La Cultura de la inmediatez

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De un tiempo a esta parte, se observa en casi todos lados la manía por la velocidad

Tal vez deberíamos decir la angustia y la imperiosa necesidad de la gran mayoría de la gente por convertirse en balines que patinan sobre los acontecimientos sin nunca considerar la profundidad.

Todo tiene que ser resuelto de inmediato, aunque no sea en verdad resuelto sino sobrevolado. En este contexto, ante ninguna circunstancia hay reflexión, digestión y conclusiones pausadas. La vorágine todo lo consume. El estrés genera desgaste que se combina con estimulantes durante la vigilia y pastillas para conciliar el sueño durante la noche.

La somera atención a cada tema no permite escarbar ni meditar, sino tomar decisiones apresuradas,temacentraledc15md2 porque las cosas tienen que ser administradas en el acto. La aceleración no deja resquicio para mirar para atrás, ni siquiera para recordar.

Desaparece, entre tanto vértigo del hombre-balín, la posibilidad de disfrutar lo que se hace. La mirada rápida debe ser sobre un cúmulo y una secuencia de acontecimientos que en definitiva exige que lo sea sobre todo, lo que se traduce en que en realidad lo sea sobre nada.

 La comida debe ser rápida y el amor también, lo cual no da lugar al deleite gastronómico ni al placer del enamoramiento, que por ese motivo empuja a la rotación constante, igual que ocurre con el trabajo, que ni bien se logra se envían datos curriculares a un próximo destino.

La comunicación debe ser instantánea y en varias direcciones simultáneas, lo que no hace posible la auténtica comunicación. Idéntico fenómeno sucede con la información: es de tal magnitud y sobre tantos acontecimientos que no resulta posible masticarla y mucho menos digerirla y opinar con algún grado de seriedad sobre la cuestión tratada.

Sin duda que hay capítulos en la vida de la gente que convierte en razonable el deseo de inmediatez, como, por ejemplo, 913014_origcuando hay una dolencia física y se pretende que la medicina acuda para una solución lo más pronto que los adelantos científicos permitan. Pero a lo que apuntamos es a las dolencias del alma, a la necesidad del reposo y la serenidad para captar muchos de los interrogantes que plantea el universo y la capacidad de conocer los recovecos del alma de otras personas queridas. Incluso para maravillarse frente a una puesta de sol, lo diferente que es cada una en muy distintos atardeceres que abren paso a pensamientos sobre nuestros orígenes y nuestros destinos en medio de la música que brinda el concierto de la naturaleza.

A lo dicho se agrega la escalada de violencia junto a la consecuente pérdida de sensibilidad. Episodios de violencia que curiosamente se emplean como entretenimiento incrustado en el marco general de la aludida velocidad.

Y no se endose la responsabilidad de tamaños desvíos a la tecnología, ya que todas las herramientas de las que disponemos pueden ser bien o mal empleadas. Los avances tecnológicos sin duda ayudan al progreso y al mismo tiempo son una manifestación del progreso. Pero, igual que un martillo puede ser empleado para clavar un clavo o para romperle la nuca al vecino, todos los instrumentos de que disponemos pueden ser mal o bien usados.

Hasta aquí lo que estimamos que es el problema que puede ser compartido por personas preocupadas y ocupadas por lo que sucede. Ahora hay que detenerse en considerar las causas, que son múltiples pero hay una que nos parece de peso. Se trata del achicamiento de la condición humana y hasta podríamos decir su desprecio, que es parido por la constante propaganda de la imperiosa necesidad del igualitarismo, es decir, de la guillotina horizontal.

En lugar de comprender la maravilla que significa el nacimiento de una persona que es única, irrepetible en la historia de la humanidad, el colectivismo reinante se esfuerza por achatarlo y amputarlo para que calce en un promedio. Se machaca con los beneficios de la266921_orig igualdad, no de derechos, lo que resulta esencial, sino de resultados y hasta de personalidades. No se comprende que el igualitarismo destroza la división del trabajo, con lo que se desploma la posibilidad de cooperación social. Si fuéramos iguales, no sólo todos querríamos tener la misma profesión y nos gustaría la misma mujer, sino que la conversación misma sería tan aburrida como hablar con el espejo.

