“Apocalypse now”: reflexiones sobre nuestro futuro, hoy

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El planeta Tierra no tiene recursos infinitos, y si no cambiamos nuestras actitudes fundamentales, la vida no será sustentable.

En estos días, como nos tiene acostumbrados, Stephen Hawking ha generado titulares en los medios de comunicación. Esta vez se trata de una predicción sobre el fin del mundo.

El conocimiento científico busca la explicación de los fenómenos observados en función de las causas naturales y debe ser capaz de explicar los datos observados postulando un modelo que permita predecir nuevos resultados que se deben verificar con nuevas observaciones.

Como sostiene Chris Impey, astrónomo de la Universidad de Arizona, “la ciencia responde principalmente a la cuestión de cómo son las cosas”. “Sin embargo, si nos detenemos en esto, el trabajo está a medio hacer, toda buena historia necesita un final”. Hawking, con sus recientes afirmaciones, pone delante de nosotros el apocalipsis.

 En primer lugar, creo que es bueno que científicos del calibre de Stephen Hawking nos ayuden a pensar ciertos temas con declaraciones que pueden parecer provocadoras.

Hawking señala algunos puntos que merecen nuestra reflexión desde el extremo sur del tercer planeta rocoso que orbita alrededor de una estrella de tipo G2V a la que los terrícolas llaman Sol y que está en la Vía Láctea, una galaxia muy, muy lejana.

Algo que me sorprendió cuando era director del Observatorio Astronómico del Vaticano, y por tanto miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias, fue el pesimismo de científicos prestigiosos respecto del futuro de la humanidad y de la Tierra.

Vale la pena citar a Martin Rees, cosmólogo inglés que trata esta cuestión en su libro Nuestra hora final. Allí, Rees sostiene: “La profundidad del cosmos tiene un futuro potencial que podría incluso ser infinito. ¿Estas vastas extensiones de tiempo podrán llenarse de vida, o serán tan vacías como vacíos fueron los primeros mares estériles de la Tierra? La elección puede depender de nosotros, en este siglo”.

Por lo tanto, el primer punto que deseo señalar es que el futuro de la humanidad y de nuestra casa común, la Tierra, dependerá, al menos en parte, de nuestra elección. Digo “en parte” porque el impacto de un asteroide o de un cometa podría cambiar sustancialmente nuestro futuro. Y, si no, habría que preguntarles a los dinosaurios…

Hawking, además, sugiere que “la humanidad debería empezar a mirar a las estrellas para evitar este destino final”. Si bien es muy importante mirar a las estrellas, como lo ha hecho la humanidad por milenios para orientarse y para poner nuestra perspectiva en clave de fragilidad –como decía Carl Sagan cuando se refería a la Tierra como un punto azul pálido–, considero que mientras miramos el cielo estrellado debemos permanecer con los pies sobre la tierra.

El planeta Tierra no tiene recursos infinitos, y si no cambiamos nuestras actitudes fundamentales, la vida no será sustentable.

No soy especialista respecto de la viabilidad del futuro de la humanidad, pero algo de sentido común me dice que, si nos acostumbráramos a vivir con menos bienes de lujo y nos limitáramos a los esenciales para una vida con calidad humana aceptable, este “empobrecimiento” ayudaría a la supervivencia del homo sapiens. Ciertamente que lo de “más por menos” sería una expresión de un humanismo compasivo y que además apuesta por la sustentabilidad.

Hawking señala, también, la urgencia de enviar colonizadores y exploradores interestelares. Sin renunciar a esta vocación que el homo sapiens lleva inscripta en lo más profundo de su ADN, debemos ser realistas y pensar que aún estamos muy lejos de las tecnologías que nos permitan llegar a Marte en tiempos y condiciones razonables.

Por lo tanto, mientras continúan los esfuerzos por facilitar los viajes interplanetarios e interestelares, deberíamos redoblar la atención que le debemos a nuestro planeta y que está al alcance de todos.

Merecería, también, dedicar algunas palabras al futuro de la inteligencia artificial o, mejor dicho, a su presente. Sin tener miedo, que no es buen consejero, deberíamos adoptar una actitud de prudencia que nos permita considerar todas las opciones posibles, evaluando el impacto que puedan tener en las futuras generaciones.

Resulta evidente que el estudio del futuro de la humanidad y de la Tierra es multidisciplinario y merece la atención de los expertos, pero no sólo de ellos.

La escuela que mira al futuro debería formar a las nuevas generaciones en la competencia intelectual y social para tratar una problemática, importante y casi urgente como esta, de un modo que haga que el ciudadano pueda pensar las soluciones a un problema desde perspectivas múltiples y evitar los facilismos excluyentes.

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