Opinión

Las apuestas están en atender lo fundamental

Las verdaderas apuestas

Las apuestas están en atender lo fundamental; algo hasta ahora desconocido, o por lo menos olvidado.

Por: Gabriel Cifuentes Ghidini

La brújula pública está descompuesta. Parece que los líderes de nuestro país se han dejado absorber en un laberinto de fútiles discusiones que poco contribuyen al mejoramiento de la cotidianidad de los colombianos. En medio del fundamentalismo de ciertos discursos se ha perdido el rumbo y la claridad sobre cuáles deberían ser las apuestas decisivas del país.

Al ciudadano de a pie, a uno de esos seis millones de nuevos desempleados, lo que menos le interesa es quién gane el pulso entre la derecha y la izquierda.

Contrariamente a la dirigencia política, el colombiano no se alimenta de los insultos ni de los titulares amarillistas.

En el imaginario colectivo, el Estado es un caos, es violento, y los políticos son agentes de sus desgracias.

Cada problema parece desvanecerse con el siguiente, y quien los define es esa opinión pública, que lejos de ser representativa, parece más bien ser la voz de una élite desconectada de la cruda realidad que padecen millones de ciudadanos.

Las abultadas propuestas que se someten a escrutinio cada cuatro años y que se olvidan al día siguiente de las elecciones, tal y como hacen los políticos con sus electores, terminan en su mayoría en promesas incumplidas.

O en el mejor de los casos llegan a ser insulsos proyectos cosméticos sin efectos reales en las causas de los problemas de la sociedad. El Estado, entonces, carece de la capacidad de entender y tramitar las acciones que requiere un país que acaricia la esperanza de un futuro cimentado en el bienestar general.

Para lograrlo es necesario volver a lo fundamental. Reconocer que se ha fallado en la garantía de lo básico. En ese punto de partida, tres deberían ser los derroteros de cualquier proyecto político: la vida, la confianza y el progreso.

La vida es un presupuesto irrenunciable de cualquier Estado. Fallar en su salvaguarda equivale al fracaso moral e institucional del mismo. Protegerla parte por garantizar la integridad personal y colectiva de los ciudadanos, evitando así todo tipo de violencia.

Se debe tachar entonces cualquier dosis de tolerancia o indiferencia ante hechos como, por ejemplo, el abuso de la Fuerza Pública, las masacres y los asesinatos selectivos de líderes sociales, excombatientes y defensores de derechos humanos.

Proteger la vida también significa dotarla del sentido de dignidad. Los colombianos merecen recibir del Estado educación, salud, vivienda, conectividad. No se trata solo de vivir, sino de vivir bien.

El cierre de las brechas sociales no es una prerrogativa, es un imperativo legal y moral. Así como es un imperativo la protección de la vida en su conjunto, es decir, del medioambiente y de la naturaleza. Al hacerlo se garantiza también la vida futura de las próximas generaciones.

El segundo elemento es la confianza. Esta se ha perdido tanto en lo público como en lo privado.

Los escándalos de corrupción, una justicia inoperante e inaccesible, la aparente avidez del empresariado, la agobiante tramitología, la carencia de solidaridad y las resquebrajadas relaciones vecinales son algunas de las razones por las cuales hoy en día en Colombia la confianza parece estar ausente. Sin ella no existe esa necesaria legitimidad del Estado y de todos los factores de poder que lo componen.

Hay un abismo entre la institucionalidad en su conjunto y una ciudadanía cada vez más escéptica. La total desconexión solo puede llevar a la desintegración de los vínculos necesarios para convertir al Estado en un agente válido para tramitar las necesidades del pueblo.

Para remontar tantos obstáculos y abrir horizontes se requiere incrementar el poder social en todas sus dimensiones, y esa energía será siempre débil sin confianza.

Finalmente, el último elemento es el progreso. Concepto que se opone al contexto actual, uno marcado por el desempleo, la falta de alternativas y la ausencia de una verdadera estructura público-privada que garantice las condiciones de estudio y desarrollo profesional acordes a las preferencias de cada colombiano.

Esta profunda crisis, que al tiempo se confunde con una magullada economía, afecta de manera particular a los jóvenes. Hoy en día, uno de cada tres se encuentra sin trabajo ni esperanza.

Un país sin educación, empleo y caminos para construir proyectos de vida será esclavo de las circunstancias más aciagas, así como sus habitantes serán esclavos de la falta de oportunidades.

Las verdaderas apuestas del país están entonces en atender lo fundamental; algo hasta ahora desconocido, o por lo menos olvidado. Desafiar la inmediatez del debate político y entender que más que nunca se requieren propuestas que en cada campo encarnen la razón pública y, por ende, sean estructurales y de largo plazo.

Si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que se vale un borrón y cuenta nueva; y en el caso de Colombia, se vale también pensar en grande. Se tiene el potencial, se tiene la necesidad. Hace falta solo construir los acuerdos sociales y políticos necesarios.

Es la hora de tender puentes y por la vía del consenso en lo fundamental, disponer de mayor poder social para resolver los problemas de fondo, resignificando así la verdadera noción de la res publica.

Yapa: lamentable y agobiante el primer debate presidencial en EE. UU. Preocupante, entre muchas otras de las posturas de Trump, su incapacidad de rechazar el apoyo de grupos supremacistas, así como tampoco asumir un compromiso serio para frenar el cambio climático.

Fuente El Tiempo

Por Gabriel Cifuentes Ghidini

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