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La cuestión no es la vieja o nueva política, la cuestión es buena o mala política

Dentro del lenguaje acuñado en estos últimos tiempos, una de las fórmulas que más recorrido ha tenido ha sido la de la diferenciación entre lo viejo y lo nuevo: los viejos partidos y los nuevos partidos, los viejos líderes y los nuevos líderes, las viejas formas y las nuevas formas, la vieja política y la […]


jueves, 23 de junio de 2016
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Dentro del lenguaje acuñado en estos últimos tiempos, una de las fórmulas que más recorrido ha tenido ha sido la de la diferenciación entre lo viejo y lo nuevo: los viejos partidos y los nuevos partidos, los viejos líderes y los nuevos líderes, las viejas formas y las nuevas formas, la vieja política y la nueva política... Por descontado, lo viejo era malo per se y lo nuevo, poco menos que Cristo redivivo. Una simpleza.

A nadie se le ocurriría pensar que la Basílica de San Pedro en Roma, es un viejo edificio sin más valor que el de las piedras que la sostienen, como a nadie se le ocurriría pensar que el derecho romano son viejas palabras sin más valor que el del papel, o la Tablet, donde las leo.

Resulta llamativo, sin embargo, cómo algo que a nadie se le ocurriría plantear en ningún otro orden de cosas puede llegar a tener éxito, y mucho, en política.

Hace seis meses, por no ir más lejos, algunos plantearon las elecciones como una confrontación entre lo nuevo y lo viejo. Como si un país pudiera construirse por oposición entre lo viejo y lo nuevo y no como un permanente diálogo entre el pasado y el presente para proyectarnos hacia el futuro que deseamos.

No, la cuestión no es vieja o nueva política, la cuestión es buena o mala política.

La buena política es la que trae progreso, bienestar, derechos, igualdad. La mala es la que amenaza todo eso o la que se traviste de lo que no es para engañar y ocultar su verdadera cara e intenciones.

De la mala política hemos tenido sobradas muestras a lo largo de décadas, en que se ha buscado ampararse en la coartada de la crisis para ir a un nuevo diseño de sociedad, donde se privilegió a pocos en detrimento de muchos.

Esa mala política es la que está detrás del intento de doblegar la conciencia de las mujeres al intentar anular los intentos de aprobar las leyes del aborto o al penalizar las políticas de igualdad y de lucha contra la violencia de género.

Esa mala política es la que alienta la existencia de fueros para que los corruptos se libren de penas.

Esa mala política es la que alimenta la exclusión de colectivos enteros de la sanidad pública o de miles de jóvenes de la educación universitaria.

Esa mala política es la que aprueba privilegios fiscales para unos pocos y asfixia fiscal para todos los demás... Sobran, por desgracia, ejemplos.

Por ello creemos firmemente que no hay peor delito que dejar de lado lo bueno… porque es viejo... es decir porque lo hizo el otro… el adversario político… sin recordar que quien juzga lo bueno o lo malo de una política , ya sea nueva o vieja es el Pueblo.


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Por Jorge Tuero
Director de Acercando Naciones ONG Empresario, Consultor en Gestión e Ingeniería de Negocios con mercados no tradicionales (Asia y Medio Oriente).

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