Agua ¿Realidad o distopía?

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Las crisis globales relacionadas con el agua son la mayor amenaza a la que se enfrentará el planeta durante la próxima década, según el Informe de Riesgos Globales del Foro Económico mundial de 2015.

El concepto agua ha pasado de considerarse un problema estrictamente ambiental a un problema de carácter social. La incapacidad para una política global, nacional o local que tome en serio el cambio climático solo ayuda a que estas amenazas sean ya realidades. De hecho, Goldam Sachs en 2008 ya lo definía como el petróleo del siglo XXI, con la única diferencia de que sin petróleo podemos vivir, pero sin agua no.

Fondos de inversión de capital riesgo han encontrado en el agua una inversión que aporta grandes beneficios trasladando un bien humano de primera y básica necesidad  en un producto financiero en manos privadas.

¿Realidad o la distopía? Nuestro mundo cada vez se parece más a una realidad distópica. Solo una mirada restringida nos permite fragmentar y distanciar los datos para no sentir este tipo de sociedad ficticia como la auténtica realidad de un mundo que va encaminado al abismo mientras continúa pensando y sintiendo en términos de productividad, eficiencia y mercado.

De esta manera, continuamos viviendo la distopía viajando desde lo global a lo local y nos encontramos con la lucha ideológica en las ciudades -Madrid, Barcelona, Berlín, París- entre la privatización de los servicios de gestión y distribución del agua o la remunicipalización de los mismos en aquellos donde la privatización ya ha sido un hecho.

Los defensores de la privatización argumentan que esta externalización del servicio ofrece una mejor gestión, con una mayor calidad y con un menor coste económico tanto para el municipio como para el usuario final. Por su parte, los defensores de la remunicipalización utilizan los mismos argumentos para que el agua vuelva a ser un servicio público gestionado por entes públicos: mejor gestión, mayor calidad, servicio más barato y eficaz.

Nuestra realidad distópica, la remunicipalización y la oposición a la privatización son necesarias. Pero la remunicipalización no combate, al menos todavía, los parámetros y la lógica del productivismo en torno al agua. Los criterios para evaluar un  servicio remunicipalizado tienen que salirse de las nociones mercantilistas de eficiencia. No en todos los lugares del mundo hablar de “agua pública” es igual y desde luego hay muchas maneras  de gestionarla desde “lo público”, de ahí la necesidad de revisar el concepto de “lo público”.

La complejidad más notable de la nueva noción de remunicipalización radica en la necesidad de  construir un ethos público que vertebre la acción desde la lógica del bien común, dejando atrás la actual noción movida por la lógica productivista. El nuevo concepto de remunicipalización que defendemos desde la ecología política incluye los criterios  de mínimos de  equidad,  participación en toma de decisiones, eficiencia, calidad de servicio, responsabilidad comunitaria, transparencia, calidad laboral, sostenibilidad, solidaridad y un ethos público que posibilite los mínimos citados para garantizar el bien común intergeneracional.

Por este motivo, entiendo la remunicipalización como una política de contestación ante nuestra actual realidad distópica. Debemos reclamar una auténtica política de utopía, una política de horizonte capaz de regular el camino hacia el que queremos caminar como comunidad. Y esto supone apostar por una autogestión hídrica responsable con modelos participativos de gestión integral y comunitaria del agua. He aquí la utopía como sueño o la posibilidad de un despertar distópico.  Pero los sueños, sueños son y los despertares y las utopías se construyen con toma de conciencia, cuestionamiento del paradigma existente y propuestas concretas  que construyan un mundo mejor, equitativo e igualitario y libre. Y para conseguirlo, bien podemos comenzar por la política del agua.

Fuente Contarinformacion.es

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