Opinión
Lo que Barcelona y Nueva York le enseñaron a la internacionalización argentina
¿Alcanza con tener buenas piezas para internacionalizarse? Esta columna plantea que el próximo salto competitivo de Argentina está en diseñar mejores conexiones entre las capacidades que ya tenemos.

Argentina tiene buena parte de las piezas: empresas, startups, universidades, investigadores, inversores, industrias creativas, talento global y una red diplomática con presencia en los principales mercados. Muchas de esas piezas ya conversan entre sí y producen resultados valiosos. La oportunidad está en multiplicar esas conexiones, hacerlas más visibles y convertirlas en una infraestructura capaz de generar nuevas oportunidades de internacionalización.
Porque en la economía del conocimiento el valor no reside solamente en cada pieza.
También reside en lo que sucede entre las piezas.
Una empresa puede ser extraordinaria. Una universidad puede producir ciencia de primer nivel. Una startup puede desarrollar una tecnología disruptiva. Un argentino en el exterior puede ocupar una posición estratégica dentro de una compañía global.
Pero una conversación entre ellos puede producir algo que antes no existía: una alianza, un piloto, una inversión, un nuevo mercado, una solución, una oportunidad.
Y esa lógica también empieza a modificar la manera en que los países se proyectan internacionalmente.
La pregunta ya no es solamente:
¿Qué tiene Argentina para ofrecer?
Hay otra que empieza a ser igualmente relevante:
¿Qué tan fácil es descubrirlo, entenderlo, conectarlo y convertirlo en oportunidades?
De tener oferta a ser legibles para el mundo
Durante mucho tiempo, buena parte de las herramientas de promoción internacional estuvieron orientadas a mostrar oferta: ferias, misiones comerciales, rondas de negocios, presentaciones sectoriales, agendas empresariales.
Todas siguen siendo fundamentales.
Pero la economía digital introduce una dimensión adicional.
Hoy no alcanza con tener oferta.
Hay que hacerla legible.
Legible para una empresa que busca tecnología, para un inversor que busca oportunidades, para una universidad que busca socios científicos, para una compañía que necesita resolver un problema.
Y, cada vez más, incluso para algoritmos y sistemas de inteligencia artificial que intermedian esas búsquedas.
Eso cambia profundamente el valor de los mapeos.
Iniciativas como Next From Argentina, Health From Argentina, los Directorios Argentina Creativa o Argentina Tango Trade pueden leerse como algo más que directorios sectoriales.

Son una primera capa de algo potencialmente mucho más interesante: una infraestructura de conocimiento sobre las capacidades argentinas.
Permiten responder una pregunta básica pero estratégica:
¿Qué sabe hacer Argentina y quién sabe hacerlo?
Next From Argentina permite identificar capacidades vinculadas con la Economía del Conocimiento.
Health From Argentina ayuda a hacer visible una oferta que atraviesa servicios, tecnología y capacidades vinculadas con la salud.
Directorios Argentina Creativa organiza un universo cuyo valor muchas veces es intangible: diseño, audiovisual, música, editorial, creatividad y servicios culturales.
Argentina Tango Trade permite observar uno de nuestros activos culturales más reconocidos internacionalmente también como un sistema económico compuesto por artistas, profesionales, formación, productos y servicios.
Pero el verdadero potencial aparece cuando dejamos de pensar esos instrumentos como catálogos.
Un catálogo muestra. Un mapa conecta.
Y un mapa digital puede hacer algo todavía más interesante:
puede aprender.
De mapas a sensores
Los directorios generan datos.
Permiten observar desde qué países llega interés, qué sectores reciben consultas, qué perfiles generan mayor interacción, qué capacidades empiezan a despertar atención y dónde aparecen señales que quizás todavía no constituyan una oportunidad comercial concreta.
Eso convierte a los mapeos en algo distinto.
Pueden funcionar como sensores.
Sensores de demanda, de interés, de tendencias y de oportunidad.
Antes de que exista una oportunidad comercial formal suelen aparecer señales: una serie de búsquedas, consultas desde un mismo mercado, interés creciente por determinada tecnología, nuevos actores que empiezan a mirar un sector o interacciones que aumentan desde una geografía determinada.
