Reflexiones sobre los hechos y las interpretaciones

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Daniel Molina publicó recientemente un artículo en el diario Río Negro sobre la famosa frase de Nietzsche: “No existen los hechos, sólo existen interpretaciones”. Escribió que la idea del filósofo alemán “es muy simple, pero es terriblemente provocativa, ya que si no hay hechos “objetivos” (sino interpretaciones históricas y socioculturales) no existe nada irrefutable ni verdadero de una vez y para siempre. Nadie puede pensar un hecho si no es a través del lenguaje, de su contexto sociocultural y del momento histórico en el que lo piensa”.

Provocativa sí, simple creo que no. La frase de Nietzsche está en la base, de gran parte del andamiaje teórico de Foucault, sobre todo cuando establece la verdad como lucha de interpretaciones. De lo que se desprende que la verdad es la que establece el poder. Las “verdades” que suelen imponer aquí y en el mundo los grandes medios comunicación, entrelazados con el poder económico, se producen porque tienen “poder comunicacional” para hacerlo, son dueños de miles de bocas comunicacionales a través de las cuales imponen su interpretación de la realidad.

El “kirchnerismo”, como todos los procesos populares de cambio, tuvo conciencia de que hay que luchar en este campo de las “interpretaciones”, lo que la derecha ha minimizado como “relato”. Una puja “cultural” si se quiere o puja de “hegemonía cultural” en lenguaje gramnsciano y que también ha sustentado gran parte de la teoría de Ernesto Laclau, que no por nada fue bautizado por la derecha como “intelectual kirchnerista” hasta su muerte. Daniel Molina trae esto del “relato” al presente y señala: “Como el gobierno de Cambiemos se presenta en sociedad como la contracara absoluta del mandato anterior (y Cristina Kirchner fue una defensora explícita de la teoría del relato político como sostén del sentido de un gobierno) es comprensible que Macri se presente como contrario a que la política sea, entre otras cosas, un enfrentamiento comunicacional”. Y agrega que: “El problema con el “no-relato” de Cambiemos no es sólo que sea un relato (tan coherente como cualquier otro), sino que al querer sacarlo de la lucha de relatos se lo presenta como “la revelación de la verdad”, con la categoría autoritaria y fanática de las corrientes autoritarias y fanáticas de las religiones que presentan sus creencias como las únicas verdaderas”.

2.- En esta relación hecho/ verdad – interpretación/relato hay mucho para analizar. En una entrevista que Página 12 le hizo a José Pablo Feinmann hace ya un tiempo hay una reflexión muy interesante de éste: “Las versiones de la Historia son muchas y siempre van a estar chocando. Como dice la frase de Nietzsche, no hay hechos, hay interpretaciones. Hay que decir ante todo que hay interpretaciones porque hay hechos, pero después vienen las interpretaciones de los hechos…”. La importancia de la frase de Feinmann es que explica por qué sigue muy vigente el “kirchnerismo”  y el liderazgo de Cristina, a pesar de todo el bombardeo mediático en su contra, asociado a la persecución gubernamental/judicial. La fortaleza del “kirchnerismo” no estuvo –cuando era gobierno- en generar un contrapoder de medios ni en utilizar las herramientas del marketing para imponer al “relato” de las corporaciones y el establishment, otro “relato” más anclado a los intereses populares y a desarmar todo el andamiaje neoliberal heredado de los ’90. La lucha en el campo de las interpretaciones se ha dado porque el “kirchnerismo” produjo hechos en que sustentar ese relato, hechos muy alejados de la supuesta ficción o simulación que le ha achacado la oposición por derecha y por izquierda (no voy a ponerme a reiterar lo que ya se conoce, retenciones, desendeudamiento, estatización de las AFJP y la nacionalización de Aerolíneas, políticas activas y no recesivas, políticas igualitarias y distributivas, la asignación universal por hijo y la movilidad para los jubilados y pensionados, política en derechos humanos y clara inserción en Latinoamérica, recuperación de YPF, Ley de Matrimonio Igualitario, etc. etc…, cuestiones que día a día va destruyendo el neoliberalismo macrista).

