Deportes

Una historia mínima del fútbol femenino

Juegos de espejos: una historia mínima del fútbol femenino en Argentina y Brasil

Al calor de la 8ª Copa Mundial Femenina de Fútbol en Francia, proponemos una historia mínima y comparada de las futboleras argentinas y brasileñas.

Los primeros años del siglo XX

Aunque la historia nos muestra que espacios como el fútbol han sido de y para varones, las mujeres siempre estuvieron en la historia brasileña y argentina de esta disciplina. A comienzos del siglo XX era común que las “senhoritas” de la alta sociedad asistieran los partidos en el Sur de Brasil o en las tribunas del club Fluminense en Río de Janeiro. Mientras los trabajadores (incluyendo a negros y mulatos) iban ocupando gradualmente lugares en los equipos antes reservados a los aristócratas, las mujeres también iban corriéndose del rol de aficionadas para convertirse en jugadoras. Para 1940, el diario paulista Folha da Manhã reconocía la existencia de diez equipos en la entonces capital federal Río de Janeiro. Se trataba de clubes periféricos como Eva F.C., E.C. Brasileiro, Cassino Realengo, Benfica F.C. y Primavera F.C.

Antes de ser apartadas exclusivamente como acompañantes, hinchas y fanáticas, las mujeres argentinas jugaban en clubes, inspiradas por la popularidad de las “footballers” inglesas (en particular) y francesas. Los primeros registros revelan la existencia de equipos de fútbol femenino en Buenos Aires en 1923. Las mujeres que allí aparecen son identificadas como integrantes del primer equipo de fútbol de mujeres, llamado Río de la Plata. Pero a medida que el fútbol se convirtió en deporte nacional y pasó a ser parte de nuestra identidad como argentinxs, las mujeres fueron aisladas e invisibilizadas. Los argumentos biologicistas contribuyeron a respaldar recomendaciones de que este no era un juego para mujeres y promovieron disposiciones que prohibieron la práctica en países como Inglaterra, Brasil y Alemania, porque se consideraba un deporte demasiado “macho” y peligroso para el sexo “más débil”, que ponía en riesgo el sistema reproductivo femenino. De forma paulatina entonces, en esta década, las mujeres empiezan a ser representadas (en las revistas deportivas y diarios de la época) de un modo pasivo.

De los 40 a los 70. La era de los “populismos”

Entre 1941 y 1979 el fútbol fue un juego prohibido para las mujeres en Brasil. El decreto que lo establecía buscaba cuidar sus capacidades de procreación. La intención era “resguardar” los cuerpos “frágiles” y “delicados” de las mujeres para concebir “niños sanos”. Varones prescribiendo los usos legítimos de los cuerpos femeninos. Un biologicismo patriarcal vuelto ley que hacía de la maternidad un mandato estatal. Y más en el fondo había una verdad última: ellas estaban disputando un lugar de ellos. La ley de Vargas es una revancha de género.

Ni prohibidas las mujeres dejaron de jugar, aunque, claro está, la actividad se redujo. En 1950, en la ciudad de Pelotas, en el sur de Brasil, el Vila Hilda F.C. y el Corinthians F.C., desafiaron la legislación y se mantuvieron en funcionamiento hasta ser finalmente prohibidos por el Consejo Regional de Deportes. La proscripción no sólo perduró, sino que, por momentos, se agravó. La dictadura militar iniciada en 1964 también prohibió la competición de las mujeres en las luchas y los saltos. Pero sin duda, la exclusión más fuerte es la del fútbol ya que, como dice la antropóloga Carmen Rial, este deporte era –y es– una expresión fundante de la nación brasileña, por ende, la privación a dicha órbita implicaba una rechazo de las mujeres a la participación plena en la nación. 

