. Namsan, la montaña guardiana de la ciudad, invita a caminar y a subir hasta su torre para disfrutar de la panorámica; el museo de la Muralla de Seúl permite descubrir seis siglos de historia; el recuperado arrollo de Cheong-gye-cheong brinda un respiro urbano en un paseo entre sus 22 puentes y sus orillas adornadas adornadas con obras de arte, que acogen celebraciones como el festival de faroles (noviembre); los bares hípsters e indies del barrio universitario de Hongdae proponen mucha diversión nocturna y el Dongdaemun Design Plaza & Park, plaza proyectada por Zaha Hadid, una dosis de modernidad.

Para comer, en Corea del Sur, y específicamente en Seúl es el mercado callejero de Gwangjang es un lugar especial. De ropa y telas de día, por la noche los puestos del meokjagolmok (callejón de la comida) desprenden aromas exóticos y ofrecen exquisiteces gastronómicas como guisos de jokbal (manitas de cerdo), gimbap (arroz, verduras y otros ingredientes enrollados en algas) o bindaettok (tortitas de judías mungo trituradas y verduras fritas), que se maridan con makgeolli (vino de arroz) y soju y se disfrutan en bancos dispuestos en hileras en el centro del mercado.

2. Deslizarse por pistas blancas en Corea del Sur

Las estaciones de esquí de Alpensia y Yongpyong, muy próximas entre sí, fueron las sedes principales de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang2018. La primera de ellas, en el monte Paektu, es pequeña (apenas seis pistas) pero está bien mantenida y menos concurrida que la vecina Yongpyong. Es aconsejable sobre todo para familias y principiantes gracias a una pista larga y fácil y varias de dificultad intermedia, pero también a su montaña rusa alpina y un pintoresco servicio de esquí nocturno. El pueblo, situado a pie de pista, cuenta además con un parque acuático y (cerca) campo de golf y un casino. Pero la estación más apreciada del país es Yongpyong: 31 pistas, 15 telesillas y, en los días despejados, vistas al mar del Japón. La localidad de Hoenggye sirve de nudo de transporte entre ambas estaciones, y ofrece restaurantes económicos, vida nocturna y alojamientos básicos.

Además, los fanáticos de la nieve pueden encontrar más opciones en las montañas al oeste de Taebaek, como la moderna estación de High 1,frecuentada por las celebrities coreanas. Ubicada a 1.340 metros de altitud, sus 18 pistas están comunicadas por cinco telesillas y cuatro telecabinas, disponen de abundante nieve en polvo y albergan la primera escuela de esquí de Corea del Sur para discapacitados.

3. Bañarse en barro en Boryeong

Miles de personas se congregan cada mes de julio para introducirse en las gigantescas tinajas del festival del Barro de Boryeong, localidad de la costa oeste coreana. Aunque la versión oficial es que el barro posee propiedades reconstituyentes, los asistentes (más de un millón) acuden para chapotear, resbalarse y lanzarse barro, así como para disfrutar de conciertos, bailes y fuegos artificiales. Boryeong es, además, la puerta de entrada a las marismas de la playa de Daecheon, donde disfrutar de motos acuáticas, windsurf, piragüismo, restaurantes de marisco y noraebang (salas de karaoke); cuenta con una pintoresca calle repleta de neones al más puro estilo de Las Vegas y con un puerto (Daecheon-hang) conectado mediante ferris con una docena de islas cercanas.

4. Hacer una visita a la fortaleza de Hwaseong

Suwon, localidad con un centro histórico plagado de fortificaciones y ubicada a unos 30 kilómetros de Seúl, estuvo a punto de convertirse en capital coreana en el siglo XVIII, lo que explica que (antes del traslado de la corte real) se levantase una muralla defensiva que protegiera la ciudad. Puesto que la capitalidad se mantuvo finalmente, la ciudad acabó convirtiéndose en una atracción turística cuyo principal reclamo es la fortaleza de Hwaseong, patrimonio mundial. Aunque resultó muy dañada durante el período colonial (principios del siglo XX) y la posterior Guerra de Corea (década de 1950), la restauración iniciada en la década de 1970 casi ha concluido. Tanto la muralla (5,5 kilómetros), que rodea la ciudad y cuenta con cuatro puertas majestuosas, como el palacio Hwaseong Haenggung, donde residía la realeza durante sus estancias en Suwon, han sido rehabilitadas con extrema fidelidad histórica.

De marzo a noviembre, la plaza ubicada frente al Paldal-san, palacio levantado por el rey Jeongjo a finales del siglo XVIII y al que acudía para orar ante la tumba de su padre, alberga diferentes espectáculos tradicionales, como la ceremonia del cambio de guardia a medio día y una exhibición de artes marciales a media mañana. Y cada octubre recrea una magnífica procesión real dentro del marco del festival anual de Suwon.