En otros términos, en lugar de festejar la aparición de un ser distinto en el universo y estimular sus potencialidades, se lo trata de amputar, achatar y subestimar, con lo que se pierde el sentido de vivir y solamente quedan en pie los que se rebelan frente al igualitarismo y apuntan a vivir en otro tipo de sociedad donde el respeto recíproco sea sagrado. El creciente estatismo potencia en grado sumo la manía del igualitarismo sobre la que no nos detendremos, ya que hemos abundado en el tema en otras ocasiones.

Pero a esta situación se agrega una equivocada visión del significado del amor al prójimo que antaño era bien comprendida en el contexto del mensaje bíblico de la pobreza de espíritu y no como algunos predicadores de hoy en día, que la entienden referida a la contradictoria alabanza a la pobreza material, al tiempo que enfáticamente se la condena y, simultáneamente, para completar el galimatías, se aconsejan recetas que la extienden.

A esta situación se acopla todavía otra cuestión y es el desafortunadamente mal entendido consejo de renunciar a sí mismo y al amor propio. Como dice bien el padre Ismael Quiles en Cómo ser sí mismo: “Ser para no ser es una contradicción sin significado alguno”. Santo Tomás de Aquino sostiene, en la Suma Teológica: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre, por caridad, debe amarse más a sí mismo que al prójimo” (2da, 2da, q. XXVI, art. IV).

Los malentendidos que señalamos pueden parecer inocentes a primera vista, pero son enormemente destructivos en la formación, especialmente de los jóvenes, que, si los aceptan, se desvían hacia otras actividades que tapen sus frustraciones, o, de lo contrario, como queda dicho, se rebelan e intentan corregir esas visiones contrarias a la naturaleza humana para subrayar la trascendencia del respeto recíproco.

Machacar con lo anterior sobre la necesidad de renunciar al ser propio y la entrega al otro conduce a la autoaniquilación y esa perspectiva aterradora y contraria a la naturaleza humana lleva, en parte y muchas veces inconscientemente, a una vida superficial y veloz que no da lugar a la vida propiamente vivida. Es del todo irrelevante que quienes propugnan esa amputación lo hagan con la mejor de las intenciones o que pretendan darles interpretaciones tortuosas y contradictorias, el hecho es que inflingen un daño muchas veces irreparable a la formación de la persona.

Antes he escrito sobre el significado del amor al prójimo, pero en esta oportunidad es pertinente su reiteración. La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario, realizado con recursos propios, sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor “regalar un pescado en lugar de enseñar a pescar”).

Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal. En el lenguaje coloquial, se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie. En verdad, se trata de una perogrullada: si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo, ¿en interés de quién estará?

Estaba en interés de la Madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres realizar esa transferencia, puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria; también está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y también para el masoquista que la goza con el sufrimiento, y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente, ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.

En esta línea argumental, Erich Fromm escribe, en Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics: “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata sólo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darles de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir, aunque más no sea milimétricamente, a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento.

No hay nada más sublime que el amor, que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación desde la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, los alumnos, los amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero debe estarse muy en guardia de quienes alardean de amor al prójimo mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio.

Por último, como hemos apuntado, en el campo crematístico, el igualitarista insiste en la redistribución de ingresos que contradice la previa distribución que hace la gente en el supermercado y afines, con lo que se desperdician recursos que naturalmente reducen salarios e ingresos en términos reales.

En resumen, el fenómeno del hombre-balín con que hemos bautizado la situación de velocidad y aturdimiento de nuestra época seguramente se debe a muchas causas, pero pensamos que los puntos que marcamos en esta nota deben ser revertidos si queremos evitar el escapismo de una cultura que propone el autoaniquilamiento. Tengamos en cuenta que todo depende del esqueleto político que se derrumba si se acepta el voto mayoritario ilimitado, cuyo primer ejemplo ha sido la condena a Sócrates “por corromper a la juventud al no creer en los dioses del Estado”, que, según nos relata Platón, fue decidida por un tribunal de 556 miembros por una diferencia de 6 votos. El segundo caso resonante fue la condena de Jesús por una multitud convocada por Pilatos, que prefirió soltarlo a Barrabás y, contemporáneamente, el caso de Adolf Hitler y otros imitadores de nuestro tiempo que, sin llegar a la monstruosidad de las cámaras de gas, convierten a los gobernados en siervos de los aparatos estatales.

Extractado de Infobae

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