Mundo empresarial

Los claroscuros de la economía colaborativa

Se la entiende como el intercambio de activos en desuso o infrautilizados entre particulares a través de plataformas tecnológicas.

La economía colaborativa tiene entre sus ejemplos más conocidos, y a la vez más controversiales, el alquiler de viviendas privadas con la empresa estadounidense Airbnb, el de viajes compartidos en autos de particulares con la francesa BlaBlaCar, o el del servicio de taxis, también en autos de particulares, con la estadounidense Uber.
Varias son las virtudes y otros tantos los defectos, o en tal caso los matices que se reconocen en esta forma de dinámica económica. El funcionamiento de la economía colaborativa supone una transformación: cambian los usos, los modelos de negocio, los costos, las plataformas a través de las cuales se establecen las relaciones, esencialmente portales digitales y redes sociales donde los proveedores y clientes, aparentemente sin otro intermediario que la tecnología, toman protagonismo. La economía colaborativa se presenta como una alternativa ante un sistema capitalista longevo, con problemas para satisfacer las demandas de los consumidores y arrinconado en un entorno de crisis, pero, al mismo tiempo, con la paradoja de que algunas de las empresas creadas para favorecer al consumidor se han convertido en gigantes económicos con características del gran capitalismo, como Airbnb, valorado en 10.000 millones de dólares en la bolsa. La pregunta básica que surge es si se trata en realidad de una alternativa, incluso de una utopía frente al sistema convencional, o si es una nueva forma de negocio. El sistema de economía colaborativa basa su relación y estructura en un contrato social distinto sobre los medios de producción, y se considera que en la desconcentración de los recursos y en la distribución de los beneficios radica su posibilidad de considerarse una verdadera alternativa a la economía competitiva, cuya estructura productiva se concentra en un cuerpo de decisores concreto y restringido. El desarrollo de empresas identificadas con la economía colaborativa no sólo representa un reto para los negocios tradicionales a los que les resultan una competencia directa, sino también para las autoridades en materia fiscal y en general para los Estados, ya que debido al uso de plataformas tecnológicas para ofertar y cobrar servicios, con frecuencia se evade el pago de tasas o impuestos por esas actividades; o simplemente porque ese tipo de actividades, dada su naturaleza emergente, no está contemplado en los cuerpos legales. Los sistemas, en ese sentido, van adaptándose a la irrupción de la economía colaborativa. Muchos siguen llamando economía colaborativa a la gestión de empresas como Airbnb, que hoy tiene dos millones de alojamientos en 34.000 localidades de 191 países, cotiza en la bolsa y es acusada de desviar sus capitales a paraísos fiscales. En contraparte, y como una primera medida concreta, ciudades como Londres, París, Amsterdam y Lisboa han acordado con Airbnb el cobro de una tasa por cada huésped alojado. En París, por ejemplo, esa tasa varía entre 75 centavos y 4 euros por persona y por noche. Por lo demás, muchos desafíos de la economía colaborativa siguen buscando respuestas.
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