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Opinión

Chile, otra muestra del vuelco a la ultraderecha


Está pasando algo en Chile que es importante. Empecemos por ahí.

Por Juan Elman

Sobre el derrumbe de Sichel en Chile

A menos de dos semanas de las elecciones, la historia en Chile es el desplome del candidato oficialista, Sebastián Sichel, que pasó de liderar algunas encuestas a arañar el cuarto lugar en cuestión de semanas. Los votos que pierde el empresario los está ganando el ultraderechista José Antonio Kast, que hoy encabeza los sondeos y se encuentra en una buena posición para acceder a la segunda vuelta, donde seguramente se tope con el izquierdista Gabriel Boric. 

No se trata solo de votos. Cada vez son más los políticos de la coalición oficialista, rebautizada Chile Podemos Más, que están anunciando su apoyo a Kast. Lo que empezó como una fuga del sector más conservador de la coalición, la Unión Demócrata Independiente (UDI), partido heredero del pinochetismo y en el cual Kast militaba hace unos años, siguió con adhesiones de figuras de otros partidos más moderados, como el liberal Evópoli o Renovación Nacional, el partido del presidente Piñera. En los papeles, las cabezas de cada uno de los partidos siguen apoyando a Sichel, pero la tendencia hoy parece irreversible. Sichel otorgó “libertad de acción” a la coalición, que es un poco como acceder a abrir la pareja cuando ya sabés que el vínculo va a terminar pronto. 

En el derrumbe de Sichel operan factores de distinto orden. Su campaña fue errática, salpicada por un escándalo de financiamiento irregular en 2009, cuando se candidateó para diputado. En los debates televisivos se mostró soberbio y poco preparado. Su vínculo con los otros partidos de la coalición, a la que se integró como independiente, fue tenso desde un inicio, con críticas de los partidos por poca participación en el rumbo de la campaña. Otros factores coyunturales, como el protagonismo que ganaron las historias sobre el “desorden” en la Araucanía chilena –hoy militarizada y con escenas cada vez más violentas–, también parecen haber contribuido a la explosión de la candidatura de Kast, férreo defensor del pinochetismo y una de las voces más críticas con la apertura del proceso constituyente.

Me pregunto, sin embargo, si lo que estamos viendo en Chile no es parte de una tendencia conocida y de carácter estructural: la radicalización de la centroderecha tradicional.

El caso es bien interesante por dos cosas. Primero porque el fenómeno viene a revertir algo que decíamos hace no mucho tiempo sobre la derecha chilena: que se había moderado, o que al menos se mostraba abierta a discutir cambios sociales profundos. La mejor prueba de eso la expresó Joaquín Lavín, que hace apenas un año encabezaba todos los sondeos presidenciales y estuvo a favor de una nueva constitución. Lavín, ex alcalde de la próspera comuna de Las Condes e integrante de la UDI, se vendía como “socialdemócrata”. Su ilusión presidencial quedó triturada con el triunfo de Sichel en las primarias. Este se diferenciaba de Lavín por no venir de ningún partido tradicional (aunque trabajó en el gobierno de Bachelet), pero también apoyó la apertura del proceso constituyente y se identificaba ideológicamente como alguien de centro. 

En segundo lugar, este nuevo perfil de la derecha chilena, donde Kast aparece cada vez más como líder y no como un outsider extremista (como pasó en las últimas elecciones, donde sacó 7%), llega en un momento crucial para el país, que recién está procesando el estallido del 2019 y que se encuentra discutiendo nada menos que un nuevo modelo. No es casual que voces como las de Elisa Loncón, presidenta de la Convención Constituyente, empiecen a alertar sobre la necesidad de respetar el proceso sin importar qué gobierno asuma. Su testimonio llegó luego de que seis constituyentes de la coalición oficialista anunciaran su apoyo a Kast. El tono de Loncón hace acordar a los que se pronunciaban, aún salvando distancias, en las últimas elecciones de Colombia, en las que había preocupación por un triunfo del uribismo, que se opuso a los acuerdos de paz con las FARC. El triunfo sucedió y, si bien Duque prometió respetar el proceso, buena parte del acuerdo sigue sin implementarse.

Pero volvamos a Chile, país que va a recibir a Mundo Propio en las próximas semanas. Como siempre es mejor (intentar) responder desde el lugar, planteemos estas preguntas para seguirla luego:

  • ¿Cómo se vincula el ascenso de Kast con el estallido social y su relectura de una parte de la sociedad chilena? (Facu Cruz tiene una primera respuesta en este gran correo que escribió el jueves)
  • Si Kast pasa a una segunda vuelta (algo que todavía está por verse, porque las encuestas en Chile ya supieron equivocarse), ¿puede consolidar su figura al frente del espacio de toda la derecha? ¿Qué cara va a mostrar la coalición tras el fin de Piñera?
  • ¿Cómo afectaría el proceso constituyente la adopción de un perfil más intransigente de la derecha?