5. Hacer senderismo en la islas de Corea del Sur

Como mejor se contempla el paisaje volcánico de Jeju, la mayor isla de Corea del Sur, es a pie. Los senderos (olle) de Jeju forman una red de 26 rutas (de medio día o de una jornada) con 430 kilómetros en total que permiten admirar los encantadores escenarios naturales de la isla, por ejemplo desde la cima del Halla-san, el pico más alto de Corea, fácil de coronar. El sendero Olle 1 es, probablemente, el mejor para empezar; arranca en Siheung, cerca de Seongsan-ri, y permite conectar la parte más rural de la isla a lo largo de 15 kilómetros que discurren entre parcelas agrícolas cultivadas por ancianas, oreum (cráteres) donde vacas y caballos pastan a sus anchas y una senda litoral que llega hasta el Seongsan Ilchul-bong, la atracción más impactante de la isla: un inactivo volcán de toba.

El resto de rutas (de entre 5 y 22,9 kilómetros) serpentean por la costa de Jeju (con algunos desvíos hacia el interior) y tres de las islas exteriores, Gapado, Chujado y Udo. Esta última, más pequeña, presume de su brillante arena blanca y un agua azul intenso, entre un recortado litoral y agrestes colinas. En el interior encontraremos un museo dedicado a las haenyeo, la recreación de un pueblo que ilustra la vida tradicional, el parque del Laberinto Gimnyeong o los tubos de lava solidificados de Manjang-gul.

6. Descubrir la cultura tradicional en los hanoks de Jeonju

El mejor sitio para descubrir los hanoks típicos coreanos (casas tradicionales de madera) es la aldea tradicional de Jeonju, en la costa occidental del país, que impresiona incluso aunque muchos de los edificios sean nuevos. En sus casas con tejado de pizarra, los artesanos elaboran abanicos, fabrican papel a mano y destilan soju. También es famosa por ser cuna de la dinastía Joseon y de la exquisitez culinaria más conocida de Corea, el bibimbap (arroz, huevo y verduras con salsa picante). Para quien decida quedarse a pasar la noche, hay pensiones tradicionales (una de ella regentada por el nieto del rey Gojon) donde se duerme sobre un yo (edredón acolchado) en una habitación con ondol (calefacción de suelo radiante).

Jeonju, capital provincial de Jeollabuk-do, es la base perfecta para explorar esta región por ser el nudo regional del transporte en autobús y tren. Cada año recibe casi 10 millones de visitantes que acuden a ver las hanoks del pueblo y a probar comida nueva mientras se explora una cautivadora maraña de calles y callejones. Con casi 800 hanoks, es la máxima concentración del país de estas casas tradicionales que hoy albergan pensiones, restaurantes, cafés y tiendas de alquiler de hanbok (vestimenta tradicional). Algunas casas del pueblo tienen talleres de elaboración de papel tradicional o alcohol que se pueden visitar, normalmente con reserva anticipada. Aunque todo es muy turístico, en los callejones empedrados se respira autenticidad y un cierto ambiente mágico, sobre todo al atardecer.

Y si nos espantan las aglomeraciones de turistas, siempre podremos escapar a los alrededores y a zonas menos visitadas del pueblo. Por ejemplo a Girin-daero, donde admirar el arte callejero del pueblo Jaman y después dedicar un rato a explorar los callejones, descubrir joyas ocultas como Cho Ga Jib y llegar al mercado de Nambu.

En Jeonju, además de la iglesia católica y algunos edificios históricos como el palacio de Gyeonggijeon (con santuarios, almacenes y otras dependencias), los amantes de la fotografía deberían acercarse al pequeño Museo de Cámaras: se exponen unas 400 cámaras antiguas, además de proyectores y fotografías en blanco y negro. Otro museo curioso es el del Hanji, donde se repasa la historia y el proceso de elaboración de este papel tradicional coreano y expone algunas de las impresionantes piezas que pueden crearse con este material. Al final se invita a los visitantes a que fabriquen el suyo.

Otro sitio para hacer un viaje en el tiempo y descubrir la auténtica vida coreana antes de que el siglo XX cambiara el país para siempre es la aldea Hahoe. Aquí viven más de 200 personas que conservan las costumbres tradicionales e incluso invitan a los forasteros a pasar la noche en sus minbak (casas particulares con cuartos para alquilar). En el corazón de la aldea se levanta un antiguo árbol del espíritu, escenario de rituales y oraciones.

