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Opinión

Los niños son niños, también los migrantes


 Los niños son niños. También los del Darién.

Por Carolina Amoroso Carolina Amoroso es periodista argentina del canal Todo Noticias (TN). Conduce TN Internacional.

Carolina Amoroso es periodista argentina del canal Todo Noticias (TN). Conduce TN Internacional.

—¿Usted es la maestra?

—No. Soy periodista.

—¿Le puede pedir que me preste el columpio?

La pregunta es un recordatorio. En la voz de una niña venezolana de seis años que espera hace días en un centro de recepción de migrantes ubicado en San Vicente, Panamá, aparece lo obvio, pero muchas veces soslayado: los niños desplazados y refugiados son eso, niños. Y aun en medio de lo imposible, conservan la mirada diáfana de quien se resiste a pensar que el mundo y el presente son solo ese mar de angustia e incertidumbre.

La pequeña, a la que conocí mientras realizábamos un documental en el mes de junio, había salido hacía días con su familia de las trochas de la selva del Darién, la ruta migratoria más peligrosa que encaran hoy los caminantes en América Latina. Como ella, desde enero hasta octubre de 2022, según los datos del Servicio Nacional de Migración de Panamá, 32,488 menores (niños y niñas) ingresaron al país luego de atravesar la jungla. Solo en octubre, lo hicieron más de 10,000. Esto considerando que hasta el mismo mes, 211,355 migrantes cruzaron la selva (en 2021, lo habían hecho más de 133,000 personas).

La cifra de niños y niñas, que representa un incremento de 10% con respecto a 2021, ha disparado las advertencias de organizaciones como Unicef, que en un comunicado publicado en noviembre, indicó: “Durante la larga jornada de camino a través de la selva, los niños y las familias están expuestos a múltiples formas de violencia, como el abuso sexual, la trata y la explotación, así como a la falta de agua y alimentos seguros, las picaduras de insectos, los ataques de animales salvajes y el desbordamiento de los ríos”.

El informe también indica que los menores de cinco años conforman 50% del total de niños, niñas y adolescentes migrantes y son “especialmente vulnerables a la diarrea, la deshidratación y otras enfermedades transmisibles''.

Los menores están a cargo de adultos que también salen del llamado Tapón del Darién en una situación de extrema vulnerabilidad, aún mayor a la que los empujó a la selva en primer lugar. Entre enero y octubre de este año, según datos brindados para este artículo, la organización Médicos Sin Fronteras atendió a más de 26,000 personas.

Algunas de ellas, por problemas vinculados a la salud mental, luego de haber atravesado episodios de violencia. Sin dudas, también están las lacerantes secuelas emocionales en los más pequeños. Algunos niños incluso llegan no acompañados al punto de recepción en Panamá. Sobre este grupo, Unicef advierte que 2022 marcó un récord, estimado en unos 900, cuadruplicando el total del año anterior.

Se suman en la tragedia más capas de deshumanización y esto solo parece agravarse: no hay ventanilla de reclamos para los sin-lugar. Tampoco para sus familias. Así, la selva logra reescribir todos los manuales profesionales para quienes, por una u otra razón, nos podemos acercar a esa realidad. Como seguro les ha sucedido a otros colegas y a los siempre loables trabajadores humanitarios, he recibido mensajes desesperados. Como el de una mujer que buscaba reclamar por el cuerpo de su sobrino —fallecido en el intento de cruzar la selva—, o el de una joven de Barquisimeto que no sabía qué hacer frente a la decisión de su pareja que estaba dispuesto a encarar el cruce. O toca quizás responderle algo que no sea otro silencio a una mujer que cuenta que hace días su prima comenzó el camino junto a sus hijos y no se ha comunicado con la familia.

¿A quién gritarle cuando los “irregulares” —como suele llamarse a quienes ingresan por estas rutas— son nuestros hijos, nietos, amigos, hermanos? ¿A quién recordarle que son personas arrastradas por la desesperación y el destierro? En medio de todo ese limbo, los niños, niñas y adolescentes tienen su propio infierno que transitar.

En el puesto de una de las organizaciones que trabaja en Necoclí —el portal del Darién desde donde los caminantes toman las lanchas para luego internarse en las trochas—, hay una pizarra. Allí están pegados los dibujos de los niños que pasan las tardes o mañanas teniendo que aguardar el cuidado de voluntarios, quienes les proponen el ejercicio de hacer sus propios retratos.

Las pequeñas figuras bidimensionales y coloridas replican la imagen de un niño venezolano de siete años, que pintó su piel morena y sus ojos inmensos sobre el papel. Una pequeña dejó sobre la otra punta de la pizarra su imagen luciendo un vestido azul con detalles blancos en el cuello y las mangas.

Al lado, una niña de trenzas y blusa rosa dejó junto a su figura el nombre de su país, “Haití”, y escrita en un rojo vibrante la palabra love. Así, en inglés. En una letra redonda y prolija. Inequívoca. Hay algo conmovedor en el detalle de que quienes allí trabajan hayan decidido plastificar los dibujos para que no los corroa la lluvia o el aire de mar que viene del Caribe.

Cualquiera con algo de humanidad adentro se preguntará qué fue de ellos después de que la lancha los llevara y cómo vivieron luego esos días en las trochas. Qué les pasó por la mente y el alma cuando los coyotes (que se hacen llamar guías) les advertían a sus padres que calmaran el llanto de niños pequeños para no atraer a animales grandes. O qué pasa luego con los que deben salir de la selva solos, porque la familia se separó y alguno de sus padres no pudo continuar.

Cualquiera se preguntará también a dónde van los sueños y las ilusiones de los niños del Darién. Supongo que no se los llevará el mismo río que arrastra a algunos de ellos de manera impiadosa por la maraña verde de la selva. Supongo que no se los lleva tampoco la corriente espesa y turbia de la indiferencia. Supongo estas para no ensayar otras respuestas.

Porque los niños son niños. También en el Darién. Todos inocentes. Todos nuestros.

Fuente: The Washington Post


Por Carolina Amoroso


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martes 31 de enero de 2023

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