Internacional
EL EUROESCEPTICISMO QUE AMENAZA A EUROPA
El proyecto de la construcción de una casa común europea evolucionó con marchas y contramarchas desde que la idea comenzó a germinar pocos años después de la II Guerra Mundial. Pero la ambición de asegurar un continente en paz, con cierto progreso material, desterró durante décadas la mínima posibilidad de pesimismo sobre la suerte final […]
El proyecto de la construcción de una casa común europea evolucionó con marchas y contramarchas desde que la idea comenzó a germinar pocos años después de la II Guerra Mundial. Pero la ambición de asegurar un continente en paz, con cierto progreso material, desterró durante décadas la mínima posibilidad de pesimismo sobre la suerte final de Europa. Inexorablemente, el futuro siempre depararía algo mejor. En ese sentido, Romano Prodi, fue muy elocuente cuando me transmitió –en su estudio de Bologna, Italia- la sensación que envolvía a todos durante aquellos años: “Había una clara visión compartida de que el proceso de integración estaba condenado al éxito y que siempre estaría progresando. Mas allá de la “silla vacía”, las tensiones recurrentes entre Francia y Alemania, la reticencia del Reino Unido a moverse rápidamente, siempre nos acompaño la convicción de una Europa avanzando hacia su integración” (1).
Desde los primeros escarceos verbales sobre unos futuros Estados Unidos de Europa, el propósito de establecer una gran asociación política y económica bajo términos democráticos ejerció una gran atracción sobre la dirigencia emergente de la posguerra. En ese contexto, la Cortina de Hierro, alertando sobre el gigante comunista que se asomaba por el Este tras las ruinas del III Tercer Reich, no hizo más que alentar un acuerdo entre los países de la Europa occidental, aunque se diera bajo la protección del otro gran poder, los Estados Unidos.
La singularidad de esta construcción política se consolidó en el avance hacia un modelo propio de desarrollo económico, identificado por lo que se conocería como Estado de Bienestar. Era un complejo y variado sistema de protección social que prometía, dicho de modo muy simple, lo más beneficioso del capitalismo occidental y lo más rescatable del socialismo de raíz marxista. La Guerra Fría estaba ahí para quedarse y el deseo de convivir en paz de potencias como Alemania (Occidental), Francia e Inglaterra consolidó esa vía.
El largo proceso de construcción europea parece sencillo de explicar si se lo observa así, como un ancho camino, de varios carriles, pero sin retorno, hacia una integración política, económica, social y cultural cada vez mayor.
Sin embargo, todo ha sido y es todavía hoy más complejo. Porque, hilando más fino, ese recorrido involucró actores nacionales e ideológicos cuyas posiciones fueron variando en el tiempo. Y ahora mismo, siete décadas después, nuevos actores han irrumpido en escena y despunta con una fuerza sin precedentes una corriente de pesimismo -por un lado- y rebeldía -por el otro- que no se conocía, aunque muchos percibían su silenciosa gestación. En efecto, hay un lado oscuro del sueño común europeo que se alimenta de forma variada, de la desconfianza, del descreimiento, de la apatía y hasta de un rechazo expresado en las urnas hacia lo que ha llegado a convertirse la Unión Europea (UE). La apabullante marea de optimismo que acompañó la creación de la UE siempre encontró objetores y críticos, opositores y hasta agoreros. Pues bien, durante los últimos años, por izquierda y por derecha, una expresión resume ese heterodoxo abanico de posiciones: “euroescepticismo”.
El caso británico evidencia singularmente sus claroscuros. Fue Winston Churchill el primero en expresar la idea de una unión completa de Europa pero también fue su Gran Bretaña la que terminó siendo cuna de este euroescepticismo (el uso del término se remonta a un artículo de la revista londinense The Economist, en 1992, aunque otros atribuyen al diario The Times haber acuñado la expresión “euroescepticismo británico”).
En medio de una crisis sin igual para la UE como la que comenzó en 2008, y teniendo a la vista las últimas elecciones al Parlamento Europeo (2014), los arrestos de euroescepticismo de diversas fuerzas políticas -algunas con responsabilidad de gobierno local y nacional- pueden tentarnos a caer en algunas simplificaciones. La primera, creer que hay una sola clase de euroescépticos. Y que todos marchan juntos contra Bruselas por las mismas razones y detrás de un mismo objetivo.
Pero no. Los hay de extrema derecha, ultraliberales en economía y xenófobos, y los hay de izquierda, anticapitalistas y multiculturalistas. Son diversas las razones por las que su blanco común siempre es el poder central europeo en Bruselas y su gestión de los problemas, y en un contexto de generalizado rechazo al proceso de globalización. Es justo reconocer también que algunos son solo un síntoma de la descomposición de los sistemas políticos nacionales.
