Internacional

La religión y la política en Latinoamérica

Cómo la religión va ganando terreno en la política en Latinoamérica

El crecimiento sostenido en el número de fieles evangélicos durante los últimos 50 años en América Latina se ve reflejado en una activa participación de sus líderes en diferentes niveles políticos

Tras la dimisión de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, Jeanine Áñez ocupó el cargo y llegó a la Sede del Ejecutivo anunciando que con ella volvía la Biblia al Palacio.

El pueblo ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a Palacio”, decía una emocionada Jeanine Áñez mientras levantaba con dificultad el pesado libro durante su ingreso a la sede del Ejecutivo, el pasado 12 de noviembre, para asumir la presidencia interina de Bolivia luego de tres semanas de manifestaciones.

Días antes, el líder cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, anunciaba ante miles de seguidores que llegaría hasta La Paz con una carta de renuncia para el presidente Evo Morales en una mano, y una Biblia en la otra.

A la compleja mezcla de diferencias ideológicas, regionales y políticas que conformaban la crisis del país altiplánico, se sumaba el factor religioso. “Se dio una confrontación y la única razón que encuentro es que hubo 14 años de Evo atacando a los cristianos, peleándose con la Iglesia y queriendo borrar 500 años de cristianismo. Eso le pasó factura”, dice a El Comercio el teólogo y profesor de la Universidad del Pacífico, José Luis Pérez Guadalupe. “Hay que precisar que Áñez es evangélica de la línea dura, mientras que Camacho es un católico carismático. No generalicemos a los evangélicos y a los católicos”.

Si bien Bolivia es el caso más reciente en el que la religión jugó un papel fundamental en la situación política, está lejos de ser aislado. El año pasado, Jair Bolsonaro ganó los comicios presidenciales en Brasil con el 29% de sus votos apoyado en la comunidad evangélica. Y hace tan solo unos días lanzó un nuevo partido conservador con las banderas del electorado evangélico.

En el 2016, los grupos cristianos fueron determinantes para que el No gane en el plebiscito sobre el acuerdo de paz con las FARC en Colombia. Ese mismo año, en Guatemala, Jimmy Morales asumía la presidencia con un programa electoral asesorado principalmente por tres pastores evangélicos.

Ejemplos sobran: Andrés Manuel López Obrador (AMLO) llegando al poder en México impulsado por un partido de base evangélica, el cantante cristiano Fabricio Alvarado ganando la primera vuelta electoral del 2018 en Costa Rica, o Alberto Fujimori llegando a la presidencia en 1990 apoyado por diversas iglesias evangélicas.

Lo novedoso en estos últimos años no es que la religión se haya involucrado más en la política, sino una forma específica de religión, a la que denominamos fundamentalismo o conservadurismo cristiano”, señala el catedrático de la UPC y experto en religiones Juan Fonseca. “Es una expresión legítima de sectores que se sentían relegados; pero, por otro lado, tomando en cuenta su matriz ideológica, constituyen un peligro para las prácticas democráticas”.

Sean evangélicos, fundamentalistas católicos o de cualquier religión, el problema es no entender la independencia de religión y Estado”, coincide Pérez Guadalupe. “En Latinoamérica, esta relación estaba monopolizada por la Iglesia Católica, porque era la religión mayoritaria y se veía de manera normal. La religión se ha metido por cinco siglos en la política latinoamericana, la diferencia es que ahora han sido desplazados por los evangélicos”.

Terreno en disputa entre la religión y la política

El desplazamiento que menciona Pérez Guadalupe se ve graficado en los sondeos de los últimos 50 años. Mientras que en 1970 el 92% de latinoamericanos se identificaba como católico, y el 4%, como miembro de alguna iglesia evangélica, para el 2018 el número de católicos pasó a ser el 69%, y el de protestantes, 19%.

Las iglesias evangélicas llegaron a Latinoamérica a inicios del siglo XX, principalmente de la mano de los movimientos pentecostales. Desde entonces se ha visto un acelerado crecimiento, principalmente en Centroamérica y Brasil.