¿DÓNDE ESTÁ LA CENTRODERECHA?

Abramos un poco el lente. Lo que pasa en Chile no es solamente un reflejo regional. La tendencia de estas semanas en Europa es hablar del derrumbe de la centroderecha tradicional, ya sea en su vertiente más conservadora o más liberal, a raíz de la derrota del partido de Merkel en Alemania. Cuando se termine de armar la coalición opositora, la familia de partidos de centroderecha –denominada Partido Popular Europeo en el Parlamento de Bruselas– va a quedar fuera del gobierno en los cuatro grandes (Alemania, Francia, España e Italia). Las señales de alarma se profundizaron con la caída del prodigio Sebastian Kurz en Austria, golpeado por un escándalo de corrupción. Se trata, según consigna Ignacio Molina, del partido que más cayó en los últimos veinte años a nivel europeo.

La crisis de la centroderecha europea tiene varias dimensiones. En términos electorales, el partido no cae solamente por el ascenso de la ultraderecha. De hecho, la última tendencia es otra. En Alemania, por ejemplo, la mayor parte de los seis millones y medio de votos que perdió la centroderecha fueron para la socialdemocracia, liberales y verdes, en ese orden. 

Pero la crisis resuena más cuando se la plantea en términos identitarios. El ascenso de la ultraderecha partió aguas en la mayoría de los partidos de centroderecha europeos sobre cuál era la mejor forma para combatirlos. El de Merkel eligió un cordón sanitario. Otros, como los nórdicos, los integraron a sus coaliciones de gobierno. Los británicos se mimetizaron. En la mayoría de los casos, sin embargo, la centroderecha adoptó una parte del programa y discurso de la ultraderecha, sobre todo en cuestiones de identidad y seguridad, con el caso español como un ejemplo entre varios. Todas las opciones se parecen en algo: ninguna pudo detener la caída. Ya lo decía The Economist hace unos años: copiarlos no los saca de la cancha; más bien los normaliza. 

No hay caso más resonante que el del Partido Republicano de Estados Unidos, hoy capturado por el trumpismo. El giro a la ultraderecha del partido y la purga de sus caras moderadas, protagonistas hace tan solo unos años (Mitt Romney, para citar uno), es vital para entender el momento que vive el país. Pero el problema excede al liderazgo de Trump: son sus bases. Detrás del fenómeno de la desaparición de los republicanos moderados, según explica Lee Drutman en un detallado análisis, está la radicalización del electorado del partido, acompañada también por el mismo proceso dentro del ecosistema mediático de derecha.

Y acá hay una buena punta para pensar en otros escenarios. 

Sergio Morresi, profesor de la Universidad de Buenos Aires y del Litoral, especializado en el estudio de las derechas, lo explica así: “Hay una parte del electorado tradicional de derecha mainstream que se siente incómodo con la presunta insuficiencia de estos partidos para combatir el malestar de los últimos años, ya sea económico, social o cultural”. Subraya este último factor. “Las formas de la nación, sus componentes culturales, o esta idea del avance sobre valores tradicionales como la familia o la vida privada de la que habrían participado no solo la izquierda sino también la derecha mainstream aparece como dentro del reclamo”, dice. 

Acá hemos hablado bastante del caso de Brasil, donde la centroderecha terminó apostando a Bolsonaro por su furia antipetista. Hoy, líderes como Joao Doria, al que apodaban bolsodoria hace unos años, critican al presidente por sus ataques a la democracia mientras intentan romper –sin éxito– su polarización con Lula. Sergio dice que el camino que tomarán las otras centroderechas regionales con sus primos radicales está abierto, pero ya muestra una tendencia. “En América Latina la regla parece ser más bien jugar juntos, coquetear mutuamente, a veces abrazarse, aunque después haya lamentos por eso, como sucedió en Brasil”, explica.

Le pregunté por los riesgos del coqueteo con la ultraderecha y su plataforma.

“La incorporación de partes importantes de la agenda de la ultraderecha son problemáticas para el desarrollo de la democracia liberal en un continente donde esta tiene un afianzamiento reciente. Ese coqueteo puede implicar derivas que vayan más allá de un gobierno de derecha sino también minar una democracia que todavía es incipiente”.

Fuente Cenital


Por Juan Elman


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