Internacional

Hikikomori hasta la muerte

“Hikikomori (ひきこもり o 引き篭り lit. apartarse, estar recluido; es decir, «aislamiento social agudo») es un término japonés para referirse al fenómeno social que consiste en personas apartadas que han escogido abandonar la vida social; a menudo buscando grados extremos de aislamiento y confinamiento, debido a varios factores personales y sociales en sus vidas”

Atrincherado con sus videojuegos, un televisor y provisiones que iba renovando una vez al mes, Hisaki vivió gran parte de su juventud encerrado en los 10 metros cuadrados de su habitación. "Solo respirar el aire de la calle se me hacía insoportable", asegura inmerso en la terapia con la que busca superar su condición de hikikomori (auto recluido).

El término, utilizado por primera vez por el psicólogo Saito Tamaki en 1998, describe a los jóvenes japoneses que deciden aislarse completamente de la sociedad. Pueden pasar años sin hablar con otras personas, rehúyen incluso a sus padres y en ocasiones han sido encontrado muertos por inanición, incapaces de llamar por teléfono o mantener el más mínimo contacto con el exterior.

"Todas las personas me parecen más fuertes que yo, capaces de hacerme daño psicológicamente'

Hisaki, un Hikikomori dixit

Hisaki se enclaustró en su cuarto a los 18 años, tras sufrir acoso escolar en su escuela de Tokio.

Durante más de una década durmió hasta 18 horas al día, dejó de relacionarse con otras personas y solo abandonó su encierro para buscar comida. "Todavía sigo teniendo miedo de la gente", dice. "Todas las personas me parecen más fuertes que yo, capaces de hacerme daño psicológicamente".

El gobierno japonés cree que hay 700.000 personas como Hisaki en el país y otro millón y medio en situación de riesgo. Las autoridades temen una crisis sanitaria ahora que la primera generación de hikikomori, que empezaron a recluirse a finales de los años 90, llega a la madurez. Sus padres se han hecho mayores o van muriendo. Sin estudios ni formación, ellos no pueden valerse por sí mismos. 

Su fobia social les impide ocupar puestos de trabajo, mantener relaciones sentimentales o hacer amigos.

Una generación perdida

Al estigma asociado a los ermitaños japoneses se une la falta de suficientes especialistas para tratarles y la confusión de las familias afectadas, que suelen atribuir la conducta de sus hijos a la pereza o la rebeldía.

El hijo de Masuro se quitó la vida hace 10 años después de que la familia decidiera forzarle a abandonar su encierro de cuatro años, enviándole a un internado. "Pensé que hacíamos lo mejor para él, pero estaba equivocado", dice este funcionario jubilado, que ahora dedica su tiempo a ayudar a otras familias en la misma situación. "La gente no entiende que son enfermos".

Los hikikomori que se han hecho mayores sin abandonar su encierro han pasado hasta dos décadas enclaustrados. La edad media de los afectados, la mayoría varones, ha aumentado de los 21 a los 32 años, según datos del gobierno.

Los motivos que les llevaron a aislarse van desde una ruptura sentimental al suspenso en el examen de acceso a un instituto o universidad. "Se trata de una generación perdida", asegura Saito, el psicólogo que describió el trastorno por primera vez y que ha tratado cerca de 2.000 casos.

El psicólogo japonés cree que uno de los orígenes de la enfermedadestá en la falta de comunicación y las exigencias de la rígida sociedad japonesa, donde el prestigio dentro de la comunidad tiene una gran importancia.

Las demandas para cumplir las expectativas comienzan desde la niñez, cuando los alumnos compiten por acceder a las mejores guarderías.

Es el comienzo de una dura vida académica que no todos pueden soportar y en la que no hay tiempo para atender a los que se quedan atrás. Estigmatizados, muchos deciden aislarse.

"Los adolescentes no pueden explicar qué les pasa y los padres tienen miedo de soliviantarlos, por lo que les dejan estar", explican en la Asociación de Padres de Hikikomori. "En los casos más graves la situación termina en violencia o suicidio".

Los hikikomori son tan comunes que han pasado a ser parte de la cultura japonesa, protagonizando libros, películas y cómics. Bienvenido a N.H.K, una novela convertida en serie de televisión y cómics manga, cuenta la historia de una joven que trata de rescatar a un auto recluido que atribuye su situación a una conspiración.

La asistencia que el protagonista recibe se da cada vez más en la vida real. La pasividad con la que se solía afrontar el problema ha dado paso a la acción por parte de ex hikikomori, familiares de los afectados, asociaciones de ayuda y centros de atención gubernamentales. 