El euroescepticismo, queda dicho, tiene distintas caras, con distintas raíces, motivaciones y fines. El espectro abarca desde quienes quieren “destruir la UE, pero no Europa” (2), como sostiene el Frente Nacional francés, hasta los conservadores británicos que rechazan esta UE de Maastricht pero reivindican el antiguo mercado común (single market). En los bordes, aparecen minorías antieuropeístas de ultraderecha (el Partido de la Libertad holandés, la Liga Norte italiana, el Jobbik húngaro y o Amanecer Dorado griego). Y por izquierda, el Syriza griego, el Podemos español y el Movimiento Cinco Estrellas italiano, muy críticos pero no necesariamente antieuropeístas.
Según el caso, unos son parte y sustento de los sistemas democráticos tradicionales, otros quedan al borde o directamente fuera del sistema. Las distintas banderas del euroescepticismo agitan alternativamente: a) reclamos de “otra UE”, b) de “menos UE” o c) de un estridente “fuera la UE”. La característica del euroescepticismo, como se ve, es la fragmentación dictada por distintos intereses.
El discurso euroescéptico ofrece una gama amplísima y un ejemplo es el veterano parlamentario conservador William Cash. Este experimentado abogado constitucionalista y miembro del Parlamento inglés desde 1984, a quien entrevisté en el Palacio de Westminster, Londres, aboga por “otra UE”, y él mismo prefiere definir su posición: “no le llamaría euroescepticismo. En lo político es euro-realismo y en lo económico, simplemente, euro-pragmatismo” (3).
Por otro lado, también es importante dimensionar adecuadamente el fenómeno de las fuerzas euroescépticas. Como veremos más adelante, siguen siendo un espacio minoritario y, en buena medida, ha canalizado esta vez un descontento social que no es necesariamente antieuropeísta. Por supuesto, su impacto es imposible de ignorar. Esos grupos alcanzaron sumados una representación inédita en el Europarlamento y ya han empezado a condicionar la agenda de las grandes fuerzas políticas moderadas. Y aunque reúnan una quinta parte de los eurodiputados, la memoria del Viejo Continente sobre el ascenso de fuerzas minoritarias de sesgo antidemocrático sigue muy fresca y remite al origen de la misma tragedia universal que dio lugar al proyecto común europeo.
Sin embargo, si hay un euroescepticismo que puede corroer la esencia del proyecto europeo no es tanto el que nace de la obstrucción de estas minorías, sino de la inacción de gran parte de sus 500 millones de ciudadanos. A la luz de los hechos recientes, lo que puede herir de verdad el antiguo sueño de los padres fundadores de la unión es la falta de compromiso de los ciudadanos, la ausencia de europeísmo entre los gobernados, la pasividad del “demos europeo”.
Esta variante de euroescepticismo por omisión también puede ser dimensionada: se certifica en las urnas y se llama abstención electoral. Y en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, el 25 de mayo de 2014, la participación en los 28 países confirmó la tendencia declinante verificada, de modo ininterrumpido desde la primera vez en que los pueblos de la Unión pudieron votar a sus representantes al Parlamento Europeo: votó el 42.54% del padrón habilitado para hacerlo.
En los primeros comicios europeos, en 1979 y con 9 países miembros de la UE, la participación arrancó con un prometedor 62%. Pero en las seis elecciones siguientes la concurrencia a las urnas cayó sin cesar, en 1984 (59%) con 10 países miembros, en 1989 (58,4%) con 12, en 1994 (56,6%) con 12, en 1999 (49,5%) con 15 y en 2004 (45,5%) ya con 25 y en 2009 (43%) con 27 estados miembro.
A grosso modo, en 2014 la mitad del electorado europeo se ha vuelto a quedar en su casa, en lugar de participar de las elecciones más significativas al Europarlamento desde su creación, en medio de una crisis política, económica y social inédita, y que tuvo el atractivo extra de poder elegir indirectamente al presidente de la Comisión Europea (CE).
Ciertamente, la geografía de esta abstención dista de ser homogénea. En Bélgica y Luxemburgo, la participación llegó al 90%, en la pequeña Malta a 79% y en Dinamarca, Irlanda, Italia y Grecia quedó entre el 50 y el 60%. Más abajo pero todavía por encima de la media de 42.5% quedaron Alemania, Francia, España, Suecia, Austria, Finlandia, Chipre y Letonia. Pero el resto no llegó al 40%, con mínimos en Polonia (22,7%), Eslovenia (21%), República Checa (19,5%) y Eslovaquia (13%). En general, en los países orientales la participación fue bastante menor que en los occidentales y meridionales. A su vez, en los del Norte fue mayor que en los del Sur.