Si bien en Argentina el fútbol no fue prohibido legalmente para las mujeres, la eliminación se materializó en términos de representación. Durante los primeros 50 años de la revista El Gráfico solamente el 10% de las tapas fue destinado a mujeres, y nada más que el 6% a mujeres atletas. Por otro lado, revistas como El Hogar, a partir de recomendaciones de actividades, permiten complejizar la idea sobre qué implicaba ser mujer en la Argentina del primer peronismo. Aunque hay un universo deportivo construido alrededor de actividades físicas impulsadas por el gobierno de Perón en el que las mujeres fueron novedosamente invitadas a participar, la revista no lo muestra. Mujeres ligadas a la vida familiar, al cuidado y al acompañamiento son las imágenes que se proponen en la prensa gráfica, postales que contribuyeron en la configuración de identidades femeninas y que modelaron los cuerpos de las mujeres, en los que los beneficios de la actividad física se presentaban asociados al cultivo de la belleza y de la buena salud. 

Reapertura democrática y fines del siglo XX

La prohibición sólo finalizó en 1979 cuando renacían los aires de apertura democrática en un Brasil con un fuerte protagonismo feminista. No es casual que por esa misma época se aprobara la Ley de Amnistía, que permitía el regreso al país de mujeres que lucharon contra la dictadura y se exiliaron. En consecuencia, durante los ochenta, el fútbol femenino cobra un vigoroso impulso. Lógicamente hubo, como ya dijimos, inclusión, pero no igualdad. El partido de las mujeres duraba 70 minutos –el de los varones 90–, los botines no podían tener tapones en punta y pararla de pecho era una falta. Perduraba un enfoque de cuidado ante cuerpos “débiles” y “frágiles”. A eso se sumaba una larga lista de (ridículas) prescripciones destinadas a mantener la “femineidad” de las jugadoras (dejando de lado el pelo corto, debiendo usar pelo recogido con cola de caballo, pantalones cortos ceñidos y maquillaje). Recién en los noventa las normas del fútbol femenino se equipararon a la de los varones. Aquella fue, sin duda, una década ganada: la primera Copa América de 1991, el primer campeonato nacional de 1994, el cuarto lugar en los Juegos Olímpicos de 1994 y la participación en los mundiales de China, Suecia y Estados Unidos.

En el caso argentino, desde el retorno democrático hay un silencio mediático general sobre el fútbol femenino. Aquel mutismo se puede atribuir, en gran parte, a la informalidad de la práctica previa a la inauguración en 1991 de la liga femenina oficial organizada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). En el período previo hubo una Selección que disputó un Mundial, el segundo de mujeres de la órbita de la FIFA. En aquel tiempo, en Buenos Aires, pocos clubes recibían mujeres: Piraña, en Pompeya, Excursionistas, en el Bajo Belgrano, y Universitario o All Boys, en Floresta. Al mismo tiempo, se realizaban exhibiciones de diferentes equipos en distintos lugares del país: algunos empresarios armaban partidos, llevaban a las jugadoras de gira, cobraban entradas y las hacían jugar (Pujol, 2019). 

Argentina llegó a ese primer Mundial (“no oficial”) de 1971 en México como un equipo huérfano: sin director técnico, médico, ni ningún otro tipo de personal administrativo durante la competencia, y con una camiseta que al primer lavado no sirvió más. Los organizadores mexicanos tuvieron que proveer botines para las jugadoras argentinas que solamente tenían zapatillas deportivas comunes. Además, la indumentaria que recibieron las futbolistas fue un obsequio de la Unión de Tranviarios Automotor (UTA), sindicato que antes les había prestado las canchas para entrenar. El 15 de agosto de 1971 salieron a la cancha por primera vez. A pesar de las malas condiciones, la Selección argentina le ganó 4-1 a Inglaterra y logró terminar en la cuarta posición, mientras que Dinamarca derrotó al país anfitrión delante de un público de 110 mil personas en el Estadio Azteca, en Ciudad de México. 

