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Takanakuy. un festival a los golpes
Takanakuy. un festival a los golpes

Takanakuy Un festival de ajuste de cuentas en los Andes de Perú
Para comenzar bien el nuevo año, miles de vecinos se reúnen en el pueblo de Santo Tomás, ataviados con rica indumentaria, para bailar, beber y resolver todo a los golpes.

Una pelea durante el festival del Takanakuy en el poblado peruano de Santo Tomás.
Photographs and Text by Mike Kai Chen
Estaba garuando mientras intentaba abrirme paso en un mar de luchadores enmascarados para atisbar el centro del cuadrilátero. A unos pasos de distancia, dos luchadores locales intercambiaban golpes a puño limpio.
Miles de espectadores, de pie en las gradas del coliseo alrededor de la arena de lucha seguían cada movimiento. Cuando uno de los participantes fue derribado de un golpe limpio hubo vítores. El ganador, sangrando del labio, alzó los puños al aire para celebrar la victoria antes de abrazar a su oponente.
Era el día de Navidad y en lo alto de los Andes peruanos, se llevaba a cabo el Takanakuy, el festival anual andino.

La muchedumbre se quedó quieta cuando al ring subió una nueva participante: Yani López, una mujer del pueblo de Santo Tomás. A diferencia de sus pares varones, que llevaban máscaras y trajes intimidantes, Yani vestía un elegante vestido rojo bordado con flores.
Se había presentado para desafiar a una amiga, Vicentina Yallercco.

El Takanakuy —que en el quechua que se habla en los Andes de Perú significa ‘golpearse mutuamente’— es una tradición particular de la remota provincia peruana de Chumbivilcas.
Las pequeñas comunidades en los Andes, muchas de las cuales no tienen acceso a los cuerpos policiales para resolver disputas, ajustan cuentas una vez al año en un coliseo abierto, con los puños.
La meta final es empezar el año nuevo en paz. Por esta razón, cada pelea —ya sea que participen hombres, mujeres o niños— empieza y concluye con un abrazo.


Temprano la mañana de Navidad, miles de vecinos se reunieron en la plaza principal de Santo Tomás, ataviados con trajes muy elaborados, bailaban música regional y compartían la comida.
Mientras otros se unían desde sus casas, la multitud desfiló hacia el coliseo de luchas del pueblo, donde miles de participantes y espectadores —llegados de pueblos cercanos— ya esperaban el inicio de las peleas.
En el estadio, desde las gradas superiores, los espectadores bebían y comían mientras alentaban a los principales peleadores de su región.
Varios hombres, envalentonados por el alcohol formaron sus propios círculos de pelea. Aunque algunos participantes se disponían a resolver agravios verdaderos, otros parecían pelear solo por deporte.
Las festividades continuaron un segundo día en el pueblo cercano de Llique, donde las peleas se realizaban en extensas pampas con pasto.


Había escuchado por primera vez del Takanakuy a través de Jero Gonzales, un fotógrafo peruano apasionado por captar la cultura indígena andina.
Nos encontramos la víspera de navidad en una pequeña central de autobuses en la ciudad de Cusco, nos metimos en un pequeño bus atiborrado y, durante seis horas, nos hicimos camino por una serie interminable de montañas verdes mientras intercambiamos nuestros teléfonos para conversar a través de Google Translate.

Algunos tradicionalistas desaprueban que las mujeres participen en el Takanakuy.
Sin embargo, en los últimos años, cada vez más mujeres de Chumbivilcas desafían la costumbre y se animan a pelear frente a la comunidad.
Que tantas mujeres suban al ring, “es algo nuevo”, me dijo Jero. Pero añadió que la mayoría de las personas comprenden que las mujeres tienen todo el derecho de participar.

Entre ellas estaban Yani y Vicentina.
Luego de vendarse las muñecas y darse la mano, las mujeres empezaron a girar en el cuadrilátero, intercambiando golpes y patadas ocasionales.
Vicentina se rindió primero y los réferis de inmediato se ubicaron entre las mujeres para dar por terminada la pelea.
Como todos los demás participantes, ellas también acabaron abrazándose, y con sus asuntos resueltos. Estaban listas para empezar el año nuevo con una página en blanco.
Extractado por ACERCANDO NACIONES de New York Times
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