La capacidad de detectar esas señales temprano puede convertirse en una ventaja.
Mapear nos permite saber qué tenemos. Medir nos permite empezar a entender qué está mirando el mundo.
Y cuando esos datos se combinan con la lectura cualitativa de quienes conocen los mercados, aparece una forma más sofisticada de inteligencia para la internacionalización.
La promoción deja entonces de ser solamente una actividad que emite información hacia afuera.
Empieza también a convertirse en un sistema que escucha.
La oportunidad está también entre las piezas
Esta reflexión no surge solamente de observar ecosistemas o analizar cómo se internacionalizan las empresas.
Es algo que vengo observando de manera recurrente en los últimos años, desde las distintas funciones y responsabilidades que me ha tocado asumir.
Argentina tiene actores muy valiosos, capacidades consolidadas, instituciones activas y experiencias de articulación que ya producen resultados.
Pero también veo algo con bastante frecuencia: muchas veces las conversaciones entre esas piezas simplemente no se producen.
No necesariamente porque falten capacidades, interés o voluntad de articulación.
A veces los actores no se conocen lo suficiente. Circulan por espacios distintos. No existe todavía una instancia que los acerque. O, simplemente, aún no ocurrió la conversación que permitiría descubrir una complementariedad.
Y ahí veo una oportunidad enorme.
Porque cuando esas piezas se conocen mejor, conversan y encuentran espacios concretos para identificar sinergias, empiezan a aparecer posibilidades que antes estaban latentes.
Una parte importante del valor puede estar precisamente en esas conversaciones que todavía no ocurrieron.
La semana pasada volví a comprobarlo durante una agenda de reuniones con un actor global de innovación y distintos referentes del ecosistema.
La misma señal apareció una y otra vez, en reuniones diferentes y con interlocutores distintos.
Las capacidades están. Los actores están. Hay interés. Hay iniciativas. Hay vínculos.
Y, al mismo tiempo, todavía hay mucho valor por capturar en las conexiones entre unos y otros.
Eso refuerza una intuición que vengo construyendo desde la práctica:
una parte importante del próximo salto no depende necesariamente de crear nuevas piezas, sino de hacer que las que ya existen se encuentren más y mejor.
La articulación existe y, en muchos casos, produce resultados muy valiosos.
La oportunidad está en amplificarla.
En hacer más frecuentes los cruces entre mundos que todavía tienden a circular por carriles propios.
En lograr que la información viaje más rápido.
En hacer visibles complementariedades que hoy pueden permanecer ocultas.
Y en generar más ocasiones para que actores que tienen algo que aportarse logren reconocerse.
Ahí, para mí, está una de las oportunidades más interesantes:
no solamente fortalecer cada ecosistema, sino fortalecer las intersecciones entre ecosistemas.
Tecnología con financiamiento.
Universidades con empresas.
Investigación con mercado.
Startups con corporaciones.
Industrias creativas con tecnología.
Talento argentino global con capacidades locales.
Porque muchas veces la innovación más interesante no aparece dentro de un sector.
Aparece en la frontera entre dos mundos que hasta ese momento no estaban conversando.

Diseñar serendipia
Las conversaciones existen.
La oportunidad está en multiplicarlas.
Porque las conexiones entre mundos distintos no siempre aparecen de manera espontánea.
Muchas veces necesitan puntos de encuentro: hubs, comunidades, programas, eventos, plataformas digitales e instancias de articulación.
Espacios donde actores que habitualmente circulan por ámbitos diferentes puedan encontrarse.
Una universidad y una startup pueden estar en la misma ciudad y tardar años en descubrir que tienen intereses complementarios.
Una empresa puede estar buscando exactamente la tecnología que desarrolla un emprendimiento cercano y todavía no conocerlo.
Dos compañías pueden operar en el mismo mercado sin haber descubierto que juntas podrían construir una propuesta mucho más potente.
A veces innovar consiste justamente en diseñar serendipia.
Crear las condiciones para que actores que no necesariamente se estaban buscando se encuentren, reconozcan complementariedades y generen oportunidades que ninguno había previsto de antemano.
La expresión puede parecer paradójica.
¿Cómo se diseña lo inesperado?
No se diseña el resultado.
Se diseñan las condiciones para que el encuentro sea más probable.
