Cultura

Reflexión: Cuarenta años buscando la libertad

Cuando ocurrió el golpe militar que derrocó a Isabel Perón el 24 de marzo de 1976, yo estaba en segundo grado de la escuela primaria. En mi mundo, nada había cambiado mucho con esa noticia, quizás porque desde la doble burbuja de la infancia por un lado y la de concurrir a un colegio de la colectividad judía por otro, no se percibía ninguna amenaza inmediata que uno viera reflejada en sus padres.

  Quizás la muerte de Juan Domingo Perón cuando yo todavía estaba en el jardín de infantes tuvo una impronta mayor en mis recuerdos porque la mayoría de los padres en esa ocasión decidió pasar a retirar temprano a sus hijos de la escuela. Lo cierto fue que la rutina, poco a poco, fue imponiéndose y uno siguió creciendo en un país acostumbrado a que los gobiernos podían ser alternativamente civiles o militares en una época o en otra.   Un par de años más tarde, llegó el mundial de futbol tan ansiado por la gente que cubrió con un bálsamo de patriotismo a todo el país bajo una espesa cortina de papelitos. Y por supuesto que los europeos nos iban a querer desprestigiar diciendo que abajo del Obelisco había “un campo de concentración”. ¿Acaso Holanda no era un país europeo? Mientras tanto, y al ritmo de “el que no salta es un holandés”, seguí creciendo y unos años más tarde también empecé a salir solo. ¡Sí, en esa época los chicos salían solos! Ya desde los diez años íbamos caminando solos a la escuela, al club e incluso nos tomábamos solos el colectivo. No había temor a la delincuencia ni a la droga o a la violencia en las calles. Eso sí: había que llevar siempre la cédula de identidad y no hablar con extraños. Tampoco había que hablar de política aunque uno no supiera bien de qué se trataba eso; lo mejor era no preguntar demasiado fuera de la casa.   A pesar de la desconexión que el mundo infantil suele tener con la realidad, recuerdo un par de situaciones que me hicieron entender un poco más cercanamente lo peligrosas que las cosas podían ponerse para cualquiera durante el régimen de la dictadura militar. Una vez mi padre me contó que cuando volvía de su trabajo lo hicieron subir a un patrullero para chequear su identidad a través del comando radioeléctrico y después lo dejaron ir. Yo sabía que la policía pedía documentos al azar en la calle pero eso de hacer esperar a mi papá sentado en el patrullero me hizo preocupar. La otra situación que recuerdo fue en Mar del Plata. La policía hizo un operativo sobre la Avenida Colón, cerrando la entrada y salida a todo el mundo en la calle más transitada de esa ciudad balnearia. No sé qué o quién buscaban pero a mi tierna edad entendí lo peligrosa e intimidante que podía ser la autoridad militar.   También recuerdo los simulacros de bombardeo que se hicieron en Buenos Aires en el marco de los conflictos del Canal de Beagle con Chile primero y durante la Guerra de las Malvinas contra Inglaterra después. Todo el mundo debía apagar sus luces a determinada hora y los autos debían circular con la mitad de los focos visibles. Cuando pasaba un auto con todas las luces prendidas le chiflaban y le cantaban “el que no salta es un inglés”.   Yo ya estaba en la escuela secundaria cuando esa incomprensible guerra tuvo lugar. Estudiar en una escuela pública y sobre todo en la secundaria volvía mucho más evidente el estado de anormalidad en la que vivía el país. Especialmente cuando uno concurría al Carlos Pellegrini que al igual que el Nacional Buenos Aires, había tenido estudiantes desaparecidos.   Mientras los medios de prensa y la mayoría de los compañeros “festejaban los éxitos argentinos en la guerra del Atlántico Sur”, mi madre me explicaba discretamente en casa que la realidad podía no parecerse mucho al cuento que nos estaban contando en la escuela. Poco después, todos se enteraron del resultado del conflicto y empezó la transición hacia la democracia.   La dictadura dejó un saldo de miles de personas desaparecidas, asesinadas y torturadas con los recursos del estado. Una sociedad acobardada, muchos exiliados y miles de nuevos jóvenes hurgando por su identidad en un país que necesitaba reconstruirse. Yo estaba entre esos nuevos jóvenes. Mi adolescencia transcurrió entre el retorno a la democracia en Argentina y la caída del muro de Berlín. Quizás por eso decidí estudiar antropología, para poder comprender mejor los grandes cambios sociales que me tocaron vivir.   La Facultad de Filosofía y Letras parecía ser un buen lugar para debatir ideas y para indagar e ir construyendo mi propia identidad. Era un lugar nuevo y viejo a la vez, un edificio nuevo para albergar a la multiplicidad de cátedras que se fueron desarrollando desde el regreso de la democracia porque antes de eso la facultad había estado cerrada. Pero también había una trayectoria, una “épica década de los setentas” que uno apenas alcanzaba a reconstruir con retazos de historia y testimonios sueltos. Lo que sí se había recobrado, según la opinión general, era “el pensamiento de Izquierda” que más o menos se seguía midiendo por entonces con el mismo y clásico “marxómetro”. Ser de izquierdas era todavía considerado en ese tiempo como un refinamiento intelectual que suponía tanto un compromiso moral con los sectores más vulnerables de la sociedad como la preocupación Yo me sentía cómodo en ese ambiente universitario en donde la izquierda contestataria era más o menos predominante. Al menos allí la gente no se creía todo lo que veía en televisión ni estaba tan masificada. Estudiar temas y autores que habían estado prohibidos durante la dictadura le agregaba un mayor interés y hasta un aura de misterio al contenido de ciertas materias.   