Política

Mujeres, participación política y poder

Argentina tuvo importantes avances en la participación de las mujeres en la política: hace 70 años no tenían siquiera el derecho a votar; al poco tiempo de esta conquista, Isabel Perón se convirtió en la primera presidenta mujer en el mundo y hoy acaba de dejar sus funciones Cristina Fernández de Kirchner, después de dos mandatos consecutivos. María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires, Alicia Kirchner en Santa Cruz, Claudia Ledesma Abdala en Santiago del Estero, Lucía Corpacci en Catamarca y Rosana Bertone en Tierra del Fuego, arrancan la primera temporada en la que el país tendrá cinco mujeres al mando de gobiernos provinciales, que en conjunto significan casi el 40% del PBI. Mapa del poder de las mujeres La participación política de las mujeres se ha incrementado a nivel mundial, aunque aún se está muy lejos de alcanzar la paridad. En 2015 se asistió a un récord histórico de líderes en el mundo, con 27 mujeres en los cargos más importantes de sus países. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, el porcentaje de mujeres en los Parlamentos se duplicó entre 1995 y 2015; pese a ello, actualmente sólo un 22% de los miembros de los Parlamentos son mujeres. La situación no es igual entre regiones: según datos de Women in National Parliaments, mientras que en los países nórdicos (de avanzada en casi todo lo vinculado con igualdad de género) un 41,1% de los puestos parlamentarios son ocupados por mujeres; en América la cifra se reduce a un 27,4%, y en Asia cae hasta el 19 por ciento. Algo similar sucede en los ministerios. A nivel mundial, sólo un 17% de los cargos jerárquicos (“ministeriales”) son ocupados por mujeres; y, en general, en sectores típicamente feminizados tales como salud o educación. En el ranking de “empoderamiento político” elaborado en 2015 por el World Economic Forum, Argentina se encuentra en el puesto 22 entre 145 países. En el mismo ranking ocupa el puesto 24 en proporción de mujeres en el Parlamento, aunque desciende al 51 en mujeres con cargos ministeriales. Esta performance, que deja al país por encima de otros como Inglaterra, España o Estados Unidos, fue posible en parte gracias a que en 1991 Argentina sancionó la ley 24.012, de Cupo Femenino (vanguardia en América latina), que establece que “las listas que se presenten a elecciones deberán tener mujeres en un mínimo del 30% de los candidatos a los cargos a elegir y en proporciones con posibilidades de resultar electas”. El resultado esta  ley es contundente: en la Cámara de Diputados la participación de las mujeres pasó de 5% a 14% tras las elecciones legislativas de 1993, llegando a 30% hacia 2001. Después de las últimas elecciones de 2015, el 34% de la representación corresponde a mujeres. En el Senado, el cambio también fue abismal: antes de la ley, la representación femenina llenaba menos del 5% de las bancas y pasó al 37% en la primer elección directa. Hoy, el 40% de las bancas está ocupado por mujeres. Pese a que esta ley fue criticada, la implementación del sistema significó un aumento real de mujeres en el Congreso, que de otro modo dudosamente se hubiera alcanzado. Según un trabajo de Mariana Caminotti, politóloga de la Universidad Nacional de San Martín, esta experiencia nos muestra matices: si bien las mujeres han avanzado en su participación, “tras dos décadas de acciones positivas, la mayoría de las listas de candidatos nacionales sigue siendo encabezada por hombres y no se alcanzó la paridad de géneros en la representación legislativa. Además, la aplicación de acciones positivas parecería haber encarrillado a las mujeres en un andarivel legislativo, mientras el acceso a otros puestos políticamente valiosos para el desarrollo de carreras políticas (como las gobernaciones e intendencias) continúa siendo excepcional y restringido”. El arribo de Vidal a la gobernación del estado provincial más grande y complejo del país, la presencia de una mujer al frente del Senado o las múltiples gobernadoras no debe ocultar que en la primera ventanilla del vecino, el municipio, aún las mujeres no abundan. En el Área Metropolitana de Buenos Aires no hay ninguna; y en toda la provincia una mano sobra para contarlas, son sólo cuatro las intendentas de la provincia sobre un total de 135 distritos. En este nivel administrativo, en todo el país, Verónica Magario (La Matanza) y Mónica Fein (Rosario) se cuentan entre quienes gobiernan los distritos más populosos. En los cargos ministeriales, por su parte, las mujeres están sumamente subrepresentadas. Al  finalizar el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner había sólo cuatro ministras mujeres (Teresa Parodi en Cultura, Cecilia Rodríguez en Seguridad, Alicia Kirchner en Desarrollo Social y Débora Giorgi en Industria) de un total de 20 cargos en el gabinete. Mauricio Macri, por su parte, designó sólo tres ministras (Susana Malcorra en Relaciones Exteriores, Patricia Bullrich en Seguridad y Carolina Stanley en Desarrollo Social), cuatro mujeres en total en su gabinete contando