Nacional

Dimensión económica de la cultura

La cultura tiene una dimensión económica. 

Produce contenidos que se comercializan, genera ingresos, trabajo y divisas. 

La cultura fabrica sonidos, letras e imágenes, que forman en un todo diverso y en permanente movimiento.

Esta particular fábrica de símbolos tiene además un lugar nada despreciable en el producto nacional.

Según las últimas cifras publicadas por INDEC - SInCA, el PBI cultural alcanza el 2,5% de la economía nacional.

Esta dimensión económica es similar, por ejemplo, a la provisión de energía.

Es decir que, como actividad económica, tiene una relevancia que justifica detenerse a analizar el panorama actual.

La dimensión economica de la cutura en tiempos de crisis

En un contexto de crisis económica, la cultura a primera vista, no muestra una situación especialmente grave: se mantiene desde hace años en el 2,5%, cae exactamente al mismo ritmo que el conjunto nacional.

No obstante, el porcentaje total oculta diversidades fundamentales que pueden descubrirse si observa el derrotero de los diferentes sectores culturales.

En efecto, los datos desagregados permiten constatar que las industrias culturales tradicionales –el sector audiovisual, el editorial y el musical– muestran un comportamiento elástico al ingreso de los hogares.

Esto, en términos económicos, quiere decir que la demanda de bienes y servicios culturales se incrementa a medida que aumenta el ingreso del consumidor, y disminuye cuando el ingreso baja.

Estos sectores desde 2016, y con mayor intensidad desde 2018, sintieron fuerte la crisis económica.

Y entonces los creadores y productores culturales locales sufrieron el embate de la elasticidad. 

Para entender la dimensión económica

Cerraron librerías, editoriales, diarios, revistas. 

Cayó la venta de entradas al cine, bajaron las ventas a conciertos y obras de teatro.

Cerraron radios, canales de televisión, teatros y centros culturales. Otra foto, dolorosa y grave, del efecto de las políticas económicas neoliberales.

En esta coyuntura, en 2017, el SInCA hizo una nueva encuesta nacional de consumos culturales, similar y comparable a la realizada en 2013. Y los resultados son espeluznantes.

El consumo cultural disminuyó drásticamente, en proporciones muy grandes, tanto que es imposible adjudicarlos sólo a la crisis económica.

La lectura de libros bajó 12%, la asistencia de recitales de música en vivo 16%, la escucha de radio también 16%, la asistencia al cine decreció 15%, hasta el uso de la PC bajó 8 puntos.

En este panorama cuesta abajo, un indicador sube, y de manera exponencial: el uso del celular para conectarse a internet pasó del 9% al 70% de la población.

El smartpohne pasó a usarse de forma masiva, y en el caso de los jóvenes de manera universal, la ventana de acceso a los contenidos culturales.

Y, en forma coherente con esta información, aparece dentro de la dimensión económica del PBI cultural un sub-sector que no sólo se mantuvo firme, sino que creció: se trata de la cultura digital.

Los contenidos digitales, la nueva forma

La generación de contenidos digitales, la provisión de Internet a través de fibra óptica y el acceso a la cultura través de pantallas de celular, no paró de crecer.

Desde el punto de vista económico, entonces, la revolución digital desarmó las cadenas de valor y dislocó la forma de generación y apropiación del ingreso.

La venta de bienes y servicios, por unidad, implicaba una distribución de esa facturación entre autores (a través de la propiedad intelectual), productores, músicos, diseñadores, editores, comercializadores.

Hoy se venden cada vez menos “unidades” (de libros, de discos, de entradas), pero se consumen cada vez más contenidos.

La canasta básica de acceso a contenidos culturales se transformó.

Ahora, para ver, escuchar o leer contenidos culturales hay que tener acceso a Internet y un usuario de Facebook, YouTube, Spotify, Netflix, etcétera.

La nueva canasta de acceso a la cultura dejó de ser elástica. Ahora se paga todos lo meses, bajo la forma de un abono fijo.

Estos pagos regulares y permanentes suceden en paralelo con la caída de las ventas de las industrias culturales tradicionales.

Y refleja, por tanto, la transformación de los hábitos para acceder a contenidos culturales; se leen cada vez menos libros y más textos en pantalla, se escucha cada vez menos radio y más podcast, se lee menos diarios en papel y más en la tablet, se asiste menos a recitales o al cine y se mira más Netflix o se escucha Spotify.

Esta realidad, que pone en riesgo potencial a la creación cultural nacional y la industria cultural argentina, requiere de manera urgente de la atención del Estado.

Es prioritario trabajar en un análisis y rediseño de las políticas culturales que tienen que repensarse en las convergencias: de los tributos, del fomento y de la presencia de contenidos nacionales.

Hoy, más allá del lenguaje artístico o el formato de acceso, hay que garantizar el tratamiento igualitario en materia de impuestos, promoción y espacio, para todas las expresiones artísticas y culturales que conforman el acervo identitario nacional.

Este desafío de adecuarse a la convergencia, en un marco de recuperación económica, resultaría beneficioso en términos de dimensión económica, en tanto implicaría el fortalecimiento del sector cultural, con el consiguiente aumento del empleo, el valor agregado y las divisas.

Y al mismo tiempo supondría el fortalecimiento de la cultura nacional y su diversidad.

En este nuevo ciclo político que se inicia, se abre la posibilidad de encender la cultura y generar este círculo virtuoso.

Un desafío complejo, pero sin dudas atractivo y esperanzador.

Por Natalia Calcago

Fuente Clarín

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