Cultura
La reviviscencia de la cultura: Andrés L. Guillén
Donde la cultura existe, allí también encontraremos los límites civilizatorios de ese ajetreo humano que le da vida a una comunidad, más aun si es multiétnica y diversa como la nuestra. Toda esa actividad humana, que engendra la cultura de un país, conserva en sus obras y manifestaciones sus propias cualidades civilizadoras, al ser signo […]
Donde la cultura existe, allí también encontraremos los límites civilizatorios de ese ajetreo humano que le da vida a una comunidad, más aun si es multiétnica y diversa como la nuestra.
Toda esa actividad humana, que engendra la cultura de un país, conserva en sus obras y manifestaciones sus propias cualidades civilizadoras, al ser signo y símbolo de toda esa creación semántica nacional (por su función comunicativa) y de sus valores inmateriales.
La razón de ello es simple: lo que nos une a esas creaciones es su lenguaje común, ya sean esas creaciones representativas de las bellas artes o de las tradiciones y costumbres de nuestro pueblo.
Por eso la cultura y civilización de cada país existe como un conjunto particular de cosas muy generales y diversas que expresan el sentimiento y la personalidad de muchas personas, que el mutismo individual de sus ciudadanos es incapaz de conjugar aisladamente.
Paradójicamente, la facilidad de comunicación que pueda tener, por ejemplo, nuestra música típica o la belleza de nuestra emblemática pollera, a la vez implica un hermetismo cultural nacional, fuera de sus fronteras, o lo que es peor, una presencia olvidada, en estado latente por largo tiempo, dentro de nuestro propio territorio.
En este ejemplo, nuestra reacción debe ser la afirmación continua y positiva de esos dos elementos folclóricos y no dejarlos en desatención, pues como cualidades nacionales, esa música y ese traje nacional son parte importante del subsuelo de nuestra innegable panameñidad.
Dicho de otra manera y ya como regla general: no podemos dejar en letargo nuestra cultura y sus valores civilizadores, para revivirlos solo cuando los cofres del Estado así lo permitan o cuando la indignación de una minoría de sus ciudadanos así lo imponga ocasionalmente.
Ahora bien, civilizar un país (en el sentido de sacarlo de la barbarie) incluye, además, cambiar y perfeccionar la forma de su organización económica, jurídica, política y social, algo que no se puede lograr solo con su domesticación cultural, porque todo progreso civilizatorio requiere de un “nosotros” más grande, imbuido no solo de una mayor sensibilidad humana sino sobre todo de una determinación colectiva nacional.
A pesar de esto, no debe existir un cariz contradictorio o un antagonismo permanente entre cultura y civilización pues, a nivel de logros, ambos conceptos contribuyen al bienestar de sus ciudadanos y de su libertad.
Tampoco se requiere politizar la cultura, sino más bien humanizarla, pues quien le da uso y vida es el individuo, quien también la comparte con sus paisanos, como rasgos comunes de su pueblo.
Extractado de La OpinionTemas Relacionados

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