Reestructurar la economía mundial

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La economía global está pasando por una transformación de amplio alcance. El cambio está siendo impulsado por variaciones en las poblaciones, la productividad, la riqueza, el poder y las ambiciones de los países, y acelerado por las medidas del presidente norteamericano, Donald Trump, destinadas a reformular las estructuras de las cadenas de suministro, alterar los incentivos de inversión transfronteriza y limitar el movimiento de personas y tecnología entre fronteras.

Las tensiones que estos cambios están produciendo se hacen más evidentes en las crecientes disputas comerciales. Más allá de algunos trastornos en las economías emergentes, la reacción de los mercados ante los aranceles en carácter de represalia hasta ahora sólo fue tenue. Los inversores probablemente supongan que todo forma parte de un proceso de renegociación que en definitiva producirá nuevas reglas de compromiso para los negocios globales -reglas que son aún más favorables para los poderosos.

Pero estas suposiciones pueden subestimar la complejidad de los asuntos en juego, empezando por la cuestión políticamente saliente de dónde se crean la inversión y el empleo. Por sí solas, las barreras arancelarias y comerciales, si se las ve como tácticas de negociación transitorias, no cambiarán significativamente los patrones de inversión globales o la estructura de las cadenas de suministro y el empleo a nivel mundial.

Los proteccionistas como Trump sostienen que el poder de los aranceles y otras barreras comerciales reside en su capacidad para reducir el engaño y el parasitismo. La implicación es que este tipo de medidas pueden ayudar a eliminar las tensiones, los desequilibrios y la polarización asociados con la globalización.

El “engaño”, por supuesto, depende del cristal con que se mire. Los subsidios estatales para determinados sectores, incluido el trato preferencial a las empresas estatales, puede considerarse un engaño. Lo mismo puede decirse de exigir transferencias de tecnología a cambio de acceso a los mercados, compras públicas que favorezcan a entidades nacionales, aceptación de entornos laborales inseguros y prácticas laborales explotadoras, y manipulación del tipo de cambio.

La prueba de parasitismo es si un país contribuye demasiado poco, en relación a su capacidad, a la provisión de bienes públicos globales, como defensa y seguridad, conocimiento científico y técnico, mitigación del cambio climático y aceptación de refugiados. Los culpables dependen del tema en cuestión.

Pero más allá de cuáles sean los aspectos negativos del engaño o del parasitismo, es poco probable que al enfrentar estos comportamientos se eliminen las condiciones que han contribuido a la polarización económica, social y política. Después de todo, el arbitraje laboral ha sido el motor principal de la organización de las cadenas de suministro globales durante por lo menos tres décadas -que se aceleró, por supuesto, con el ascenso de China-, con efectos significativos en la distribución y el empleo. Parece poco probable que, si China y otras economías emergentes hubieran adherido a la carta de las reglas de la Organización Mundial de Comercio, los efectos distributivos de su integración a la economía global hubiesen desaparecido.

¿Cuál es, entonces, el verdadero propósito de los aranceles? Trump podría estar interesado únicamente en nivelar el campo de juego y, llegado ese momento, aceptará los resultados de los mercados globales. Pero es más factible que todo esto sea parte de su estrategia -imitada por líderes en una cantidad cada vez mayor de países a nivel mundial- para ganar respaldo al hacer valer las prioridades nacionales y la soberanía.

Estos esfuerzos están empujando al mundo hacia un sistema más balcanizado. Es más, los desafíos y miedos planteados por los avances en la tecnología, especialmente la tecnología digital, con respecto a la seguridad nacional y al desempeño económico también están impulsando al mundo hacia una mayor fragmentación.

Hace cincuenta años, son pocos los que habrían previsto que las mega-plataformas como Google o Facebook se convertirían en jugadores clave en áreas como el reconocimiento de imágenes, la inteligencia artificial y el desarrollo de vehículos autónomos (incluidos vehículos militares). Sin embargo, eso es exactamente lo que ha sucedido. En verdad, Google ahora es un contratista de defensa (aunque tal vez no renueve su contrato).

Dadas las implicaciones para la seguridad de estos desarrollos, así como de un conjunto de cuestiones como la privacidad y la seguridad de los datos, la fragmentación social y las intervenciones extranjeras en las elecciones, los países no están dispuestos a abandonar la Internet desregulada. Pero tampoco están dispuestos a delegar la regulación a un organismo supranacional. Como consecuencia de ello, muchos están tomando cartas en el asunto, lo que lleva a una creciente divergencia entre los países con respecto a la regulación de Internet.

En respuesta a la relación con la seguridad nacional de estas iniciativas, el alcance y la autoridad de la Comisión sobre Inversiones Extranjeras en Estados Unidos -responsable de revisar las implicaciones para la seguridad nacional de la propiedad extranjera de compañías u operaciones estadounidenses- recientemente se han expandido.

Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, la realidad es que las fronteras nacionales no pueden bloquear fácilmente la innovación. Por el contrario, la difusión de ideas bien puede convertirse en la dimensión más trascendental de la globalización en el futuro.

Si bien esto puede complicar la planificación de la seguridad nacional, representa oportunidades nuevas y poderosas para los negocios, aun en momentos en que el comercio enfrenta vientos de frente. Ya ha habido una explosión de modelos de negocios innovadores basados en el universo digital, muchos de los cuales podrían convertirse en poderosos motores de crecimiento inclusivo, especialmente en las economías emergentes. Los ecosistemas digitales, con una arquitectura abierta y bajas barreras de entrada, son un ejemplo de un modelo emergente con considerable potencial económico.

Existe una dinámica más crucial que forjará la manera en que la economía global se desarrollará en las próximas décadas: la rivalidad estratégica entre China y Estados Unidos. En este momento, es imposible decir con precisión qué forma podrá adoptar esta rivalidad. Lo que resulta claro es que cada parte de la economía global resultará afectada por la mezcla de cooperación y competencia que surja.

Frente a un rival poderoso, uno podría esperar que Estados Unidos implementase una estrategia centrada en crear, expandir y consolidar alianzas con aliados naturales -es decir, países con estructuras de gobernancia similares y visiones compartidas sobre los beneficios de la cooperación internacional y los mercados abiertos-. Por el contrario, Trump se ha enemistado con aliados de larga data y ha atacado estructuras e instituciones multilaterales, oponiéndose al mismo tiempo a China en lo que rápidamente se está convirtiendo en un juego de dos jugadores.

Esta es una estrategia extraña. Sea cual fuere la ventaja que Trump piensa que obtendrá al enfrentar a Estados Unidos a sus aliados naturales, se verá eclipsada por las pérdidas. Una división entre Estados Unidos y sus aliados tradicionales, si se convierte en una característica permanente del nuevo orden global, conduciría a una fragmentación más profunda entre las democracias orientadas al mercado del mundo. Esto sin duda cambiará el equilibro de poder de largo plazo en favor de China, mientras avanza a paso firme hacia convertirse en la mayor economía del mundo.

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