Opinión

Cubrebocas que si hablaran…

 Si nuestros cubrebocas pudieran hablar

Por Thomas L. Friedman

Cuando la gente me pregunta sobre mi estado de ánimo en estos días, les digo que me siento como si fuera un reportero del Diario de Pompeya en el año 79 d. C. y estuviera sentado en la ladera del monte Vesubio cuando alguien se acerca y me pregunta: “Oye, ¿no sientes que se mueve?”.

Claro que sí.

El verano de 2020 podría ser recordado como una de esas fechas verdaderamente importantes en la historia estadounidense. Adonde voltees verás padres que no saben adónde irán sus hijos a la escuela o si lo harán este otoño, inquilinos que no saben si los desalojarán, desempleados que no saben si el Congreso los respaldará con alguna red de seguridad, negocios que no saben si podrán aguantar otro día… y todos nosotros, que no sabemos si podremos votar en noviembre.

Esa es mucha ansiedad ardiendo y humeando por debajo de la economía, la sociedad, las escuelas y las calles de la ciudad —tan solo esperando hacer erupción por todo el país— porque hemos fracasado de manera ejemplar en la batalla contra el coronavirus.

Tenemos el 25 por ciento de todas las infecciones registradas en el mundo y solo representamos el cuatro por ciento de la población mundial.

La gran ironía es que Vietnam, que tiene menos de un tercio de nuestra población, solo ha reportado 416 casos y ninguna muerte, la gente siente lástima por nosotros.

¿Cómo nos volvimos tan ineptos?

Si, Dios no lo quiera, Estados Unidos quedara sepultado bajo lava como ocurrió en Pompeya, y los arqueólogos del futuro vinieran a excavar el país, no tengo duda de que el artefacto que desempolvarían y sacarían primero para responder la gran pregunta sería un artículo sencillo que cuesta centavos fabricar y que es muy fácil de usar: el cubrebocas.

Para que sirvió el cubrebocas?

Para ser algo que debe cubrir nuestra boca, dice muchísimo sobre cuán dementes se han vuelto las personas.

En específico, el cubrebocas nos dice cómo el país más rico y científicamente avanzado generó un grupo de líderes y ciudadanos que hicieron del usar un artículo para cubrir la nariz y la boca (con el fin de evitar la propagación de una enfermedad) en un problema de libertad de expresión y un marcador cultural, algo que no se hizo en ningún otro país del mundo.

No hay nada más desmoralizante que eso, nada que nos rezague en la batalla en contra de la COVID-19 con más fuerza y más rápido. Una sociedad que puede politizar algo tan sencillo como un cubrebocas en una pandemia puede politizar cualquier cosa, puede hacer de cualquier cosa un asunto contencioso: la física, la gravedad, la lluvia, lo que sea. Y una sociedad que lo politiza todo jamás alcanzará todo su potencial en las buenas épocas ni evitará lo peor en las malas.

Ahí es donde estamos ahora. Cuando se comparan los sacrificios —incluyendo la muerte— que la generación más grandiosa de estadounidenses hizo para defender a sus conciudadanos del flagelo del nazismo con lo poco que sacrificarán algunos miembros de las generaciones actuales para defender a otros estadounidenses del flagelo de la COVID-19 —tan solo usar un cubrebocas— uno se queda atónito.

No hay excusas. Resistirse a usar el cubrebocas durante una pandemia no es más que una mascarada egoísta, libertaria y sin sentido usada como defensa risible de la libertad: “No pisotees mis derechos, pero yo sí puedo exhalar frente a ti”.

Sin embargo, durante meses, nuestro presidente y vicepresidente, así como la mayoría de los gobernadores republicanos y sus seguidores equipararon el hecho de resistirse a usar cubrebocas con resistirse a una vulneración de la libertad personal, en vez de verlo como la manera más barata y eficaz de limitar la propagación del virus, con el fin de que nosotros regresemos al trabajo y los niños vuelvan a la escuela.

La resistencia que mostró el presidente Donald Trump ante los cubrebocas en realidad no tenía nada que ver con la ideología. Solo era su oposición primitiva a cualquier cosa que enfatizara la verdadera crisis sanitaria en la que estábamos y que, por lo tanto, podría afectar su reelección.

Sin embargo, el vicepresidente Mike Pence, siempre feliz de ensalzar los excesos de Trump, disfrazó su ordinaria resistencia a usar cubrebocas con un elegante atuendo constitucional. Cuando un reportero le preguntó en un mitin de Trump en Tulsa hace unas semanas por qué el presidente no parecía estar preocupado por la ausencia de cubrebocas y la falta de distanciamiento social en su evento, Pence, de manera solemne, respondió: “Quiero recordarles de nuevo que la libertad de expresión y el derecho a reunirse pacíficamente se encuentran en la Constitución de Estados Unidos. Incluso durante una crisis sanitaria, el pueblo estadounidense no pierde sus derechos constitucionales”.

Fuente yahoo noticias

Por Thomas L. Friedman
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