Por otro lado, el catolicismo –que sigue siendo la religión mayoritaria en la región– mostró una caída y estancamiento en el número de fieles en la mayoría de países.

Algunos dicen que tiene que ver con un mayor incentivo de misioneros norteamericanos, y sí, tiene un poco, pero el liderazgo es principalmente latino. La espiritualidad del canto, la alegría en la predicación de los feligreses, y no solo del pastor, ese contagio de los sectores populares gatilló el crecimiento”, explica Pérez Guadalupe.

Latinoamérica no es el único caso. Asia y África están en una situación similar. Esto se explica porque nuestras élites han planteado un sistema político sin considerar el sentido espiritual de su propia sociedad. Además, el Estado tiene una deficiencia en la atención de los sectores más populares y ahí las iglesias han tenido siempre mucha presencia”, añade Fonseca.

En estos últimos años, el conservadurismo ha comenzado a avanzar por miedo al cambio. El reconocimiento a los derechos de las mujeres o la diversidad sexual han activado a miembros ancestrales y están siendo manipulados por sectores políticos con agendas muy propias”, acota.

¿Política o religión?

El ingreso de diferentes líderes religiosos a la actividad política lleva a cuestionar cuál de los dos aspectos terminará primando al alcanzar el poder. En el caso específico de los líderes evangélicos, Pérez Guadalupe ha clasificado los casos en dos grupos: político-evangélicos y evangélico-políticos.

Un político-evangélico, así como uno católico o de izquierda, es totalmente válido, tiene sus convicciones y su visión de país. Pero el evangélico-político es una variante, pues no va como político, sino como creyente. Su proyecto es más religioso y es un peligro porque se convierten en operadores de grupos de interés”, detalla.

Ambos expertos coinciden en que si bien el apoyo de diferentes grupos religiosos ha conseguido que la balanza electoral se incline, no se puede hablar de un voto confesionario como tal en la región. “Hay aspectos donde lo religioso influye en el voto. No es tan orgánico esto del voto religioso porque son muy homogéneos en temas muy concretos como los derechos sexuales, el tema educativo o de diversidad sexual, pero en otros temas son variados”, considera Fonseca.

El ejemplo más claro sería el de AMLO, que siendo de izquierda llama a su partido Morena en alusión a la Virgen de Guadalupe y se une al Partido Encuentro Social [PES], evangélico y de centroderecha. Con el tiempo se vio que el PES no representaba a la mayoría de evangélicos, y perdió la inscripción partidaria por tener menos del 3% de votos. Los evangélicos votaron por AMLO, no por el PES”, explica Pérez Guadalupe.

Del rechazo a la misión de gobernar

En el libro “Evangélicos y poder en América Latina”, José Luis Pérez Guadalupe repasa el cambio de postura de diferentes grupos religiosos ante la vida política.

Hay factores sociológicos, políticos y teológicos detrás. Yo le doy más peso al aspecto teológico”, dice el experto y exministro del Interior, que se ha dedicado 30 años a estudiar la relación entre la política y los líderes religiosos latinoamericanos.

Durante su investigación, Pérez Guadalupe identificó cómo la interacción de estos grupos evangélicos con la política pasó de “no deber relacionarse el uno con el otro” a la teología de la guerra espiritual, donde buscan purificar el mundo político, y finalmente al reconstruccionismo.

Durante un siglo y medio, las iglesias evangélicas anunciaban la segunda venida inmediata de Jesucristo, no tenían razón para solucionar las cosas porque ya venía el Salvador. Este enfoque cambia, comienzan a decir que no viene ahora, sino que su mandato es que tienen que conquistar el mundo. Viene la teología del dominio basada en el Génesis, donde interpretan que Dios manda a dominar la Tierra”, explica. “Quienes creen en eso buscan volver a la etapa constantiniana, donde el Estado protege a la religión, que el país sea un país confesional, resacralizar la política y el Gobierno”.

Fuente El Comercio

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