a la vicepresidenta Gabriela Michetti. ¿Por qué hay tan pocas mujeres en la política? Detrás de estos números está la gran pregunta: ¿por qué en una sociedad en la cual la mujer ha conquistado tantos derechos todavía no está en paridad de representación? Educación, roles y estereotipos de género, legislación laboral (o falta de ella) y micromachismos aparecen en casi todas las explicaciones de este fenómeno. A continuación consideramos algunos de ellos. Detrás de cada gran hombre hay un montón de grandes mujeres a las que no les dieron el cargo La falta de figuras femeninas en cargos jerárquicos se suele relativizar de diversas maneras, entre ellas está el argumento según el cual para ocupar estos espacios no es relevante el género, sino que sean “los mejores” los que accedan a éstos. Un reciente estudio de PNUD Argentina muestra que las mujeres que acceden a cargos jerárquicos en general (jefas y directoras) no sólo presentan mayores niveles educativos que mujeres en otras ocupaciones, sino también respecto de sus contrapartes varones. “Esta brecha sugiere que los requerimientos educativos para que las mujeres ocupen puestos de decisión son aún mayores que para los varones. En los mismos puestos (altos cargos), parece demandarse mayores capacidades a las mujeres”, señala el informe. Sin embargo, los puestos jerárquicos son ocupados en su mayoría por varones, aún cuando en los mismos equipos hay mujeres con igual o más formación y experiencia. Cuando se habla del acceso de las mujeres a cargos altos, se suele utilizar la analogía de romper un “techo de cristal”, pero lo cierto es que la mayoría de las veces las mujeres que buscan liderazgo deben, además de romper techos, derribar paredes “de cristal”. En Argentina, tanto la política como los cargos de poder en general son percibidos como actividades de varones; así como también las extensas sesiones deliberativas, la ausencia de guarderías en lugares de trabajo y de licencias paternales para compartir las tareas del cuidado (entre otras) afectan de forma asimétrica a las mujeres. El año pasado se hizo viral una foto de la diputada Victoria Donda con su pequeña hija en plena sesión, ilustrando a la perfección la necesidad de adecuar estructuras del Estado a la mayor participación de las mujeres en la vida política. La mujer como gobernadora… del hogar Lorena Moscovich, politóloga de la Universidad de San Andrés, sugiere que “parte del hecho de que haya pocas mujeres responde a la marginación de éstas al ámbito privado y a su rol en el gobierno del hogar. La salida de las mujeres al mercado de trabajo se vio durante mucho tiempo como una necesidad en situaciones de pobreza, no como una opción o deseo y aún menos como autorrealización personal. En el largo plazo, cuando hay desigualdades persistentes, terminan siendo eficientes económicamente: ¿cuánto costaría cubrir con trabajo remunerado la labor de las muchas mujeres que se ocupan de sus hogares, trabajen o no?”. En Argentina, las estadísticas muestran que las mujeres dedican casi el doble de tiempo que los varones al trabajo doméstico no remunerado. Margarita Stolbitzer, quien fue la única candidata mujer en disputar la presidencia en las últimas elecciones, señala que “es imposible que la mujer discuta sobre sus propias condiciones y oportunidades de igualdad en un contexto de extrema desigualdad. La mujer que irrumpe en el mercado de trabajo lo hace en una situación de extremísima precariedad, de la que aún con el paso de los años no ha logrado salir absolutamente”. De este modo, si bien hay derechos conquistados que alientan la participación política de la mujer, aún hay estructuras sociales –sobre todo en la asimétrica división del trabajo al interior del espacio doméstico (cuidado de los niños, limpieza, cocina, etc.)– que impiden que la mujer pueda acceder en igualdad de condiciones a los espacios de poder. La cultura, la educación y los valores también hacen lo suyo. Se espera de las mujeres un rol maternal o ser el sostén de la familia, cuestiones que no siempre son compatibles con la figura de una mujer ejerciendo el poder en la órbita de lo público, pero que, sin embargo, en el varón parecen no generar ningún tipo de desajuste en el llamado working-life balance. La reproducción de los estereotipos en el discurso En política, los comentarios misóginos se hallan presentes tanto en el discurso electoral como en la cobertura mediática de las campañas y gestiones de gobierno. Si bien lo han sufrido localmente varias candidatas, el reciente caso de María Eugenia Vidal es para destacar. “Heidi” –en alusión a la tierna e ingenua niña de la caricatura infantil–, “la provincia de Buenos Aires no es para minitas”, discusiones sobre si hizo dieta o si cambió de look, preguntas respecto de si siente “culpa” como madre por trabajar tanto (¿alguna vez hemos escuchado que se le realice una pregunta semejante a un gobernador de la provincia de Buenos Aires?), son sólo algunas de las cosas que se dijeron de ella, ninguna señalando valores ideológicos o programas políticos, simplemente