Cientos de enfermos están siendo recuperados, formados en oficios y reincorporados a la sociedad. Otros, sin embargo, persisten en su encierro.

Akira dejó de acudir al colegio cuando tenía 13 años tras haber sido ridiculizado por sus compañeros, iniciando un encierro de seis años. Sus padres trataron de forzarle a salir a la calle dejándole solo y sin dinero, en la creencia de que terminaría buscando una manera de ganarse la vida. Nada funcionó. La familia decidió entonces comprarle un apartamento y enviarle una cantidad de dinero mensual para que pudiera sobrevivir, renunciando a mantener el contacto después de varios episodios violentos.

La situación de Akira y de miles como él será insostenible en el momento en que sus padres ya no estén. "¿Quién se encargará de los miles de hikikomori cuando ya no tengan a nadie?", se pregunta Masuro, el padre cuyo hijo se quitó la vida tras un largo enclaustramiento. "La sociedad también tiene parte de culpa y, por lo tanto, la responsabilidad de seguir ayudándoles".

Las Hermanas de alquiler para Hikikomori

Las “hermanas de alquiler” son básicamente un grupo de mujeres sin mayor cualificación médica formal que una breve orientación psicológica acerca del trastorno hikikomori, que son contratadas por las familias de los afectados para que ellas comiencen a interactuar con ellos y eventualmente consigan entablar con ellos un lazo que les permita ayudarlos a salir de su autoaislamiento y reintegrarse a la sociedad.

Las “hermanas de alquiler” fue una iniciativa creada por la ONG “New Star” con sede en Tokio, y a la luz de los primeros resultados que han ido cosechando tal parece que la idea funciona, puesto que buena parte de los hikikomori que reciben las visitas de una “hermana de alquiler” eventualmente consiguen emprender el camino a la recuperación.

Pero ¿cómo hace una mujer que no tiene ninguna calificación formal para ayudar a un hikikomori? ¿Tienen acaso alguna metodología concreta en la cual basarse para hacer su trabajo?… sorprendentemente la respuesta es NO, las “hermanas de alquiler” por lo general dicen que simplemente intentan mostrarse tal cual son, sin aparentar o fingir nada, simplemente intentan establecer una conexión con la cual trabajar y que les permita acercarse poco a poco a los aislados hikikomori.

Tampoco se trata de que una “hermana de alquiler” tenga que ver a un hikikomori todos los días por horas y horas, increíblemente estas mujeres son contratadas en muchos casos para hacer visitas de tan solo una hora una vez cada 2 semanas por ejemplo.

Por este servicio a las “hermanas de alquiler” con mayor experiencia algunas familias les llegan a pagar hasta 100.000 ¥ por visita (unos 892.86$) que es una considerable cantidad de dinero por visitas que en algunos casos a veces no pasan del intercambio de notas escritas por debajo de una puerta (esto en el caso de aquellos hikikomori más renuentes).

El trabajo de una “hermana de alquiler” no es sencillo, algunas de estas mujeres confiesan que les puede llevar entre 6 meses hasta 2 años conseguir ganarse la confianza de un hikikomori y eso tan solo para conseguir que este le permita eventualmente entrar a su espacio, no digamos para motivarlo a salir al mundo exterior.

El trabajo incluso puede revestir de cierto riesgo para las “hermana de alquiler”, porque algunos hikikomori (especialmente los más propensos a arranques violentos y que no suelen tolerar la cercanía de otras personas) pueden ser impredecibles y reaccionar violentamente en el momento menos pensando. Las “hermanas de alquiler” siempre deben ser cautas y estar alertas ante cualquier signo sospechoso ya que si bien es verdad que la gran mayoría de los hikikomori no son violentos por naturaleza el mínimo porcentaje que si puede serlo sin duda puede llegar a ser muy peligroso.

El trabajo de las “hermanas de alquiler” quizás no sea especialmente gratificante en el sentido de que es muy raro que un hikikomori que esté bajo su cuidado se divierta al salir con ella o incluso disfrute verla cuando lo visita, puesto que no fue su idea el contratarla en primer lugar, a pesar de ello todas las “hermanas de alquiler” consideran que para ellas es muy gratificante saber que ayudan o ayudaron a un hikikomori a salir de su penosa situación y a encaminarse a una reintegración social que se espera logre ser plena, es esa certeza más que el dinero lo que motiva a estas mujeres a continuar haciendo este particular oficio.

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