Y allí hay un enorme espacio de innovación institucional.
No se trata de dirigir cada conversación ni de decidir previamente qué debería surgir de ella.
Se trata de multiplicar puntos de encuentro, hacer circular mejor la información y crear contextos donde las piezas puedan reconocerse.
Porque una conversación inesperada puede producir una alianza, un piloto, una inversión, una solución conjunta, una puerta hacia otro mercado o incluso una pregunta nueva.
Diseñar serendipia es, en definitiva, aumentar la probabilidad de que ocurran conexiones valiosas.
Y tal vez esa capacidad sea también una forma de infraestructura.
Barcelona: cuando las piezas empiezan a encontrarse
Lo pude ver muy claramente cuando comenzó a tomar forma el Hub Tecnológico Argentino en Barcelona.
Había empresas argentinas desarrollando actividades en un mismo ecosistema internacional que, en algunos casos, no se conocían entre sí.
Compartían ciudad, mercado y el desafío de internacionalizarse.
Y, sin embargo, no necesariamente sabían quiénes eran las otras empresas argentinas que estaban allí, qué hacían, qué capacidades tenían o qué complementariedades podían existir entre ellas.
Ese descubrimiento fue muy revelador.
Porque mostró que internacionalizar empresas no genera automáticamente una comunidad empresarial en el exterior.
La comunidad también necesita espacios donde construirse.
El Hub empezó entonces a funcionar como algo más que una vidriera.
Permitió que las empresas se conocieran, entendieran mejor qué hacía cada una, compartieran experiencias sobre el mercado, detectaran complementariedades e identificaran posibles sinergias.
Y, sobre todo, que empezaran a reconocerse como parte de algo más amplio que sus propias trayectorias individuales.
Ahí apareció una pregunta que todavía me parece muy potente:
¿Qué valor nuevo puede surgir cuando las empresas argentinas que ya están insertas en un mercado empiezan a reconocerse como parte de un ecosistema?
Tal vez dos empresas que llegaron independientemente descubran que pueden abordar juntas un cliente.
Que una pueda facilitar el ingreso de otra.
Que compartan conocimiento.
Que desarrollen una solución conjunta.
O simplemente que una conversación permita comprender mejor cómo funciona ese mercado.
La experiencia de Barcelona me dejó una convicción:
las piezas pueden estar. Pero el valor adicional aparece cuando empiezan a reconocerse y conversar entre sí.
Cuando la conversación se convierte en infraestructura
Esa misma lógica permite mirar experiencias como el Argentina Tech Hub en Nueva York desde otra perspectiva.
Lo más interesante no es solamente contar con una vidriera para el sector tecnológico argentino.
Es la posibilidad de generar una conversación entre todas las piezas que hacen posible la internacionalización: empresas, startups, inversores, instituciones, representaciones diplomáticas, referentes sectoriales y talento argentino insertado en ese ecosistema.
Primero aparece la conversación.
Después, la articulación.
Y cuando esa articulación se sostiene en el tiempo, puede ocurrir algo todavía más interesante:
puede convertirse en infraestructura.
Infraestructura no entendida solamente como un espacio físico, sino como una capacidad estable para conectar actores, ordenar información, construir confianza y generar oportunidades.
Un hub puede hacer visible el sistema completo.
Puede permitir que empresas conozcan startups, que startups encuentren inversores, que conocimiento encuentre mercado, que talento argentino en el exterior se conecte con proyectos y que distintas instituciones encuentren una agenda común.
Porque muchas veces el valor no está solamente en cada pieza.
Está en cómo encajan entre sí.
Una conversación aislada puede producir una oportunidad.
Pero una conversación sostenida entre distintas piezas puede producir una red.
Y una red que acumula información, confianza, experiencia y relaciones se convierte en capital relacional.
Cuando ese capital relacional se organiza y permanece en el tiempo, empieza a transformarse en infraestructura para la internacionalización.
Ahí está el salto:
pasar de tener piezas valiosas a tener un sistema que las conecta y multiplica su valor.
La red diplomática: un activo distribuido en el mundo
Argentina cuenta además con una infraestructura extraordinariamente valiosa: su red de representaciones diplomáticas y consulares.
Es uno de los principales músculos de la internacionalización de nuestras empresas.