3.- Los hechos y no los relatos son los que deben sustentar el “empoderamiento” del que hablaba Cristina, la defensa de las conquistas reales y concretas logradas en doce años, y que hoy se expresan en movilizaciones y luchas. Los que creen en las “interpretaciones”, sólo como una lucha en el campo de lo simbólico, son los que generalmente hablan de las “verdades relativas”, ese apotegma posmodernista que se ha impuesto en la clase política de decir que las cosas en que creo son “verdades relativas” que “compiten” en el marco del juego democrático con las otras “verdades relativas” de mis adversarios. No. Yo sigo creyendo si se quiere en apotegmas o sentencias “modernistas” si se quiere, las que también sustentaron en su momento todo el andamiaje teórico y filosófico de las corrientes de izquierda. Creo que hay “hechos” y creo que hay “verdades” lisas y llanas, sustentadas en la historia, en la praxis del hombre. Creo, por ejemplo, que la igualdad es mejor que la desigualdad y que la falta de prejuicios y la tolerancia es mejor que el racismo y la discriminación. Sigo creyendo en la fertilidad del campo de las ideologías y que por eso hay derecha e izquierda. Y en la izquierda, en el progresismo, en el campo nacional o popular, en el “kirchnerismo” en síntesis que es el único sector político que, aunque ahora esté en el llano, sigue ocupando ese espacio, hay “verdades” que no son relativas y que por lo tanto no pueden dimensionarse de la misma manera que un programa de derecha. Son las verdades a seguir defendiendo.

4.- Al margen, y ya en el campo más filosófico de la frase de Nietzsche, hay mucho por decir. No es tan simple como dice Molina. Se debe colocar la frase en el marco de los principales ejes de su obra. Nietzsche detestaba al hombre gregario, el hombre rebaño, el hombre adormecido de la verdadera vida, el hombre ‘lector de periódicos’ -ironizaba el alemán-, y que hoy sería el hombre estupidizado ante la televisión o ante Internet. Feinmann en su obra filosófica se refirió a esto citando los versos de uno de los pocos poemas de Nietzsche (aunque hay mucha poesía en todos sus libros): “Crece el desierto: ¡ay de quien desiertos alberga!/La piedra rechina junto a la piedra, el desierto serpentea y extermina”. Como escribe Feinmann el desierto es la nada, la nada de la abulia y la indiferencia. Menciona además una nada activa, una voluntad de poder “incapaz de crear nuevos valores”, citando a Rubén Ríos (“Nietzsche y la vigencia del nihilismo”). Precisamente, la voluntad de poder que propugna Nietzsche es “ser más”, con lo cual una voluntad de poder “incapaz de crear nuevos valores” no es voluntad de poder. A lo sumo es la ‘voluntad de existir’ de Schopenhauer, puramente conservadora. La voluntad de poder es fundamentalmente creadora, alejada de “la ambición de gobierno o posesiones” (Savater). El hombre gregario, el hombre obsesionado por el consumo, el hombre uniformado por la moral y la cultura dominante –una cultura que a esta altura de la mass media es una anti-cultura, como me dijo en una entrevista el antropólogo Adolfo Colombres una vez, ni siquiera una cultura chata, vulgarizada- , conforma ese desierto “que crece”. Por eso el superhombre es la realización de la voluntad de poder, el hombre que crea nuevos valores, distintos a los del hombre gregario, al del hombre pasivo “cuya vida es mascar” como dice Nietzsche en el mismo poema citado por Feinmann. Si Nietzsche escribió entonces  lo de “no hay hechos, hay interpretaciones” no fue tanto apuntando a lo que después desarrolló Foucault –aunque hay que decir que indudablemente mucho del pensamiento del alemán predice bastante de lo que vivimos actualmente en el mundo-  sino por aquello de que “la voluntad de poder” tenía mucho que ver con liberarse de “la coerción persuasiva del intelecto” (Pierre Klossowski). El intelecto es el productor del “concepto” bajo el cual definimos los hechos. Pero ese intelecto está formado por “premeditaciones” o por “preconceptos”. Incorporados por la educación (la escuela, la familia) y solidificados por los otros aparatos ideológicos a lo largo de la vida (hoy fundamentalmente los medios). De allí lo de la “coerción” de la razón, del intelecto, quizás mucho peor que la “coerción” del inconsciente, lo instintivo, las pulsiones de nuestra naturaleza (por algo Jung reflexionó sobre los instintos emparentándolo con la “voluntad de poder” nietzscheana). Creo, sintetizando, que hay que poner la frase de “no hay hechos, hay interpretaciones”, en esto de Nietzsche de querer devolver al acto mismo de pensar su virtud de resistencia a las “premeditaciones” y “preconceptos” que nos moldearon. Por algo el alemán llamaba a sustituir “conceptos” por “valores”. Nietzsche alertó, en síntesis, sobre esto de acreditar algo o una idea como “verdad” como “hecho” por lo acomodaticio de no animarnos a cambiar “lo institucional” del moldeado intelecto. (APP)

Fuente Nativa Radi

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