Opinión

Rabia, sin ella se vive mejor

Sin rabia se vive mejor

La tristeza es transformable; la rabia, en cambio, carcome, consume tus nervios y flora intestinal.

Por:Adolfo Zableh Durán 

El domingo pasado fui al parque con unas amigas que no veía desde el comienzo de la cuarentena, y mientras nos poníamos al día me entró el bajón.

Este año nos ha dado diez meses para deprimirnos y cuestionarnos, para sentir que la vida se nos escapa, y ha sido duro, pero es más duro cuando crees estar bien y de la nada descubres que no es cierto.

Me dio tristeza oírlas porque sentí que sus vidas se habían reactivado y que la mía se había quedado en estado de hibernación desde marzo.

Ellas no han dejado de verse, han hecho reuniones y se han ido de paseo.

Me invitaban al comienzo, pero como yo les decía que no, siguieron haciendo planes y me abrieron, lo que, supongo, es pasajero.

Además, todas tienen planes para fin de año, mientras yo me quedaré en casa cuidándome, convencido de que así estoy salvando el mundo.

Hablar con ellas me puso feliz al comienzo, pero luego me hizo sentir no solo triste, sino raro, diferente, quedado y que estoy irremediablemente solo, que no es lo mismo que estar solo a secas.

Para reconfortarme me puse a pensar en los míos y lo que consideré es que no tengo míos, todos son unos extraños para mí, así como yo lo soy para ellos.

De hecho, sentí que mis amigas ya no eran mis amigas y no entendí cómo había terminado en aquel parque con esas tres desconocidas.

Es lo que pasa cuando te apartas del mundo, las relaciones que tomaron años en construirse y que parecían sólidas se derrumban en semanas, al punto de que es difícil recordar qué era lo que te unía a esas personas.

Pasa también que no solo tenemos el miedo irracional de creer que la gente ya no nos quiere o se olvidó de nosotros, sino que somos únicos (pero no como bendición, sino como una condena) y que las cosas solo nos pasan a nosotros, que es una de las peores formas de soledad.

A veces nos rayamos tanto que creemos que únicamente a nosotros nos gusta el helado, peleamos con un familiar, tenemos problemas de dinero o lloramos por cualquier bobada.

Yo lloro con ‘Billy Elliot’ y con ‘Mi niñez’, de Serrat, nunca fallan. Con la película, cuando el protagonista se va a estudiar ‘ballet’ y se despide de su abuela con un abrazo sabiendo que quizá no la va a volver a ver, y luego en la última escena, en la que su padre va a Londres a verlo bailar.

Y con la canción, con toda la letra, que es divina y habla de su niñez perdida; quién sabe qué me estarán queriendo decir ambas cosas. Y hablo de soltarse a llorar de verdad, no de tres lágrimas bobas, que eso no sirve de a mucho.

El punto es que muchos nos sentimos aislados y diferentes, haciéndonos películas apocalípticas en la cabeza, como el soldado japonés que no se rindió sino hasta treinta años después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Era normal que nos diera duro diciembre, lo que no sospechábamos era el mazazo que iba a significar un fin de año en cuarentena. ¿Qué gracia tiene pasar diciembre encerrado si así parece un agosto cualquiera?

Eso nos tiene tan frustrados que nuestras cuestiones personales las hemos trasladado a asuntos públicos.

Sin rabia se vive mejor

Por eso peleamos por estupideces como si hay que agradecer o no al Gobierno por haber conseguido la vacuna contra el coronavirus, o si Julián Román puede o no comprarse una moto.

Yo cuando no estoy bien trato de no pelear, y entre ponerme rabioso y triste prefiero elegir lo segundo, así no siempre me salga.

No sé si sea la forma acertada de vivir, pero me ha funcionado.

Si te quieres y te cuidas, la tristeza es manejable, transformable; la rabia, en cambio, como que te carcome, consume tus nervios y tu flora intestinal.

Por otro lado, la ira y la tristeza son la misma cosa, la rabia no es nada más que dolor transformado, así que cuando hablamos entre nosotros como si nos odiáramos, la verdad es que solo estamos tristes.

Feliz año y un buen resto de pandemia.

Fuente El Tiempo

Por Adolfo Zableh Durán

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