construyendo un discurso y alimentando un prejuicio a partir de la discriminación. Titulares y notas como los señalados aparecen todas las semanas y se leen con total naturalidad. Cuán extraño resultaría abrir el diario a la mañana y encontrarse con una tapa sugestiva titulada “¡Histórico! Primera vez que un varón gobernará la provincia de Buenos Aires: las amazonas del conurbano le dicen a Pedro –el gordito simpaticón– que el narcotráfico no es para panzones calvos que gustan de pasearse en ojotas. Tendrá que ejercitar y usar todo su sex appeal para esta tarea”. Algo similar ocurrió con la ex presidenta, a quien recientemente se la ha criticado por no representar bien los valores o características que algunos sectores sociales atribuyen a lo femenino y ha sido, una vez más, protagonista de una tapa misógina en la revista Noticias: esta vez siendo quemada en una hoguera, simbología fuertemente asociada al feminismo. Hillary Clinton, que por su parte aspira a ser la primera mujer presidenta de Estados Unidos, suele citar a Eleanor Roosevelt cuando habla de su experiencia con respecto al machismo: “Si las mujeres quieren estar en la política, necesitan una piel tan gruesa como un rinoceronte”. Los micromachismos Los llamados micromachismos son formas de comportamiento que ponen a la mujer en situación de inferioridad. Para Mariana Chudnovsky, doctora en Ciencia Política de UdeSA, “existe una realidad cotidiana para todas las mujeres que, día a día, avanzan en la carrera e intentan derrumbar, matizar o soportar alguno (o todos) de los múltiples factores discriminatorios. Escuchamos ejemplos cotidianos de una estrategia, seguramente inconsciente, de masculinización o banalización del vínculo laboral. Hay un reconocimiento de los rasgos típicamente masculinos de la mujer fuerte que alcanza posiciones de poder y/o su contracara, que presenta situaciones de alusión a la ropa, el peso o de si “está buena o no” sobre las mujeres que alcanzan posiciones de mando”. Y agrega: “El desplazamiento del foco hacia lo estético en las mujeres profesionales encubre una estrategia de descalificación disfrazada de halago. Allí radica su complejidad y su capacidad de éxito. Desplaza el foco, las habilidades, competencias duras y blandas para la realización de la tarea, hacia estereotipos implícitamente descalificadores que son peligrosos y reproducen la desigualdad de género”. En este sentido, aún hoy se escucha frecuentemente que una mujer no debería ocupar cargos de poder, ya que a menudo peca de ser excesivamente emocional –a veces directamente reemplazado por el término “hormonal”– y eso nubla su buen juicio (aunque la testosterona jamás fue encontrada culpable de ninguno de los errores de los mandatarios varones). En esta misma línea, el estereotipo de relacionar lo emocional con lo femenino (en contraposición con lo racional y masculino) se agrava cuando se establece que los primeros no son atributos deseables en un político (o un CEO, o un jefe). En general, se entiende a la violencia de género en términos más físicos que psicológicos; sin embargo, en este tipo de ambientes se encuentran muchos casos de lo segundo, que tienen un peso importante en la explicación de por qué las mujeres quedan fuera de ciertos espacios. Grandes poderes, grandes responsabilidades El acceso de las mujeres a los espacios de gobierno tiene muchos aspectos positivos para la sociedad. El Banco Mundial, por ejemplo, viene trabajando hace años en la promoción de la igualdad de género como una condición para el desarrollo, reportando en sus informes un vínculo estrecho entre empoderamiento de la mujer y reducción de la pobreza y progreso económico. También hay una integración cultural que va más allá de estos factores “medibles”. Para Elisa Carrió, “la emergencia del discurso de las mujeres en el espacio público es una de las características más importantes del nuevo siglo. Dotado de una palabra con sentido, producto de lo no expresado, lo ocluido, lo invisibilizado por siglos, renueva las voces en una sociedad de palabras sin sentido y de ruptura del entretejido social”. La experiencia en Argentina muestra que, a partir del avance de las mujeres en la política y en los gobiernos, aumentó la inclusión en la agenda pública de temáticas vinculadas con ellas, hubo protección y ampliación de derechos expresados en proyectos de género en los ámbitos públicos y privados. Ser mujer no implica ser feminista; sin embargo, el hecho de que las mujeres se encuentren cada vez más presentes en los espacios de poder es un avance en el camino hacia la igualdad entre mujeres y varones. Pero la desigualdad no se soluciona simplemente con más cantidad o más protagonismo de las mujeres, es necesaria una propuesta más ambiciosa que implique una transformación social. Las políticas públicas necesitan de gobernadores y gobernadoras, presidentes y presidentas, “feministros” que entiendan la importancia y urgencia de la perspectiva de género para alcanzar una sociedad más igualitaria. Fuente: BAE  
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