7. Visitar Busan, la segunda ciudad de Corea del Sur

Después de Seúl, la segunda gran ciudad del país es Busan. Sus montañas y playas, la buena comida callejera y el ambiente cosmopolita la convierten en un buen destino turístico tanto para los propios coreanos como para los viajeros. Su principal atractivo es la lonja de pescado de Jagalchi (la más grande del país), donde se compra y come el género más fresco. El puerto y concretamente el pescado y el marisco son una de las señas de identidad de Busan. En su lonja se puede pasar un buen rato explorando el edificio principal o los angostos callejones exteriores, con puestos con décadas de historia y destartalados carros de comida, regentados por ancianos, que venden una increíble variedad de pescado y marisco, como pargo, platija y criaturas con ondulantes tentáculos. En el mercado se puede disfrutar de la mejor comida a base de pescado: tras comprar el género, el pescadero dirige al visitante hasta una zona con asientos donde se sirve la comida.

Igual de atractivo son el amanecer en la playa de Haeundae, la deslumbrante arquitectura del Centro de Cine de Busan, probar el sulbing (un postre del lugar) o tomarse unos tragos de soju en algún bar callejero.

Esta ciudad portuaria es, además, la sede de un festival de cine internacional del que están muy orgullosos los coreanos y que se complementa con un curioso Museo del Cine, la primera exposición cinematográfica interactiva del país en la que podremos descubrir diversos aspectos de la industria cinematográfica coreana pero también aspectos generales de la realización, como una sala de croma interactiva y un “karaoke de cine”, donde se puede añadir la voz en off a populares fragmentos de películas.

Al margen del cine, para ver el Busan más tradicional hay que acercarse al barrio de Gamcheon, un “pueblo cultural” lleno de historia que se convirtió en atracción turística en el año 2009, cuando una artística reforma llevada a cabo por los estudiantes le hizo un lavado de cara con acertados detalles en escaleras, callejones y esquinas. Hoy es una vistosa y singular comunidad de coloridos edificios, cafés y galerías, ideal para pasear durante un par de horas.

8. Bulguksa real tesoro de Corea del Sur

Es difícil elegir un solo tesoro en Gyeongju (en la costa este) y sus alrededores, pero es probable que tal honor recaiga en Bulguksa, entre otras razones porque encierra siete “tesoros nacionales” tras sus muros. Es un refinado templo, de pagodas, escalera de piedra blanca y estatuas, construido en el año 528 durante la Dinastía Silla, representa la culminación de la que llaman edad dorada de la arquitectura Silla y es un monumento a la habilidad de sus carpinteros, pintores, artesanos y arquitectos.

El templo, con el sobrenombre de “templo del mundo de Buda”, se levanta sobre terrazas de piedra 16 kilómetros al sureste de Gyeongju, entre pinos retorcidos y jardines de lirios. Es patrimonio mundial por la Unesco desde 1995, a pesar de que fue prácticamente arrasado por los japoneses en 1593 y lo que hoy vemos es una reconstrucción. El templo en un conjunto de salas y pagodas, algunas originales, en las que también se conservan algunas de las joyas bibliográficas del país. Para los surcoreanos aquí está buena parte de su historia tradicional y llegan con veneración a contemplar sus tesoros nacionales.

9. Alojarnos en templos

El antídoto para escapar de la trepidante vida de los coreanos de ciudad es una estancia en un templo tradicional. La campana despierta a las 3.30 para la meditación mañanera. El desayuno es una comida frugal que se toma en silencio para reflexionar sobre el dolor de huesos provocado por inclinarse 108 veces ante una imagen de Buda. Después toca más meditación sobre el sometimiento del cuerpo y el alma en busca de la paz interior. La estancia en un templo es el contrapunto al ritmo vital desbocado de la Corea contemporánea, y aunque el país está lleno de santuarios, una de las mejores opciones es el Guinsa, con aspecto de fortaleza.

Está en el parque nacional de Sobaeksan, el tercero más grande de Corea del Sur, dentro del cual está además el monte Sobaeksan, traducido como “pequeña montaña blanca” aunque es una de las cumbres más altas del país. Las vistas son asombrosas, por lo que se impone calzarse las botas de senderismo y explorar el paisaje; lo mejor es ir en mayo, cuando las azaleas están en plena floración, o durante el otoño, cuando se tiñe de sombras cobrizas.

El conjunto de templos budistas Guinsa (“Templo de la benevolencia y la protección) incluye más de 30 edificios, encajados en un valle entre bosques en pendiente sobre una ladera que obliga a sus salones a estar comunicados por pasarelas elevadas. Desde el ostentoso salón de tres plantas de la parte superior, dedicado al fundador del templo, se pueden escuchar los cánticos de los monjes. Las vistas de los templos y montañas que se desvanecen en el horizonte ya justifican esta breve caminata.

