El riesgo de una visión simplista en las nuevas negociaciones comerciales

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Por Patricio Mateo Comody

 

 

El emprender nuevas negociaciones comerciales y revitalizar las que están en curso, es presentado por el Gobierno como un ejemplo de “integración inteligente” al mundo. Sin embargo, si la formulación e implementación de este instrumento clave para el desarrollo nacional es abordada en forma simplista o irrealista, puede llevar a generar nuevas y costosas decepciones.

En cuanto a la formulación, un punto a resaltar es que la negociación de un acuerdo o tratado no es un fin en sí mismo, sino que debe estar al servicio de una estrategia comercial, que a su vez apoye un modelo de desarrollo. Importantes funcionarios del área comercial y productiva ven en la negociación de acuerdos comerciales una  solución simplista a gran parte de nuestros problemas de aislamiento y crecimiento.

Se menciona el caso de Chile, y los 21 acuerdos que ha firmado, que le otorgan ventajas comerciales con mercados que representan más del 86% del PBI mundial. Pero no parecen comprender el rol que jugaron estas negociaciones en su estrategia de desarrollo, ni el contexto en que fueron conducidas.

Resumiendo brevemente, el modelo de desarrollo chileno de los años 80 contempló inicialmente la exportación de productos minerales -principalmente cobre-, a los que se le fueron agregando frutas, vinos, y productos elaborados en base a salmón, papel y madera. Curiosamente, la apertura comercial en el caso de Chile fue primero de carácter unilateral, durante el régimen militar. Con la llegada de los gobiernos democráticos en 1990, éstos buscaron obtener concesiones recíprocas de parte de las naciones que ya exportaban a Chile, que fueron materializándose en las décadas siguientes a través de los mencionados tratados comerciales.

Las importaciones generadas en base a la apertura comercial unilateral, y luego recíproca, no tendrían gran impacto negativo en sus sectores productivos, dada su baja y poca competitiva base industrial. De este modo, Chile pasaría a importar más bienes industriales y de consumo, con un mínimo efecto sobre su base productiva o sobre el empleo.

El caso argentino

Trasladándonos a la situación argentina actual, todavía no se ha explicitado con claridad una visión de desarrollo productivo integral, que detalle cuales serán los roles de los distintos sectores, y la función del comercio internacional en este contexto. Esto es crítico para determinar  las prioridades en cuanto a las diferentes negociaciones en curso.

Así, analizando las acciones de la administración Macri en lo productivo, se observan algunos lineamientos y varias indefiniciones. Se nota un foco en incentivar exportaciones de productos primarios agrícolas y mineros, como también de algunas manufacturas de origen agropecuario. Se ve el esfuerzo en atraer inversiones y financiamiento hacia los sectores de la energía y la infraestructura. Se incentivan las industrias de la información y el conocimiento. A su vez, se manifiesta el apoyo a la industria automotriz y se desincentiva el ensamblado de productos electrónicos.

Pero las definiciones en cuanto a los restantes sectores productivos son escasas, demostrándose un cierto desinterés en su futuro. En particular, no parecen apreciarse las capacidades exportadoras, actuales y potenciales, de los variados sectores productivos, a nivel regional o global. Ni tampoco parece comprenderse la importancia de esta dinámica exportadora para un desarrollo balanceado e inclusivo.

En cuanto a  la implementación de las negociaciones económicas, es crítico desarrollar suficientes grados de transparencia y coordinación con dos protagonistas clave: el sector privado y el poder legislativo nacional. Esto es importante para evitar lo que Raymond Aron dijo de la diplomacia comercial: “Se ha convertido en un universo casi aislado, donde se mueven con facilidad funcionarios especializados, con los respectivos ministros siguiendo a la distancia las discusiones mantenidas en un lenguaje poco comprensible al profano”.

Interacción

Volviendo al caso chileno, el sector privado tuvo gran participación a través de décadas de negociaciones, con efectivos mecanismos de interacción con los negociadores. En el caso argentino hay oportunidades para mejorar este aspecto. Por un lado se perciben críticas a que los negociadores limitan los grados de transparencia. Por el otro se observa un  equipo negociador de “tres cabezas” -Cancillería, Producción, Agroindustria-, que no parece ser una estructura recomendable o efectiva.

Fruto de esto, la interacción de la Cancillería -que ejerce el rol de coordinador- con el sector productivo es limitada, ya que estos inteactúan principalmente con los otros dos ministerios.

El segundo sector clave a tener en cuenta es el Poder Legislativo nacional, que debe aprobar los tratados económico-comerciales de alcance internacional. Este foro está llamado a ser el epicentro de las discusiones que reflejarán tanto los intereses de los sectores productivos interesados en adoptar posiciones ofensivas y expandirse a nivel internacional, como de los que prefieren tomar una actitud defensiva, y continuar actuando a nivel local. Este debate se convierte, en palabras del ex canciller brasileño Celso Lafer, en “una forma de internalización del mundo” en la vida argentina.

El establecer mecanismos de interacción con el poder legislativo también demandó un considerable y constante esfuerzo a los equipos negociadores chilenos. Con el tiempo, se iría desarrollando una muy positiva “gimnasia legislativa”, que brindaría a  los legisladores y sus equipos un importante expertise tanto en negociaciones comerciales, como en los efectos que éstas podían tener a nivel doméstico. Trabajando en forma conjunta, se llegaría a un estadio donde los negociadores chilenos irían interactuando con el poder legislativo, desde las etapas iniciales de las negociaciones. En el caso argentino, tanto el proceso de interacción con el legislativo, como con el sector privado, deben ser mejorado en forma urgente, para así lograr resultados más efectivos y duraderos.

Fuente El Cronista

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