Días después de las elecciones de 2014, tras liderar un histórico triunfo de la izquierda italiana (40,5%, la mejor elección de cualquier partido en Italia desde 1958), el joven primer ministro Matteo Renzi ensayó su análisis sobre la dificultad de las instituciones europeas para reforzar el compromiso de los ciudadanos: “Me siento un ciudadano europeo que tiene ganas de tener una Europa con alma y no sólo con normas. Si Europa me dice todo sobre cómo se pesca el pez espada, pero se olvida de hablarme de cómo hacer para salvar a los niños que están muriendo en el Mediterráneo, hay algo que no funciona. A mí me interesa que Europa tenga alma y trabajo para que esto ocurra (…) lo importante es entender si logramos o no recuperar la esperanza, no es fácil. En los últimos años se ha perdido el sentido de la aventura, del reto, del gran sueño, restituir esto es el deber de los partidos políticos, no aferrarse a una poltrona. A mí no me interesa si en esta composición de equilibrios tendré un puesto más o menos, me interesa si será una Europa que responda a las necesidades de los ciudadanos y en esto el papel de los partidos políticos es fundamental” (4)
Con la extrema derecha obteniendo victorias en Gran Bretaña, Francia y Dinamarca, no extrañaron tampoco reacciones como las del presidente francés, el socialista Francois Hollande, quien en cambio obtuvo un resultado históricamente bajo en su país, derrotado con claridad por los ultranacionalistas. Desde el corazón del poder comunitario, en Bruselas, un Hollande alarmado identificó un leit motiv que puede asociarse con la abstención: “Europa se ha hecho ilegible, lejana, incomprensible. Eso no puede continuar. Europa debe ser simple, clara para ser eficaz” (5).
Unos meses antes, en un encendido debate con el filósofo europeísta alemán Jürgen Habermas sobre la importancia del voto popular, el intelectual izquierdista italiano Paolo Flores D´Arcais, lo había anticipado con estas palabras: “Europa no suscita entusiasmo, es lo mínimo que se puede decir. A estas alturas, la idea de Europa como futura institución política (los “Estados Unidos de Europa”) le dice muy poco o nada a sus potenciales ciudadanos. Se la percibe como la Europa de los poderes financieros y de los gobiernos sumisos, desde luego no como la Europa de la soberanía popular. Si la Europa política va a seguir siendo ésta, la desafección está abocada a ir en aumento, las tentaciones nacionalistas tenderán a multiplicarse (hasta el chovinismo y al siguiente paso lógico, el racismo), y la fascinación autoritaria y el populismo reaccionario irán ganando terreno” (6).
Ahora bien, las distintas variantes del euroescepticismo militante y organizado que sacó provecho de este momento europeo pueden atender a cuestiones de fondo:
. políticas, con un cuestionamiento a la autoridad supranacional europea, desde el formulado por el clásico nacionalismo de derecha hasta las reivindicaciones de autonomía y soberanía nacional de fuerzas de izquierda;
. económicas, con la propuesta de abandonar el euro y el rechazo a las medidas anticrisis ordenadas desde Bruselas;
. sociales, sobre qué respuestas dar a la inmigración y a los sectores más castigados por la crisis.
A su vez, la gama de soluciones ofrecidas a estos temas centrales de la agenda varían o contrastan según el país del que se trate y el tipo de euroescépticos. Luego, según las diferentes estrategias, se ponen en juego en sus objetivos algunas cuestiones de forma:
. tratar de impedir a largo plazo una unión política mayor y un gobierno federal en Bruselas;
. bombardear por izquierda y por derecha la futura unión fiscal anunciada para la zona euro;
. rechazar la competencia europea en asuntos sociales y civiles;
. propugnar una UE de dos o más “velocidades”, con opción a salir de la zona euro o de la UE.
La amplia diferencia de raíces y matices ideológicos del euroescepticismo activo puede tener consecuencias políticas de importancia sobre la UE, aunque probablemente el impacto más seguro sea a nivel local. Por ejemplo, las fuerzas que se impusieron en Francia, Gran Bretaña y Dinamarca -a expensas de la abstención electoral- superaron el 25 y 26 % de los votos y se proponen, como mínimo, repetirlo en las elecciones locales y nacionales por venir, aunque los contextos serán distintos.
Pero también es cierto, observando el cuadro general, que sobre un total de 751 eurodiputados los tres principales grupos políticos europeístas obtuvieron 479 bancas -los Populares conservadores (221), los Socialistas (191) y los Liberales (67)- y se quedaron con casi dos de cada tres votos emitidos. Y eso sin contar a los Conservadores y Reformistas Europeos (70) y a los Verdes (50), que amplían todavía más ese margen de maniobra frente a los antieuropeístas.