Presencia territorial, conocimiento de los mercados, capacidad de interlocución, identificación de oportunidades, construcción de confianza y acceso a actores públicos y privados.
Ese conocimiento acumulado sobre el terreno es difícil de replicar.
Lo interesante es imaginar qué ocurre cuando esa capacidad se combina cada vez más con información estructurada y datos.
Los mapeos permiten conocer mejor qué capacidades tenemos.
Las métricas permiten observar dónde comienzan a producirse señales.
Las representaciones pueden interpretar esas señales desde el conocimiento concreto del mercado.
Y la tecnología puede ayudar a cruzar esos universos.
Ahí aparece una arquitectura particularmente potente:
capacidad + señal + territorio + conexión.
Una demanda detectada en un mercado puede encontrar más rápidamente la empresa argentina capaz de responderla.
Una señal creciente desde determinado país puede orientar nuevas acciones de promoción.
Una representación puede identificar nuevas capacidades dentro de la oferta argentina.
Y la inteligencia artificial puede ayudar a encontrar complementariedades difíciles de detectar manualmente.
El talento argentino global como infraestructura
Hay todavía otra capa que puede incorporarse a esa arquitectura.
La de los argentinos distribuidos por el mundo.
Solemos llamarla diáspora.
Pero quizás podamos pensarla también como una red global de conocimiento distribuido.
Argentinos trabajando en compañías tecnológicas, universidades, hospitales, fondos de inversión, centros de investigación, startups, industrias creativas, organismos internacionales y empresas globales.
Cada uno ocupa una posición dentro de una red.
Conoce actores.
Entiende códigos.
Tiene experiencia.
Construyó confianza.
Puede interpretar un ecosistema desde adentro.
Ese capital relacional es difícil de medir, pero extraordinariamente valioso.
Un argentino en una compañía tecnológica puede detectar una necesidad antes de que se convierta en una búsqueda formal.
Un científico puede conectar una investigación argentina con un centro internacional.
Un emprendedor que ya atravesó un proceso de internacionalización puede acompañar a otro.
Un ejecutivo puede facilitar una conversación que desde afuera habría llevado mucho más tiempo producir.
El talento argentino global puede pensarse, así como otra capa de nuestra infraestructura de internacionalización.
No solamente talento fuera del país.
También nodos argentinos dentro de redes globales.
La infraestructura que no se ve
Durante mucho tiempo pensamos la infraestructura como rutas, puertos, aeropuertos, telecomunicaciones o redes de energía.
Siguen siendo esenciales.
Pero la economía del conocimiento necesita además otra infraestructura.
Una que no siempre se ve.
Datos. Redes. Confianza. Reputación. Comunidades. Información. Conexiones. Espacios de encuentro.
Es una infraestructura distinta porque no transporta solamente mercancías.
Transporta oportunidades.
Los mapas permiten saber qué tenemos.
Las métricas permiten escuchar las señales del mundo.
La red diplomática aporta conocimiento territorial, relaciones y confianza.
Los hubs crean lugares donde las piezas pueden encontrarse.
El talento argentino global extiende nuestra presencia dentro de otros ecosistemas.
Y la tecnología permite conectar todas esas capas a una escala antes impensada.
Argentina tiene ya buena parte de estas capacidades.
La oportunidad está en seguir conectándolas.
Hacer más frecuentes las conversaciones.
Fortalecer las intersecciones entre ecosistemas.
Leer mejor las señales.
Hacer visibles las complementariedades.
Y acelerar las conexiones capaces de producir nuevo valor.
Porque en un mundo atravesado por datos, algoritmos y redes globales, tener talento seguirá siendo imprescindible.
Pero quizás una de las próximas ventajas competitivas esté precisamente en algo que aprendí observando estas experiencias:
las piezas importan, pero también importa cuánto valor somos capaces de producir entre ellas.
Y una parte de la infraestructura del futuro puede construirse justamente allí:
en el espacio que somos capaces de crear entre esas piezas para que nuevas conversaciones, combinaciones y oportunidades puedan ocurrir.
Por Carolina Bustos
Directora de Promoción de Exportaciones de Servicios Basados en el Conocimiento, Industrias Creativas, Turismo y Deportes - Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto República Argentina
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