Internacional

Trump perdió. Y ahura que ?

Perdió Donald Trump.

Estados Unidos tiene, hoy, nuevo presidente electo. ?

Cuáles serán las consecuencias para Estados Unidos? ¿Cuáles para Latinoamérica? ¿Cómo será la relación del nuevo presidente Joe Biden con Alberto Fernández? ¿Cuál será el impacto de la primera vicepresidente afroamericana, hija de inmigrantes?

La verdad, ni idea. 

Por María Esperanza Casullo

El politólogo o politóloga promedio (o sea, yo) tiene que luchar contra la tentación de sacar grandes conclusiones sistémicas en base a un suceso cuyo sentido histórico todavía no está decantado.

No sabemos qué hará Trump en los largos meses de pato rengo hasta el 20 de enero de 2021.

No sabemos cuál será la agenda de Biden a cargo de manejar una pandemia que está hoy totalmente descontrolada en ese país, una crisis económica, una coalición heterogénea donde conviven neoliberales y sectores de izquierda, y que tendrá el Senado (probablemente) y la Corte Suprema (seguramente) en contra. 

Sin embargo, creo que se pueden sacar tres conclusiones sin aventurarnos demasiado hacia el futuro. 

La primera es que estos cuatro años de Trump resultaron para él un éxito y un fracaso al mismo tiempo. Un éxito porque él, un neófito en la política, completó sus cuatro años de gobierno, sobrevivió a un impeachment, se adueñó del Partido Republicano viniendo desde afuera, y terminó muy cerca de ganar las elecciones.

No sólo eso, sino que hoy hay en Estados Unidos un movimiento que se define por su lealtad personal con Donald Trump, que está movilizado, y en el que participan millones de personas. Donald Trump no será más el presidente, pero el trumpismo no está acabado para nada. Resultó sin embargo un fracaso porque las elecciones de un sistema presidencialista están diseñadas para darle ventaja al presidente en ejercicio.

El presidente goza de recursos materiales, de obra pública para inaugurar, de publicidad infinita, de aviones gratis, del Congreso para pasar leyes.

Un presidente que pierde su propia reelección es, por definición, un fracaso. Mucho más si lo pierde por 2,6% de los votos, que es lo que por ahora le lleva de ventaja en el voto popular total Joe Biden.

De hecho, los candidatos republicanos al Congreso y las legislaturas provinciales sacaron más votos que Trump, lo cual también pone un límite a su popularidad.

La segunda es que no hay que hacerse ninguna ilusión con respecto al Partido Demócrata para alegrarse por la derrota de Trump. Sólo por el hecho de gobernar la principal potencia mundial, Donald Trump ofrecía un efecto imitación para los sectores de la derecha más radical de los países de nuestra región.

El ascenso de figuras como Jair Bolsonaro o Jeanine Áñez no puede comprenderse sin estos nuevos patrones de movilización política que, no vamos a decir inauguró, pero sí universalizó, Trump. Se habló mucho en estos últimos años del “giro a la derecha” y del atractivo de las nuevas derechas radicales populistas, que parecían haber llegado para comerse el mundo.

Es un dato positivo, creo, el que estemos empezando a ver los límites de estos modelos: es cierto, son eficaces (¡el populismo sigue funcionando!), movilizan, generan identidades, pero... pierden, y no son mayoritarias. Son un sector más. A competir en elecciones, señores.

Y creo que, para la Argentina, no será un mal dato tener que negociar con Biden, que por lo menos en sus primeros dos años va a tener un frente interno complicado. Mejor que la mirada se aleje de Latinoamérica. 

La tercera conclusión es un poco mas descolgada que las anteriores, pero debo confesar que mi principal pensamiento al ver los cuatro días de eterno escrutinio esperando los votos de Nevada fue: ¡no toquemos el sistema eleccionario de Argentina, que funciona tan bien! Una persona, un voto; distrito único para presidente; organización nacional de elecciones nacionales (¡en EEUU tienen 50 sistemas distintos para elegir presidente!); voto obligatorio; registración automática con padrones nacionales y DNI; participación de “civiles” como presidentes de mesa y fiscales; Cámara Nacional Electoral como garante de último término, diputados en distritos provinciales con sistema proporcional; votación un domingo.

Todo eso no sólo funciona espectacularmente bien, sino que ha funcionado así durante cien años.

Ninguna elección nacional en Argentina tuvo que atravesar las sombras de esta que vimos.

Parece poca cosa, pero no lo es. Una de las cosas que, me parece, funciona muy bien es el escrutinio de las boletas en las mesas, el vuelco de las cifras en un acta, y la firma del presidente de mesa y los fiscales.

Esto facilita mucho la rapidez del conteo (no se tienen que transportar las boletas a la capital provincial para contarlas), pero además compromete a cada uno de los partidos presentes en confirmar la validez de los datos.

Es más, a esta altura del partido estoy incluso encariñada con la boleta de papel partidaria.

La boleta única de papel tiene algunas ventajas, pero disminuye el anclaje partidario entre categorías (el votar “boleta completa”), y difumina las identidades partidarias.

Del voto electrónico ni voy a hablar: lisa y llanamente tiene que ser eliminado. 

Un último comentario. En este momento, cuando cierro el newsletter, Donald Trump se está negando a reconocer la derrota. No quiero hacer futurología, pero se me ocurre que la conferencia de prensa en donde Trump deslizó vagas acusaciones y se dedicó a lamentarse en cámara será un momento pivotal en la historia.

Un presidente de Estados Unidos le habló al mundo desde una oficina que está diseñada material y simbólicamente para proyectar fortaleza, proyectando una tremenda debilidad. Esto, y no otra cosa, es tal vez la peor derrota de Donald Trump.

Fuente CENITAL

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