Aún con su limitada representación, a corto plazo los euroescépticos pueden aspirar a lograr algunas victorias políticas. ¿Cómo? Influyendo en la agenda nacional y en las decisiones de esas mismas grandes fuerzas políticas moderadas que crearon y sostuvieron las instituciones europeas durante las últimas tres décadas, socialdemócratas, conservadores y liberales que históricamente reunieron una cómoda mayoría absoluta del Parlamento Europeo, ahora perturbada por esta compleja, limitada pero “real” fuerza política de la UE.
Apenas conocidos los resultados de las últimas elecciones al Parlamento Europeo, el socialista español Joaquín Almunia, uno de los vicepresidentes de la Comisión Europea, reflexionó al respecto:“Es preocupante el auge de esa amalgama de populistas, ultras, euroescépticos e incluso xenófobos y fascistas que alcanzan ya una quinta parte del Parlamento. No sólo preocupa su tamaño, sino el riesgo de que contaminen los debates del resto de fuerzas políticas, como se ha visto con las declaraciones de Nicolas Sarkozy y David Cameron contra la libertad de circulación de personas. El peligro es que los grandes partidos adopten actitudes defensivas y seguidistas: eso ya sucede” (7).
Meses antes de las elecciones europeas de mayo de 2014, en un encuentro en Madrid, Felipe Gonzalez me advirtió sobre las consecuencias del avance del “voto euroescéptico”: “En lo inmediato va a obligar más a las dos fuerzas políticas fundamentales a ponerse de acuerdo porque necesitan de la mitad más uno de la totalidad de los parlamentarios para tomar decisiones. Sobre todo lo necesitan –y esto a nivel europeo se ha logrado más que a nivel nacional- para frenar la oleada antieuropea” (8). El tiempo demostró que Gonzalez estaba en lo cierto.
Los euroescépticos más ambiciosos y radicales, ahora relativamente fortalecidos, aspiran a esmerilar el proyecto original de la UE, paradójicamente, desde uno de sus pilares institucionales como lo es el Europarlamento. Una posición minoritaria pero fuerte permite ejercer el veto en algunas leyes, puede condicionar las designaciones de la Comisión, bloquear la firma de tratados internacionales y hasta dificultar la aprobación del presupuesto que sustenta a la UE.
Como argumentan los expertos en asuntos europeos José I. Torreblanca y Mark Leonard, “aun cuando ello no ocurriera, los euroescépticos podrían tornar más difícil el gobierno de la UE y, en particular, limitar su capacidad de adoptar decisiones claves que necesite para resolver la crisis del euro y volver a la senda del crecimiento económico. Con esa actitud, exponiendo el desapego de los ciudadanos con las políticas europeas, los euroescépticos podrían incluso debilitar la legitimidad de la UE. Lo cual, a su vez, impediría zanjar las profundas divisiones surgidas entre países acreedores y deudores, del Norte y del Sur, de dentro y de fuera de la zona euro, entre elites y ciudadanos, y volver cada vez más irrelevante al Parlamento Europeo. Esto es exactamente lo contrario de lo que los europeístas esperaban lograr con la creación del Parlamento Europeo, lo cual significaba superar el ‘déficit democrático’ de la UE” (9).
En 2007, antes del estallido de la gran crisis, el 52 % de los ciudadanos europeos tenía una imagen positiva de la UE, en los meses previos a las elecciones al Europarlamento (2014) bajó a sólo el 31%, ¡menos de uno de cada tres electores! A su vez, en 2007, la imagen puramente negativa alcanzaba al 15% de los ciudadanos, pero siete años después trepó a 28%.
Las resultados de las elecciones europeas, sobre todo en países como España y Francia, expresaron cierto quiebre de un consenso entre las elites dirigentes europeas y un sector de su ciudadanía, la misma en que se había apoyado todo el proceso de integración del continente desde sus inicios y que incluyó la cesión de soberanía instrumentada por funcionarios no electos, aunque capacitados, a cambio de un evidente progreso económico y social.
Poco antes de dejar el Europarlamento, tras cinco años de integrar la bancada de los Verdes, el legendario líder de las rebeliones juveniles parisinas del Mayo del 68, Daniel “El Rojo” Cohn-Bendit, lo puso en estos términos: “Yo nací en 1945. Fui concebido tras el desembarco de Normandía. Imaginen que aquel 4 de abril hubiera aparecido caminando y les hubiera dicho a mis padres: ‘En 50 años no habrá fronteras entre Francia y Alemania’. Me habrían dicho: ‘Este niño habla muy pronto y dice tonterías’. Pero esta es mi historia; y también la de toda Europa. El mayor problema de Europa ahora es la lejanía de los ciudadanos. La UE es un enano político porque está maniatado por los gobiernos nacionales. Es preciso avanzar en la integración, la única que puede poner a Europa en el mundo. Para ello debe haber voluntad política, y dudo que la haya”. Y son palabras de un europeísta convencido.
Por: Jorge Argüello
Publicado en la Revista Noticias
19/02/2016
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