La lucha actual

Si bien la prohibición ya no rige, algunas de las disposiciones perduran. A las jugadoras se les había marcado la importancia de la imagen, el estilo personal y el desenvolvimiento en los medios. El proceso de embellecimiento y estetización de las futbolistas brasileñas (de la mano de los productos de belleza y bajo patrones blancos) jugó un papel determinante para habilitar su ingreso en el fútbol. Los tratamientos de alisado para eliminar el cabello afro, el maquillaje, la imagen “cuidada” homogeniza a las jugadoras bajo estereotipos de mujer “bella y femenina”. Jugadoras que ya no son vistas como “machonas” sino como sex symbols. Ese es el status que le han adjudicado las marcas. Irónicamente, muchas organizaciones deportivas (que fueron responsables de auspiciar campañas que promovían al fútbol como deporte de “machos” y fomentaban mitos sobre la inferioridad de las capacidades del cuerpo femenino en comparación con el masculino) ahora intentan “arreglar” o “controlar el daño” del “problema de la imagen” del fútbol femenino (Williams, 2007). Son estos entes los que contratan o desarrollan en conjunto con publicistas y marcas para “deshacer” la imagen problemática y “vender” la disciplina. En el último tiempo han dispuesto medidas (que giran en torno de un concepto mercantilista de la disciplina) para trabajar e intentar saldar las desigualdades de género. Desde la FIFA se promueve una política de desarrollo del fútbol femenino. Entre las prioridades declaradas para la disciplina desde 2015 hasta 2018, denominadas “FIFA’s 10, la cuarta habla de mejorar el marketing y la promoción construyendo una marca propia del fútbol femenino. Para decirlo de otra manera, las organizaciones más influyentes y poderosas del deporte, consideran que la mercantilización, junto a la identificación de un mercado todavía no explotado, es un aspecto clave para el desarrollo de la disciplina. Mejor dicho, la rentabilidad del deporte determina su éxito o su potencial de crecimiento.

Por otro lado, una nueva disposición de la Confederación de Fútbol Sudamericano (CONMEBOL) exige que todos los clubes deportivos que deseen participar a partir de 2019 en torneos internacionales deben, además, contar con un equipo de fútbol femenino. La mayoría de los clubes de América de la primera división se ven afectados por este reglamento, ya que pocos son los que actualmente compiten en la liga femenina. Con estos cambios y nuevos emprendimientos, acompañados de mayor cobertura mediática, se ve una expansión de la disciplina. Así, mientras se avanza en estrategias de marketing y publicidad para transformar al fútbol en un deporte legítimo para las mujeres –buscando no reproducir en sus practicantes prejuicios– al mismo tiempo se pone en circulación una imagen homogénea que corresponde a los estereotipos extendidos de cómo ser mujer en la actualidad.

Algunos comentarios finales

¿Será Francia 2019 un quiebre? Es evidente que es el torneo de las reivindicaciones. En Argentina, esta misma selección que disputa su tercer mundial estuvo dos años sin entrenar e inició un paro en septiembre de 2017 por la falta de condiciones apropiadas y el inadecuado acompañamiento de la AFA, denunciando el sexismo. Tras el tercer puesto en la Copa América 2018 en Chile y el histórico partido por el repechaje contra Panamá en noviembre con un récord de asistencia de 11.500 personas en el Estadio de Arsenal, la lucha de las jugadoras cobró visibilidad. El “caso Maca Sánchez” –la ex jugadora de UAI Urquiza que demandó al club para considerarse una trabajadora– llevó a otro plano la atención y cobertura mediática, y presionó para que la AFA tomara cartas en el asunto y anunciada la (eventual) profesionalización de la disciplina. En Brasil, todavía resuenan las palabras de Marta tras la eliminación de su selección: “No habrá una Formiga para siempre, una Marta, una Cristiane. El fútbol femenino depende de ustedes para sobrevivir”.

Ya sabemos que el fútbol femenino no es algo nuevo, sólo que, en los últimos años, se ha comenzado a reconocer y a aceptar la práctica de este deporte a gran escala por las mujeres. El boom –la explosión en visibilidad– es en realidad el flamante interés de ciertos sectores, la tensión entre los intereses del mercado y los pedidos de las protagonistas en relación a su condición de futbolistas y trabajadoras en búsqueda de espacios (de formación y entrenamiento) hacia el reconocimiento legítimo. Este Mundial, que está experimentando aumentos inéditos en los niveles de participación, atención mediática y comercialización, es la oportunidad –de la cual también se apropian las jugadoras– para seguir batallando contra las prohibiciones, y militando adentro y afuera de la cancha que el deporte no tenga género. No obstante, sabemos que esconder este clivaje nos llevaría a eclipsar las desigualdades. Porque tanto el mercado como los organismos que regulan el deporte capitalizan a partir de mantener un deporte binario y moldeado según géneros.

Fuente Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales

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