Pronto me convertí en un experto en materialismo histórico en todas sus variantes ideológicas y modos de interpretar la realidad sociocultural. Una realidad que en Argentina, siempre fue muy difícil de interpretar desde cualquier marco teórico. ¿Cuál era mi lugar en esa realidad? Una forma de seguir indagando en mi propia identidad, más allá de los límites arbitrarios que se presentan en la sociedad circundante fue buscando en mi propio origen, el de mi familia y su procedencia.   Fue en ese contexto que me inscribí para participar en un concurso escribiendo un ensayo para un viaje a “Marcha por la Vida”. Era la primera vez que la comunidad judía argentina iba a mandar una delegación de jóvenes representando a sus instituciones a ese viaje mundial que cada dos años reunía contingentes de todo el mundo para visitar los campos de concentración de Polonia para realizar un homenaje a los seis millones de judíos asesinados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque yo no representaba a ninguna institución comunitaria, obtuve una de las becas y partí junto a la delegación argentina rumbo a Polonia e Israel, apenas unos días después del atentado ocurrido contra la embajada de Israel en Buenos Aires. La fecha no pudo ser más oportuna: la comunidad judía argentina y la sociedad en general en Buenos Aires nunca habían sido sacudidos por un ataque de guerra como fue la explosión que destruyó la Embajada de Israel. Lamentablemente no sería la única vez.   Los años que siguieron estuvieron muy marcados para mí por la experiencia de ese viaje que parecía hacer ecos por todos lados y hasta llegó a las pantallas de Hollywood con la Lista de Schindler. Yo había comenzado a escribir mi propia tesis sobre la Shoá haciendo incluso entrevistas a sobrevivientes de los campos de concentración cuando en 1994 otro atentado, esta vez en la sede de la AMIA me hizo cambiar de rumbo. Me fui a vivir a Estados Unidos donde estudié una maestría, también becado, en organización institucional judía en la Universidad de Brandeis. Seguía queriendo cambiar el mundo, seguía queriendo construir empezando por mi propia identidad aunque ya no estaba tan seguro de dónde lo haría. Tuve la posibilidad de vivir unos años afuera, no sólo en Estados Unidos sino también en México. Aunque pasé tres veces por Israel, mi peregrinar por el mundo me hizo volver a Argentina donde me casé y formé una familia. Mis hijas tienen en la actualidad más o menos la edad que yo tenía durante el proceso militar. Argentina hizo un largo viaje desde aquellos oscuros años hasta el presente. A veces cuando hablo con ellas sobre este tema, siento que estuve dando vueltas en círculos por el desierto durante cuarenta años pero todavía sigo buscando eso que llamamos libertad que es tan fácil de perder pero tan difícil de encontrar.   La democracia que comenzó a construirse desde la época de Raúl Alfonsín no ha traído todavía, después de tanto tiempo, todos los frutos que soñamos que estaban al alcance de las manos. La libertad trajo también abusos de poder y corrupción en todos los niveles sociales. Lamentablemente la emancipación de la sociedad no eliminó el terror en las calles sino que lo “privatizó”. La seguridad del individuo ya no fue un asunto público sino privado. Sólo en este contexto es que puede entenderse la proliferación de empresas de seguridad que fueron surgiendo en los últimos años.   Esta deuda de la democracia se suma a los problemas de salud y atención sanitaria que junto a la educación pública deberían constituir los soportes fundamentales en una sociedad madura e integrada. En su lugar, en Argentina tenemos un país dividido y endeudado, con jubilados que pasan hambre y niños desnutridos a pesar de haber nacido en un país en el que sigue habiendo más vacas que personas.   A la Argentina también le sobran recursos humanos calificados, gente preparada y muy capaz que por desidia gubernamental y falta de visión estratégica son expulsados del mercado laboral local para ser absorbidos por países más desarrollados. Esta nación supo también tener sus etapas de incipiente desarrollo industrial y tecnológico pero la falta de estabilidad política, seguridad jurídica y continuidad económica terminaron desdibujando los logros alcanzados.   Quizás desde el punto de vista de la colectividad judía, el reclamo de justicia que se repite todos los años por los atentados nunca esclarecidos y que ahora se suman a la muerte del fiscal Nisman, tengan también algo de reclamo por toda la negligencia y la corrupción política que desde distintos partidos permitió que la impunidad prevaleciera en una Argentina cada vez más postergada. Por mi parte, yo sigo soñando con la libertad. Cada vez que llega marzo, con su pesada carga de recuerdos, el comienzo de las clases, los rituales y la rutina, yo me hago un lugar, me separo un espacio para contarles a mis hijas, lo duro que fue todo hace cuarenta años y lo difícil que ha sido el recorrido en todos estos años de travesía por el desierto. Daniel Liberman * Antropólogo (Universidad de Buenos Aires, Universidad de Brandeis)   Fuente Aurora
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