cuando el show y la política se anulan mutuamente

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La simplificación es la clave en los programas políticos que utilizan las formas del espectáculo. Ningún pensamiento complejo sobrevive en ese caldo de cultivo. 

Por Beatriz Molinari

 

Hora de cenar, horario central en la televisión. Ni telenovelas ni bailes ganan la pantalla. En franca desventaja, los juegos van detrás de los programas políticos, los que abordan la actualidad después de los noticieros. Ya han pasado los magazines de la tarde, los chimenteros que instalan agenda sobre los corazones y la suerte de los mediáticos. La noche se enciende como la hora de la verdad, según el programa que se elija.

A esa hora, la agenda política en relación a la conflictividad social gana espacio pero no necesariamente, claridad.

La televisión como espectáculo fija sus reglas para seducir a las audiencias. Aliados con las redes, los programas desarrollan los temas buscando voces disímiles cuando no contrarias, para generar debates. Gana el que grita más fuerte y no se queda callado.Los programas con moderador más estricto (caso Gustavo Silvestre en Minutouno) dinamiza el contenido dando la palabra a uno u otro, hasta que alguien desconoce las reglas y el conductor debe demostrar su capacidad para sacar conclusiones. Además de programas de entrevistas, los espacios de analistas y periodistas especializados, el espectáculo está ganando la pulseada.

 El show prevalece sobre el dato duro de la política. Vistos de cerca, show y política son dos mundos que pretenden convivir, pero se anulan mutuamente.

A la cabeza del show, Intratables arma la batahola diaria. Al unísono y a los gritos, panelistas e invitados pelean por los segundos de cámara. Da la impresión de que poco importa el tema. Puede ser seguridad, inflación, conflicto docente, pero la metodología no cambia. Hacerse escuchar es más importante que compartir fundamentaciones.

La simplificación es la clave. Ningún pensamiento complejo sobrevive en ese caldo de cultivo. Los micrófonos abiertos asemejan un enjambre de voces fuera de registro.

¿Qué nos pasa a los televidentes frente a esa imagen que vocea democracia y libertad?

La televisión no puede dar respuestas. También allí se construyen relatos e intencionalidades. En la pantalla, lo que algunos señalan como piquetes, para otros son expresiones válidas de la democracia participativa. Los programas arman sus puestas con más o menos dramatismo, humor, primeros planos y música a tono con la gravedad de lo expuesto.

La televisión nació para entretener y en eso andan aun los programas más estrictos, porque la audiencia debe mantenerse entretenida y, si es posible, fiel hasta el saludo final.

El ejercicio de la democracia es mucho más que mirar. La realidad establece las urgencias que los espectadores reconocen con solo salir a la calle o mirarse en el espejo real de sus propios problemas.

Mientras tanto, el espectáculo elige reducir los temas al sentido común, a la sencillez sin salida de algunos razonamientos que se alejan evidentemente de los problemas y sus causas. Epidérmica y periférica, la televisión entroniza la voz de la calle, como si no hicieran falta herramientas para analizar una coyuntura, ese punto luminoso en el devenir de la historia. La televisión se ha vuelto demagógica por elección.

Que el almuerzo de Mirtha Legrand (la abanderada de las Doña Rosa) ocupe el centro de la comidilla mediática y política es un signo de estos tiempos turbulentos. Sentido común en una pregunta que deja mal parado al presidente, ping pong de preguntas a los invitados, cruce de miradas furibundas entre los comensales y que el análisis quede para los que saben.

Por saturación, se plantea que saber de política, historia, leyes, economía o sociología es puro aburrimiento, contenidos para Canal Encuentro o para Canal Volver.

En esta especie de Congreso maquillado, que ocupa horas de programación, mientras más se habla, el contenido se aleja del ejercicio genuino de la política. La televisión genera su ficción en debates interminables, con elencos estables de políticos, legisladores, voceros, operadores, sindicalistas y representantes de consultoras.

Tal como ocurre con la participación de las audiencias en las redes, los datos circulan, unos temas prevalecen y otros se vuelven invisibles; hay gente enojada, preocupada o espantada. En todo caso, la política está de moda en la televisión.

Mientras las audiencias no cedan a la tentación de creer que es parte de un gran movimiento de ideas, porque ve tal o cual programa, la plaza pública seguirá siendo el espacio del debate real.

Paradójicamente, el procedimiento en muchos casos, sobre todo, en el de los programas más espectaculares en su formato, va en contra del juego de la política. Como si fuera un mal necesario.

Creer que la política ha entrado a nuestras vidas por la cantidad de horas de encendido es como ilusionarse con que el amor florece más intenso cuantas más telenovelas ocupan la pantalla.

Fuente VOS

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