Guinsa es la sede de la orden Cheontae del budismo coreano, refundada por Sangwol Wongak en 1945. Está presidido por el bodhisattva de la compasión, venerado en un salón, donde se manifiesta en una figura de piedra tallada de color verde pálido. Desde el salón principal, hay otros 30 minutos de empinada subida entre los árboles, por escaleras de piedra, hasta la tumba del fundador, en lo alto de la colina, donde se contempla una magnífica panorámica de las colinas y los valles lejanos.

La cocina comunitaria sirve comidas vegetarianas gratuitas, aunque lo correcto para el visitante es dejar un donativo que será bien recibido. Además, ofrecen alojamiento.

10. Asomarse a Corea del Norte en la frontera

Se conoce como Zona desmilitarizada (DMZ), pero este cinturón de seguridad de cuatro kilómetros de ancho y 250 de largo que divide las dos Coreas es todo menos eso. Símbolo de la Guerra Fría, esta barrera, flanqueada en ambos lados por estructuras antitanques, vallas electrificadas, minas terrestres y tropas dispuestas a entrar en combate, es un lugar siniestro donde se palpa la tensión pero también es una destacada atracción turística, con varios puntos de observación que permiten asomarse a la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte). Es una visita ineludible para amantes de la historia y coleccionistas de experiencias originales y perturbadoras.

Donde más se palpa la tensión es en el Área de Seguridad Conjunta (JSA, según sus siglas en inglés), construida tras el armisticio de 1953 para acoger las conversaciones de paz y que solo se visita en un circuito organizado. Siete puntos de observación permiten escudriñar la hermética Corea del Norte.

Los circuitos arrancan con una exposición por parte de guías militares estadounidenses o coreanos en Camp Bonifas, el campamento conjunto de ambos países, ubicado fuera de los límites de la DMZ. A continuación, otro autobús traslada a los visitantes a la JSA. En su sala de conferencias azul, que a veces acoge reuniones oficiales, los micrófonos de las mesas no dejan de grabar en todo momento, mientras los soldados surcoreanos montan guardia dentro y fuera. A cierta distancia, sus homólogos norcoreanos mantienen una estrecha vigilancia.

Aunque no suele haber sobresaltos, el guía militar recuerda que la frontera ha sido escenario de incidentes violentos. Uno de los más famosos tuvo lugar en 1976, cuando dos soldados estadounidenses murieron a hachazos a manos de soldados norcoreanos después de que los primeros trataran de talar un árbol que obstruía la visión desde una atalaya. Camp Bonifas debe su nombre a uno de esos soldados.

De nuevo en el autobús, el viajero es llevado a uno de los puestos de vigilancia de Panmunjom, desde donde se divisan los dos pueblos del interior de la DMZ: Daeseong-dong, al sur, y Gijeong-dong, al norte. También se ve el denominado Puente sin Retorno, escenario del intercambio de prisioneros que siguió a la firma del armisticio de 1953. Irónicamente, esta zona boscosa, abandonada desde hace tiempo, es una de las más vírgenes del país desde el punto de vista ecológico, y se cree que incluso alberga tigres siberianos.

En el observatorio Dora, los prismáticos permiten echar un morboso vistazo a Corea del Norte. Los días despejados se distingue la ciudad de Kaesong y el complejo industrial homónimo, donde obreros norcoreanos trabajaron durante un tiempo para los conglomerados de empresas de Corea del Sur. También se divisa la bandera norcoreana sobre una torre de 160 metros de altura en Gijeong-dong, frente a la del sur, de solo 98 metros.

Otro de los hitos es la estación de trenes Dorasan, que, a la espera de la próxima salida a Pyongyang (y otros viajes intercontinentales), se alza como un símbolo de esperanza ante la hipotética reunificación de las dos Coreas. Las flamantes instalaciones aduaneras construidas en 2002 siguen sin utilizarse. Desde el 2015, el andén de la Unificación de Dorasan recoge una optimista exposición sobre la reunificación alemana alojada en un viejo vagón de tren, así como un reloj que cuenta las horas desde que la península fue dividida oficialmente.

Más emotivo para los coreanos es el Imjingak, un parque-monumento dedicado a los 10 millones de surcoreanos separados de sus familias cuando la península fue dividida tras la guerra entre 1950 y 1953. Alberga asimismo el puente de la Libertad, que une el norte y el sur, donde tuvo lugar el intercambio de 13.000 prisioneros de guerra y donde un tren de vapor descarriló durante la contienda.

Una divertida y económica manera de recorrer la DMZ (pero no la JSA) es en el insólito tren DMZ operado por Korail, que sale de la estación de Seúl a las 10.15 de miércoles a domingo con destino a Dorasan, la última estación antes de Corea del Norte. Al ver sus vagones estampados con flores rosadas y corazones cuesta creer que se dirige a una de las fronteras más custodiadas del planeta.

Fuente El País

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