Reflexión sobre la “sana” política

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Hay que reorientar las emociones políticas hacia lo que deben ser: estímulos del buen hacer para rehabilitar el futuro de todos. Y en tanto esto no se haga seguiremos en la círculo de lo imprevisible.

Jamás la política ha sido ajena a las emociones, en ningún tiempo o lugar, porque en ella lo que siempre está en juego es el poder, que es una sustancia eminentemente sensible y volátil, proclive a generar adicción y envuelta en todas las ficciones imaginables. Y el que la política esté impregnada de sensibilidad y aun de pasión no es un factor desnaturalizante de lo que aquélla representa, porque más bien demuestra su naturaleza eminentemente humana, siempre que no se caiga en los peligrosos extremos de la ceguera o de la perturbación emocional, que siempre están a la orden del día, porque son tentaciones recurrentes en la percepción y en la conducta humanas, desde que el mundo es mundo.

La filósofa estadounidense Martha Nussbaum en su libro “Emociones políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia?” subraya la trascendencia del componente emocional en el ejemplo y en la enseñanza de grandes figuras como Ghandi y Martin Luther King, que tanto han influido en la humanización contemporánea, y señala que dicho componente puede ser muy útil en el hacer político para darle impulso a un comportamiento cooperativo y desinteresado dentro del quehacer ciudadano. Pero hay que tener presente que una cosa es la ciudadanía y otra cosa es la política; y, por consiguiente, habría que hacer esfuerzos impregnadores de emotividad constructiva en ambas esferas de la actividad comunitaria.

Los seres humanos somos entes de razón y de emoción, y la clave del buen desempeño está sin duda en el sano equilibrio entre ambos factores. Un equilibrio que para ser sano tiene que ser a la vez dinámico y bien sustentado. Ejemplos de lo que ocurre cuando se pierde tal equilibrio los tenemos a la mano y con elocuencia reciente. Es, para el caso, lo que le pasó a la utopía de izquierda cuando se embarcó en el experimento del socialismo soviético. La utopía es necesaria para el progreso humano, pero siempre que no se enclaustre en fórmulas de racionalismo cerrado, como sucedió entonces. Cuando se derrumbó la fórmula artificiosa, que era un totalitarismo de Estado, se llevó de encuentro a la utopía que estaba atrapada adentro; y eso ha hecho que la época posterior, en la que nos estamos moviendo, esté huérfana de utopía, lo cual le debilita todas sus fuentes inspiradoras, lo cual se percibe y se padece por todas partes, como una aridez de efectos crecientemente esterilizantes.

Una de las grandes tareas de nuestro tiempo consiste en hacer interactuar de manera virtuosa la democracia y la utopía. Se ha extendido la creencia de que la democracia es un ejercicio mecánico, que vale por sí mismo; pero aunque se trate básicamente de un método de vida, su verdadera misión sólo se cumple cuando dicho ejercicio se pone a la orden de un humanismo de veras funcional. En casi todas partes la democracia está sufriendo ahora mismo una crisis de contenidos inspiradores, y esa es la razón de que haya tantos quebrantos aun en regímenos democráticos que tienen larga historia de estabilidad y de funcionalidad.

En nuestro ambiente ha crecido, por motivos reales y persistentes, el ríspido escepticismo sobre la política y en particular sobre los políticos. Sé que cuando digo “que la política se impregne de sanas emociones” habrá muchos gestos torcidos, como diciendo que eso es un disparate o al menos una ingenuidad; pero lo cierto es que la política y los políticos siempre estarán aquí, y lo que hay que hacer frente a ellos es demandarles constantemente so pena de sacarlos del juego si no se ajustan a lo que la realidad y la sociedad les exigen. El principal impulsor de la irresponsabilidad política es esa nociva mixtura de complacencia y de indiferencia ciudadanas.

Lo lógico sería que la política y los políticos asumieran en forma natural su rol conductor marcado por la inteligencia visionaria y por la sanidad de propósitos; pero como está visto que la iniciativa renovadora no va a venir de por ahí, le corresponde a la ciudadanía asumir la función de vanguardia orientadora. Eso es lo que estamos viendo emerger en todas partes, El Salvador incluido.

En nuestro país venimos experimentando y padeciendo el melodramatismo político, que es un artificio pasional de consecuencias nefastas. Hay que reorientar las emociones políticas hacia lo que deben ser: estímulos del buen hacer para rehabilitar el futuro de todos. Y en tanto esto no se haga seguiremos en la círculo de lo imprevisible.

Autor: David Escobar Galindo

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